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Catalina de sa Costera, centenaria de Ibiza: «Me tocó luchar»

Catalina mantiene una salud de hierro a sus cien años de edad

Catalina Torres | Foto: Toni P.

| Sant Jordi de ses Salines |

Catalina Torres Cardona (Sant Jordi, 1925) es una de esas mujeres que encarnan la memoria viva de la Ibiza rural del siglo XX. Nacida en el seno de una familia trabajadora, creció entre el campo y la carpintería familiar, vivió la Guerra Civil siendo una niña y atravesó los duros años de la posguerra trabajando donde hiciera falta. Con el tiempo llegó incluso a recorrer los caminos de Sant Josep en moto para ayudar al médico del pueblo poniendo inyecciones. A sus cien años mantiene una vitalidad sorprendente y una memoria nítida de una vida marcada por el esfuerzo, la familia y la voluntad de salir adelante.

—¿Dónde nació usted?

—Nací en Sant Jordi, en la casa de Can Mates, al lado de Can Costera. Can Costera es el terreno que compraron mi abuelo, Domingo ‘Tonis’, y mi padre, Vicent, cuando bajaron de Sant Antoni después de vender su terreno de Ca na Santa, en la misma orilla de Cala de Bou. Allí, en Can Costera, montaron la carpintería donde trabajaban. Mi padre, además, también era somatén, una especie de Policía Local de la época.

—¿Quién era su madre?

—Mi madre era Maria Cardona, de Can Masauet. Mi padre se casó con ella en segundas nupcias, ya que era viudo. Él tenía dos hijas, Margalida y Maria. La más pequeña, Maria, se casó con Joan de Can Masauet y mi padre, al ir a visitarla a su casa, conoció a mi madre, que era la hermana de su yerno.

—¿Fue al colegio?

—Muy poco. Iba a casa de una señora, Francisca de Can Trontoll, que sabía mucho pero en realidad no era maestra. Íbamos solo una amiga mía y yo a su casa de Es Mitg Terç, donde apenas aprendimos a leer y a escribir lo justo. Pero eso fue antes de que muriera mi padre, cuando yo solo tenía 10 años, en 1935. Siempre estuvo muy delicado del estómago y el médico Pujolet le diagnosticó una perforación de estómago cuando le dieron unos dolores muy intensos mientras estaba trabajando. Le colocaron una cama en la misma carpintería porque trasladarle a casa en un carro por los caminos era demasiado peligroso. Murió allí mismo y enseguida llegó la Guerra.

—¿Guarda recuerdos de la Guerra Civil Española?

—Sí. La Guerra empezó apenas un año después de que muriera mi padre. Quedamos mi madre y yo solas con los cuatro animalitos y un terreno en el que sembrábamos nuestras cosas. Tuvimos que trabajar mucho, pero con tanta miseria como había por todos lados, nosotras no estábamos mal del todo. Pero sí que pasamos miedo, sobre todo cuando cayó una bomba muy cerca de mi casa que se ve que lanzaron desde Cap Martinet, según tengo entendido.

Entonces había muy poca cosa y había que ir hasta Vila para comprar. Mi madre llevaba siempre el mantón puesto y, cuando iba a comprar a Vila, se ve que los rojos la confundían con una monja y le decían que se lo quitara. Eran los mismos milicianos que vinieron de fuera, que se saludaban con el puño en alto diciendo «¡todo es nuestro!» y que después fueron pasando por las casas a buscar a gente para encerrarla en el Castillo para hacer el desastre que todos conocéis. Se llevaron a gente muy buena y, si mi padre no hubiera muerto, seguramente también se lo habrían llevado, tal como decía siempre mi madre. Cuando a los milicianos les tocó huir, recuerdo que veíamos a algunos que se escondían en el bosque.

—Tras la Guerra llegaron los años de la posguerra, ¿cómo los vivió?

—La miseria llegó hacia 1939. En casa no pasamos hambre: teníamos cabras para la leche, campo para sembrar fruta y verdura… pero mucha gente lo pasó realmente mal. Entonces teníamos un algarrobo que hacía unas algarrobas enormes y muy carnosas. Todavía recuerdo cómo una tía que vino a casa nos decía que con unas algarrobas tan grandes no corríamos el riesgo de pasar hambre. ¡Imaginaos cómo lo estaría pasando ella en su casa! Tampoco había aceite y recuerdo que íbamos a buscarlo a alguna casa y que valía un dineral; creo recordar que llegamos a pagar hasta 20 duros por un solo litro.

—¿De dónde sacaban el dinero para pagar cosas como el aceite?

—Éramos de los pocos que teníamos un molinillo para moler sémola o maíz, pero había poca gente que tuviera siquiera grano, así que no sacábamos dinero de eso. El dinero era muy difícil de conseguir. Can Costera era muy pedregoso y mi madre y yo nos poníamos a picar piedra para los carros que la recogían para hacer las carreteras, aunque no recuerdo a cuánto nos lo pagaban. También recogíamos resina de pino en los bosques para sacarnos algunas monedas más o sacar el ‘garroví’ para vendérselo a un bar de Vila, al lado de Can Vadell, que lo usaba para hacer café a la vez que trabajábamos en casa de los vecinos para batir el grano. Además, también trabajaba en la panadería de los Puvils, que eran familiares de mi padre. En aquella época me tocó luchar.

—¿Tenía tiempo para pasear o ir a ‘festejar’?

—Poco, pero sí. Los domingos iba a Vila con mi madre a pasear por es carrer de sa Font. Un día de la fiesta del pueblo de Sant Jordi, mientras mi madre y yo estábamos en la orilla de la carretera, pasó un chico en un ‘carro de molla’ que se nos quedó mirando mucho. Otro domingo escuché que alguien estaba cazando junto a mi casa; cuando miré quién era resultó que era ese chico con unos amigos y nos pusimos a hablar. A partir de entonces empezó a venir a menudo a hablar. En una ocasión me bajó hasta Sant Josep en su bicicleta, pero en esos tiempos no estaba muy bien visto eso de que nos vieran a los dos juntos en bicicleta. Se trataba de Jordi d’es Coll d’en Jondal, con quien me casé cuando tenía 21 años. Tuvimos dos hijos, María y Vicent. Ahora tengo cuatro nietos: Vicent, Lourdes, Jordi y Cati; y cuatro biznietos: Marta, Xavi, Marc y Laia.

—¿A qué se dedicó tras su matrimonio?

—Poco después de casarme me compré una moto, primero una Veloces (una bicicleta con un motor incorporado), después una Gimson azul con marchas y todo, que iba muy bien pero siempre se estropeaba. Tuve hasta cuatro motos. Con la moto iba a poner inyecciones para ayudar al doctor Villangómez, el médico de Sant Josep. Habré puesto cientos y cientos, sobre todo de estreptomicina para la tuberculosis y penicilina, que tenía que preparar previamente con el suero, que venía por un lado, y el polvo que venía por otro. Todo eso lo hacía yo sola, con un aparato de latón con alcohol con el que esterilizaba las agujas y la jeringa, que todavía conservo. Eso es algo que no hacía por dinero, era porque no había nadie que lo hiciera. Eran los años 60 y estábamos muy retrasados. Gracias a esa época, todavía hay gente que me recuerda porque les puse inyecciones.

—¿Trabajó como practicante durante mucho tiempo?

—Algunos años, no recuerdo bien cuántos. Desde entonces empecé a trabajar solo en casa, cuidando del huerto y de los animales como sigo haciendo a día de hoy.

—¿Nos cuenta su secreto para conservar su envidiable salud y vitalidad a sus cien años de edad?

—Ahora ya no se puede decir que haga mucha gimnasia. No me veo capaz de hacer estiramientos en el suelo; sin embargo, sí que voy haciendo algunos desde la cama (ríe), desde donde no hace mucho me tocaba los dedos del pie, ¡mira! (Catalina se pone de pie, dobla la espalda bajando los brazos y con la punta de los dedos, y sin flexionar las rodillas, se toca la punta de las zapatillas). ¡No es tan difícil! (suelta una carcajada). Es que yo siempre he sido muy ‘temosa’ (competitiva): cada vez que iba a trabajar al campo y veía a otra que, por ejemplo, segaba mucho, yo nunca podía ser menos (ríe). Tener una buena familia también ayuda mucho. Mi hijo vive en la casa de al lado y en la mesita de noche tengo un aparato con un botón para avisarle si tengo algún problema. Solo lo he usado dos veces: una por equivocación y la otra fue el otro día, cuando el viento hacía golpear el toldo que tengo fuera.

—¿Cómo es un día normal para usted?

—Antes de levantarme ya pienso en todo lo que tengo que hacer. Me ducho y me preparo una cafetera de descafeinado o un buen vaso de leche con cacao puro, del amargo. Además me hago dos rebanadas de pan a las que a veces les pongo pimiento asado con aceite y sal y otras veces un trozo de sobrasada. Cuando más como es por la mañana. Después arreglo la cocina, el baño y la casa en general antes de darles de comer a las gallinas y arreglar el huerto. Después de comer —yo me hago la comida—, por la tarde descanso viendo la tele. Me gusta ver las noticias, leer el periódico y me interesa mucho la historia. Yo es que debo ser un poco rara, porque no me interesan nada los temas de cotilleo. También me suelo poner Radio María para escuchar el Rosario o la misa de las 8, porque sigo siendo algo creyente.

2 comentarios

user Blancadona | Hace 5 horas

Que ejemplo de mujer, a por mas años Catalina !!

user Puff | Hace 12 horas

,,,pues les deseo muchísimos años más señora,, personas que conocen la puñetera verdad de la época,, charlas y entrevistas deberia dar en los Centros educativos y por supuesto,,poner al dia, al mundo político actual...que falta les hace.

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