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Pequeña tradición

Sant Rafel y los suyos celebran su fiesta patronal con la mirada puesta en el cielo

Los más pequeños también disfrutaron de los atuendos folklóricos en una jornada muy especial para ellos que, desgraciada-mente, tuvo que estar pendiente del cielo para ver si podían desarrollarse todos los actos festivos. g IRENE G. RUIZ.

Un cielo gris sumado a una fría brisa hacía más que probable el chaparrón durante la celebración del día grande de Sant Rafel. Y así fue. Tras más de una hora de misa solemne, la procesión salió a recorrer buena parte del pueblo bajo una incipiente inestabilidad meteorológica. Justo cuando las imágenes de los santos entraban en la iglesia tras el trayecto esa inestabilidad se convirtió en un fuerte chaparrón con el que los asistentes se vieron obligados a refugiarse bajo los porches del templo.

Vicente Juan Segura, obispo de Eivissa, destacó durante la misa solemne que este era el tercer año que acudía a las fiestas de Sant Rafel. Asimismo recordó otro aniversario: «Hoy [por ayer] se cumplen 26 años de mi ordenación; le doy gracias a Dios por los regalos que me ha hecho; si volviera a nacer sería sacerdote otra vez». Según relató el obispo, Sant Rafel es uno de los árcangeles que acompaña a las personas en su camino hacia Dios: «Venimos de Él y hacia Dios vamos en compañía de unos ángeles, entre ellos, Sant Rafel, que fue enviado por Dios para curar a Sara de la presión del demonio y curar a Tobías de su ceguera».

El ball pagès siguió a la procesión, pero esta vez no en los porches donde se celebra habitualmente sino dentro de la iglesia. Allí la colla de Sant Rafel deleitó a los fieles con una bella exhibición del baile típico tradicional del que destacaron los más pequeños del grupo de baile, pues arrancaron más de una sonrisa y unos cuantos aplausos. Mientras el baile seguía su curso, las bandejas de pizza y coca de pimiento empezaron a circular entre la masa de gente agolpada en las puertas de la iglesia. Como suele suceder, las bandejas se vaciaron fácilmente y dieron paso a los siguientes aperitivos, las orelletes y los bunyols. Todo ello aderezado con vi pagès o «zumo de uva», como decía uno de los asistentes a la fiesta. Poco después y entre aplausos aparecieron los carros que se habían estado preparando durante buena parte de la mañana para desfilar ante la atenta mirada de los asistentes. l María José Real

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