Hay negocios que forman parte del paisaje y otros que forman parte de la memoria colectiva de un lugar. El Flipper’s de Cala Llonga pertenece a ambas categorías. Desde 2003, este establecimiento regentado por José Ortiz se ha convertido en un punto de encuentro para turistas y residentes, aunque la historia de su propietario en la zona comenzó mucho antes, cuando llegó a Ibiza siendo apenas un adolescente.
«El primer lugar en el que viví en Ibiza fue una tienda de campaña junto a mi padre», recuerda Ortiz. Corría el año 1985 y tenía solo 15 años. Su padre trabajaba en el mantenimiento del antiguo camping de Cala Llonga y fue allí donde comenzó una trayectoria profesional ligada a la hostelería que ya supera las cuatro décadas.
Sus primeros pasos laborales los dio en establecimientos emblemáticos de la zona. «Mi primer trabajo fue en el Ibiza Madison y después estuve también varias temporadas trabajando en Los Espárragos», explica. Aquellos años serían el inicio de una carrera que también le llevaría al Reino Unido, donde trabajó durante varias temporadas para la compañía McMullens junto a Ingrid, quien más tarde se convertiría en su esposa.
Tras su experiencia británica y después de trabajar algunos años en Sant Antoni, regresó a Cala Llonga en 1997 para hacerse cargo del restaurante Ses Veles. Allí permaneció durante seis años hasta que surgió la oportunidad de emprender su propio proyecto.
«Compramos este local y abrimos el Flipper’s en 2003», explica. El nuevo negocio heredó la filosofía de Ses Veles, con una oferta de cocina internacional orientada al turismo que históricamente ha visitado la bahía. «Era el típico bar de guiris», reconoce entre risas.
Sin embargo, la historia del Flipper’s dio un giro inesperado durante la pandemia. Mientras gran parte del sector sufría las consecuencias de las restricciones, el establecimiento encontró un nuevo público.
«En cuanto nos dejaron abrir empezamos a trabajar con mucha gente local que se aficionó a nuestro roast beef», explica José. «Aunque sea un plato típico inglés, gustó mucho a la gente de la isla y podríamos decir que nos salvó de la crisis de la pandemia».
Aquel fenómeno permitió que muchos residentes descubrieran el restaurante y, una vez superada la emergencia sanitaria, siguieran acudiendo regularmente. Junto al popular roast beef, la carta mantiene otros platos que gozan de gran aceptación, especialmente las propuestas tex-mex. «También funciona muy bien todo lo que es comida tex-mex, como los tacos», señala.
Turismo familiar vs turismo exprés
Después de tantos años detrás de una barra, Ortiz ha sido testigo privilegiado de la transformación turística de Cala Llonga. Un cambio que observa con cierta nostalgia.
«Antes era mucho más familiar. La gente venía dos semanas seguidas e incluso repetía dos veces al año», recuerda. Según explica, tanto el camping como el antiguo minigolf contribuían a crear un ambiente muy orientado a las familias.
A su juicio, uno de los grandes puntos de inflexión llegó con la implantación generalizada del régimen de todo incluido en los hoteles. «Ahora no viene tanta familia. Muchos turistas están tres o cuatro días y se gastan todo en las discotecas. Ya no bajan a comer o a consumir como hacían antes».
Pese a ello, conserva vínculos con numerosos visitantes que han regresado durante décadas. «He conocido hasta cuatro generaciones de turistas», asegura. «Los primeros que conocí venían con los abuelos y los hijos. Ahora esos hijos ya son mayores y algunos siguen viniendo con su propia familia».
Entre esos clientes fieles menciona a Dave y July, una pareja británica que continúa visitando Cala Llonga cada año después de tres décadas. Un ejemplo de las relaciones de amistad que se forjaban entre turistas y hosteleros cuando las estancias eran más largas y la convivencia más cercana.
Un mundo aparte
Ortiz describe la Cala Llonga de aquellos años como un lugar con personalidad propia. «Siempre ha sido un mundo aparte, una especie de far west donde parecía que tenías que entrar con pasaporte», comenta con humor. «Algo parecido a Sant Antoni, pero sin peleas y siempre con un ambiente sano y familiar».
Ese carácter familiar sigue presente en el propio establecimiento. Una de las imágenes más llamativas para quienes visitan el local es el conocido cartel que advierte de que «los niños sueltos serán vendidos a un circo», una broma dirigida a los padres para que no pierdan de vista a sus hijos durante las vacaciones.
Relevo generacional
La historia del Flipper’s continúa ahora con una nueva generación al frente. Samuel Ortiz, hijo de José e Ingrid, tenía apenas siete años cuando sus padres abrieron el negocio. A los 16 ya trabajaba en él y, tras formarse en cocina en el Reino Unido y adquirir experiencia en distintos establecimientos, entre ellos el agroturismo Can Curreu, regresó para incorporarse definitivamente al proyecto familiar.
«Empecé trabajando en la cocina, pero con vistas a llevar el negocio he salido fuera para tratar con la clientela y aprender a hacer de todo», explica.
Poco a poco va asumiendo mayores responsabilidades mientras se prepara para tomar las riendas del establecimiento. Junto a él trabajan también otros miembros de la familia, como su prima Lía en la barra y Andrea en la cocina.
Más de veinte años después de abrir sus puertas y más de cuarenta después de la llegada de José Ortiz a Ibiza, el Flipper’s sigue siendo un reflejo de la evolución de Cala Llonga: un negocio familiar que ha visto pasar generaciones de turistas, cambios en la forma de viajar y transformaciones en la isla, pero que continúa manteniendo el mismo espíritu cercano con el que comenzó su historia.