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«Necesitamos días más luminosos y unas noches más oscuras»

Susana Malón, ingeniera y experta en protección del cielo nocturno, ofrece una charla en Es Nàutic de Sant Antoni alertando de los riesgos de la contaminación lumínica

La iluminación artificial nocturna puede alterar los ritmos circadianos, el reloj biológico que regula los ciclos de sueño y vigilia del organismo | Foto: Moisés Copa

| Ibiza |

La contaminación lumínica es una de las formas de degradación ambiental menos conocidas, pero cada vez más estudiadas por la ciencia. Aunque durante años fue considerada un problema menor frente a otras contaminaciones como la atmosférica o la acústica, las evidencias sobre sus efectos en la salud, la biodiversidad y la observación del cielo nocturno han ido creciendo. Así lo explica la ingeniera y experta en protección del cielo nocturno Susana Malón, que lleva décadas trabajando en este ámbito, en la ponencia que ofreció este sábado por la tarde en el Club Nàutic de Sant Antoni, organizada por la entidad ecologista Salvem Sa Badia.

Malón explicó durante su charla que la luz artificial durante la noche se ha convertido en un agente contaminante reconocido. A diferencia de otras formas de contaminación, además, tiene una característica particular: es relativamente fácil de corregir si se aplican las medidas adecuadas. «Siempre digo que es como la hermana pequeña de las contaminaciones», afirmó. «En comparación con otras, todavía estamos un poco por detrás en normativa o en instrumentación para medirla, pero cada vez hay más estudios y más conciencia sobre sus efectos».

Impacto en la salud humana

Uno de los ámbitos donde más se están detectando impactos es en la salud humana, asegura Malón. Y es que la iluminación artificial nocturna, especialmente la luz blanca y azul presente en muchas luminarias LED y pantallas, «puede alterar los ritmos circadianos, el reloj biológico que regula los ciclos de sueño y vigilia del organismo». El cuerpo humano está adaptado a un patrón de 24 horas en el que la luz predomina durante el día y la oscuridad durante la noche.

«Durante miles de años nuestro organismo ha funcionado así», afirmó Malón. «Lo que ocurre es que la luz eléctrica ha cambiado ese patrón en muy poco tiempo y los seres vivos no hemos tenido tiempo de adaptarnos». Cuando esa sincronización con el entorno se rompe pueden aparecer distintos problemas de salud. Diversos estudios científicos han relacionado la alteración de los ritmos circadianos con enfermedades metabólicas, cardiovasculares o trastornos del sueño. La investigación en este campo recibió un importante impulso en 2017, cuando el Premio Nobel de Medicina reconoció los descubrimientos sobre los mecanismos moleculares que regulan estos ritmos biológicos.

Por ello, los especialistas recomiendan una pauta sencilla: mucha luz durante el día y oscuridad durante la noche. Cuando es necesario utilizar iluminación nocturna, lo ideal es que sea cálida, con menos componente azul. También se aconseja reducir la exposición a pantallas en las últimas horas del día o utilizar filtros que disminuyan ese tipo de luz.

La contaminación lumínica no solo afecta a las personas. También tiene consecuencias sobre los ecosistemas y la biodiversidad. Muchos animales dependen de la oscuridad para orientarse, alimentarse o reproducirse, por lo que el exceso de luz nocturna altera sus comportamientos naturales. Además, el brillo artificial del cielo dificulta la observación astronómica.

De hecho, fueron los astrónomos quienes comenzaron a alertar sobre este problema hace décadas. «Antes había observatorios astronómicos cerca de las ciudades, algo que hoy sería impensable», explicó Malón. A medida que crece el brillo del cielo nocturno, los telescopios necesitan espejos cada vez más grandes y complejos para captar la misma cantidad de luz procedente de los objetos celestes. Esto implica infraestructuras más costosas y obliga a trasladar los observatorios a zonas cada vez más remotas.

En lugares con una intensa actividad nocturna, como Ibiza, la contaminación lumínica presenta características particulares. Aunque la isla no tiene el tamaño de una gran ciudad, la concentración de actividad turística y de ocio nocturno genera numerosos focos de luz artificial. Pantallas LED, rótulos publicitarios o iluminación de establecimientos y viviendas privadas se suman al alumbrado público.

Según explicó Malón, durante los trabajos realizados con el Consell de Ibiza se elaboró un mapa de zonificación lumínica que divide la isla en diferentes áreas según el nivel de protección necesario. Las zonas naturales o más sensibles tienen límites de iluminación mucho más estrictos, mientras que los núcleos urbanos o turísticos admiten niveles más altos de brillo.

Este tipo de planificación forma parte de la normativa estatal y autonómica sobre protección del cielo nocturno, que posteriormente se concreta en regulaciones insulares o municipales. En el caso de Baleares, algunas islas ya han aprobado sus normativas y otras continúan trabajando en su desarrollo.

Sin embargo, la experta insistió en que la solución no pasa por apagar las luces sino por utilizarlas de forma adecuada. «No se trata de eliminar la iluminación», señaló, «sino de iluminar bien». Esto implica dirigir la luz solo hacia donde es necesaria, evitar que se disperse hacia el cielo, reducir intensidades excesivas y elegir temperaturas de color adecuadas.

A pesar de los retos, Malón mantiene un mensaje optimista. A diferencia de otras formas de contaminación, la lumínica puede reducirse con relativa rapidez si se toman decisiones adecuadas. «Es una de las contaminaciones más fáciles de resolver», precisó. «Tenemos la tecnología, tenemos el conocimiento científico y cada vez hay más conciencia. Ahora se trata de aplicar todo eso de forma coordinada», concluyó la experta.

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