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Rostros de la sanidad

Manuela Vila: «Hay que estar dispuesto a hablar y a escuchar; imponer no te lleva a ningún sitio»

Manuela Vila Rumbo es supervisora de Enfermería de la UCI del Hospital Can Misses

Manuela Vila Rumbo.

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Descubrió la enfermería de cuidados intensivos cuando estaba haciendo prácticas en el Hospital del Mar. «Me impresionó mucho y tenía muy claro que si podía me gustaría más trabajar en intensivos que en otra especialidad», asegura. En estos últimos 19 años de su vida laboral ha trabajado en Cuidados Intensivos en Can Misses donde es supervisora de Enfermería desde 2012.

Usted ha vivido todo el cambio que ha experimentado la Unidad de Cuidados Intensivos.
—Me gustó tanto que hice el curso de posgrado del hospital de Sant Pau que era presencial. Estuve durante un año levantándome a las 6,30 para ir al curso hasta las dos y por la tarde me iba a trabajar a Bellvitge. Tenía claro que en un futuro iba a trabajar allí.

Intensivos tiene que ser un lugar muy especial para el desarrollo de su trabajo.
—Para la enfermera te puedes realizar en todos los aspectos porque tienes bastante autonomía. Tienes el enfermo crítico, es verdad que tienes al médico al lado pero el enfermo tiene muchos cuidados. Para mí es lo ideal, tener a un paciente crítico en tus manos, cuidarle, mimarle, darle la atención a la familia que es muy importante, hacerte una coraza y no dejar que te afecte.

Habrá pasado momentos difíciles en la UCI.
—Pues sí, los momentos difíciles han sido cuando nos ha llegado un quemado. Los pacientes quemados vienen a la UCI y se derivan a la Fe de Valencia pero se tienen que estabilizar. Ahora ha cambiado todo pero antiguamente cuando venía un quemado entrábamos dos enfermeras y un auxiliar, todas estériles, para hacerle las curas y estabas dos horas dentro sin moverte. Me acuerdo prácticamente de todos.

También habrá vivido situaciones positivas.
—Sí, gente que está en un estado crítico importante y que salen después de que su estado se haya complicado, pero al final da la vuelta y le dan el alta del hospital.

Usted es ibicenca y supongo que por la calle habrá coincidido con algunos de los que fueron sus pacientes en la UCI ¿Cómo lo lleva?
—A veces me gustaría ser más anónima. Tengo muy claro que sea un conocido mío o no, voy a tratarlos igual cuando llegan a la UCI. Lo que pasa es que cuando te encuentras con el padre de un amigo tuyo que ha ingresado en la UCI o te llaman a tu casa para decírtelo, pues va calando. Supone un coste emocional, tienes que ser fuerte y hacerte una coraza. Intentas gestionar las cosas de la mejor manera aunque sea un conocido, tienes que seguir adelante y a veces va bien y otras no.

¿Se prepara para las pérdidas?
—No, creo que ahora a nivel de hospital tendríamos que hacer cursos para prepararnos a nivel psicológico tanto la familia, el paciente como el profesional. Echo de menos un psicólogo clínico en Can Misses para los pacientes, que llevan dos o tres meses en la UCI y necesita hablar, encauzar un poco a la familia sobre la enfermedad y los profesionales que cojeamos mucho, necesitaríamos que alguien nos oriente. Por ejemplo, si recibimos a un niño quemado que podamos hablar con alguien y nos ayude.

Un buen momento para reivindicarlo es en las Jornadas de Humanización que se van a celebrar en Can Misses.
—Si, veremos cómo se puede gestionar. Estaba pendiente el año pasado y a ver si este año lo podemos hacer.

Volvamos a sus comienzos ¿Cómo fueron sus inicios?
—Acabé en 1989 y nunca me ha faltado trabajo. El primer trabajo que me dieron fue en Oncología de Sant Pau y me encontré con gente de toda España que iba a allí a recibir tratamiento. Fue duro acabar los estudios y encontrarme con un enfermo oncológico, gente que sale de su entorno familiar, que desplaza de su ciudad para curarse. Allí estuve tres meses. También estuve en infecciosas donde nadie quería ir en 1989. Me acuerdo de ir pasando visita con las historias clínicas con la tarjetas rojas que luego las retiraron. Viví muy cerca la muerte esos años. Aprendí mucho porque me encontré con el enfermo oncológico y de sida y también lloré mucho. Ahora lo del sida no tiene nada que ver.

¿Recuerda cómo vivió el inicio de la UCI en Can Misses?
—En aquel entonces había cinco camas y dos enfermeras por turno. Durante nueve años estuve de corre turnos en Can Misses y cubría la liberación sindical de un compañero. Entraba y salía de la UCI, apoyaba sus reivindicaciones pero no formaba parte de la plantilla. La gente era muy reivindicativa y en aquel entonces era imposición.

¿Qué le aporta su trabajo?
—Tuve muy claro que quería trabajar en Intensivos, es lo que me gusta y me llena. Siempre he tenido la necesidad de trabajar, sólo me he cogido excedencia cuando he tenido a mis hijos. Me gusta mi trabajo y el contacto con el paciente crítico. Desde 2012 estoy de supervisora, me lo propusieron antes en dos ocasiones y dije que no pero por la conciliación familiar, mi marido es médico y hace guardias, decidí cogerlo. Una supervisora tiene que tener años de experiencia y al principio me daba un poco miedo pero aquí estoy. Tengo muchas cosas para mejorar y mucho que aprender pero ha dado mucha estabilidad en mi casa. La UCI ha crecido mucho. Desde el 14 de enero cuento con la ayuda de un enfermero referente, José García, un compañero que sabe un montón y seremos dos en la supervisión. Eso se nota, que seamos dos, podemos hacer más cosas y creo que va a ir mejor. En la isla viene mucha gente pero también se va. El tema de los alquileres está influyendo mucho, hay mucha gente que se va. Es muy difícil encontrar gente que sepa de UCI. Hay gente nueva y procuramos que se recicle. En la UCI hay un reciclaje de 60 horas para nosotros y si viene alguien que le interesa y no sabe mucho, se recicla. Tiene que estar contratado, viene en su tiempo libre y le ponemos con un enfermero con experiencia. Esa persona que se ha introducido un poco y si está en otro servicio puedo tirar de él si hay una baja en la UCI.

¿La estabilidad del personal sigue siendo una asignatura pendiente?
—Están intentando dar contratos largos, de cara al verano son de seis meses, de mayo a octubre, para dar una estabilidad al personal porque mucha gente viene de fuera. De cara al verano nos encontramos a veces que no hay gente. En la UCI ha habido muchos cambios, de los antiguos que había cuando entré en 1992 queda Vicente Graner, Basi Martínez, Ascensión Mazuecos, Cruz Martín y Paz Merino. Ha habido mucho movimiento en la isla, la gente va y viene.

¿Piensa quedarse en la UCI?
—Sí, sí, no me voy a ningún sitio más. Ahora pienso cómo he hecho estas cosas, en Granada me cruzaba media ciudad para ir a trabajar, con un niño pequeño, sin familia, o veinte paradas en el metro de Barcelona. Lo haces porque eres joven y quieres hacerlo, pero aquí tengo una calidad de vida, la estabilidad, la familia, los amigos, las raíces. No sabía donde íbamos a acabar, pero nos ofrecieron trabajo en Can Misses y nos vinimos. Hay mucha gente nueva en la UCI, pero intentamos ser un equipo, cuesta por su estructura de dos controles, pero tanto Jose como yo luchamos para intentar estar unidos, hablar las cosas, siempre estar dispuestos a hablar, no decir no de entrada, sino escuchar. Imponer no te lleva a ningún sitio. Esa es mi forma de pensar. Quizás han sido las circunstancias de la vida que me han rodeado. Antes era más intransigente y la vida que vivo me ha ayudado a ser mucho más tolerante, siempre hay que dialogar.

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