«Cuando uno viene a España se tiene una idea de cómo va a ser tu vida, pero las cosas son diferentes cuando no se tienen papeles» asevera Pablo, de 27 años, uno de los ecuatorianos que han viajado de su país a Eivissa con un visado de turista para encontrar un trabajo.
Sonia Pérez, la trabajadora social de Cáritas, atiende a los extranjeros que pasan por Eivissa, como Pablo. Un alto porcentaje de los 414 extranjeros atendidos durante el año pasado fueron ecuatorianos. Cada día asesoran a un promedio de 15 a 20 personas extranjeras, la mayoría proceden de este país sudaméricano. El censo del Ayuntamiento de Eivissa tiene registrados 1.108 ecuatorianos, según los datos del 16 de enero. Es uno de los colectivo más numeroso del continente americano y ya ha desbancado al contingente de africanos.
Cáritas y la oficina del Centro de Información al Trabajador Extranjero (CITE), de CC OO, son dos de los puntos de referencia de este colectivo. En Cáritas, de nueve a diez de la mañana se realiza la orientación laboral. Allí examinan en los periódicos locales las ofertas de trabajo y llaman por teléfono. A partir de las diez empieza el rosario de las peticiones de inmigrantes. Trabajo y una ayuda para alimentos o ropa son las demandas en Cáritas. Hay una razón que explica por qué no tienen ropa: «Les meten el miedo en el cuerpo en su país de que si les ven en la aduana con mucho equipaje es porque saben que van a trabajar y no les dejan pasar», dice Sonia. La mayoría de ellos entran con un visado de turista.
Tienden a venir solos a España, «pero lo normal es que tengan algún conocido», añade. Una vez que llevan un tiempo en el país se traen a parte de su familia «a uno de los progenitores o un hijo que esté en edad de trabajar». Viajan de la zona de la sierra, la costa, Quito o Guayaquil.
La situación idílica que le dibujan muchos de sus compatriotas dista a veces de la realidad. «Salen de manera ilegal. Se endeudan hasta las cejas. Allí se lo pintan muy bonito, como un sueño. Empiezan a decirles que hay mucho trabajo y que se paga muy bien». La situación que relata Sonia es la que vive Pablo, que vive en Eivissa desde hace un mes. Su destino fue inicialmente Valencia. «Un amigo me dijo que fuera allí, que había trabajo», recuerda. Trabajó sólo dos semanas sin contrato y ahora acude a Cáritas en busca de una oferta.
Los permisos de residencia y de trabajo son dos de las barreras con las que se encuentran.