Francisco García, ‘Frasquito’ (Miraflores de la Sierra, Madrid, 1951) nació en Miraflores de la Sierra, aunque apenas pasó allí unos meses. Criado en Jaén y afincado en Ibiza desde los 17 años, ha dedicado prácticamente toda su vida a la construcción. En esta entrevista recuerda sus primeros trabajos, su llegada a la isla, su vida familiar y la pasión por el cante flamenco heredada de su madre.
—¿Dónde nació usted?
—Nací en Madrid, en Miraflores de la Sierra, donde habían ido mis padres a trabajar, pero me crié en Jaén, de donde era toda mi familia… y me malcrié en Ibiza (risas). Yo era el pequeño de siete hermanos.
—¿A qué se dedicaban sus padres?
—Mi padre, Francisco, hacía de todo lo que estuviera relacionado con el campo: cazaba, hacía carbón, pescaba en el río… Él mismo se encargaba de fabricar cualquier cosa que necesitara, desde redes para pescar hasta los aparejos para los animales. También estuvo trabajando en los astilleros para Renfe. Mi madre también trabajaba en todo lo que podía, sobre todo en lo que estuviera relacionado con el campo.
—Nos ha contado que se crió en Jaén. ¿Cuándo se trasladó allí su familia?
—Mi familia es de Jaén, solo que mi padre estuvo trabajando durante un tiempo en Madrid. Volvimos a Jaén cuando yo solo tenía unos meses. Madrid ni lo conozco.
—¿Fue al colegio en Jaén?
—No. Me tocó trabajar desde bien jovencito. A los 12 años ya me metieron en la obra de ‘pinche’, en una empresa en la que trabajaban mi hermano mayor y mi padre. Pero antes ya había estado trabajando de panadero y de pintor, aunque, como no tenía la edad, me echaban a los cuatro días, por muy trabajador que fuera. Siempre fui bastante espabilado a la hora de sacarme mi dinerillo y me iba por ahí a vender ‘chías’ (una especie de torta de confitería) o barquillos del horno de un vecino.
El oficio de albañil fue en el que me acabé quedando el resto de mi vida, aunque antes de venirme a Ibiza estaba trabajando con los camiones de la fábrica de harina de Sánchez Polaina.
—¿Cuándo vino a Ibiza?
—Cuando tenía 17 años. Vine con mi hermano Bartolo, que tenía familia que ya estaba aquí. Uno de los primeros trabajos que hice fue en la construcción del hotel Los Loros. Ibiza era muy distinta de lo que es ahora, no había nada… Casi todo lo que ahora es ciudad eran huertos o era campo. Más allá de sa Colomina ya no había nada.
—¿Se quedó en Ibiza definitivamente?
—Hasta que me tocó hacer la mili unos años después, en Sevilla y en Córdoba. Unos meses después de volver a Ibiza me fui a Jaén para casarme con Soledad, que era mi novia desde que éramos chavales. La conocí gracias a mi cuñada. El día de su cumpleaños me pidió que llevara el tocadiscos que me compró mi madre para bailar en la fiesta y, como Soledad era vecina suya, ya empecé a tirarle los trastos (risas).
A su padre le costó aceptar que nos casáramos, pero finalmente no hubo más problema. Ahora ya tenemos cuatro nietos. José y Aarón son hijos de nuestra hija Francisca, y Núria y Ariadna, de María Asunción. Nuestra hija mayor, Soledad, no tiene hijos.
—¿Trabajó siempre para la misma empresa?
—No. Trabajé en distintas empresas; la gran mayoría se dedicaban a la construcción de chalés. Por ejemplo, estuve trabajando en el chalé de la hija de los Onassis. Cada vez que pedía un aumento de sueldo y me lo denegaban me iba a otra donde me pagaban más. Así he estado hasta que me jubilé hace unos diez años.
—¿Ha desarrollado alguna afición?
—El cante flamenco. Es algo que saqué de mi familia. Las que mejor cantaban eran mi madre y mi hermana Carmen. De hecho, mi madre me compró aquel tocadiscos porque le gustaba el cante todavía más que a mí. Teníamos discos de todos los mejores artistas del cante flamenco: Marchena, Valderrama… también de Manolo Escobar. Ellas heredaron esa afición de mi abuela Carmen, la madre de mi madre.