Ibiza ha construido una marca turística reconocida en todo el planeta. Esa marca no descansa únicamente sobre sus playas, su patrimonio o su gastronomía. También lo hace sobre un sector del ocio que, durante décadas, ha convertido a la isla en un destino único e irrepetible. Negarlo sería tan absurdo como pretender que París no vive también de la Torre Eiffel o que Las Vegas podría prescindir de sus casinos.
Por eso resulta especialmente significativo que el Consell d'Eivissa haya decidido incorporar al futuro PIAT la prohibición de nuevas discotecas, pero haciéndolo desde el consenso con el propio sector y dejando claro que el objetivo no es demonizar una actividad económica esencial, sino estabilizar su crecimiento.
El vicepresidente Mariano Juan explicó en el último pleno que el ocio legal «nos posiciona, nos diferencia, da miles de empleos» y «no puede ser tratado como si fuera un problema». Al mismo tiempo, considera que la oferta actual ya es suficiente y que no deben concederse más licencias. Es una decisión acertada que busca equilibrar la protección del modelo existente con la contención de su expansión.
Veamos lo que PSOE y Podem-Guanyem hicieron cuando gobernaron, en mala hora, el Consell d'Eivissa durante aquel aciago cuatrienio de 2015 a 2019. En aquellos años decidieron borrar deliberadamente cualquier referencia a discotecas, beach clubs, pool parties o grandes eventos musicales de las campañas institucionales de promoción turística. Se avergonzaban precisamente de aquello que había situado a Ibiza en el mapa internacional.
Sólo un estúpido o un inconsciente —o ambas cosas a la vez— se dedica a lanzar piedras contra su propio tejado. Eso fue exactamente lo que hizo la izquierda, además de vetar a cantantes en el Día de Europa o rechazar un vídeo promocional porque la violinista que aparecía en él «tenía sobrepeso». Mientras otros destinos invierten millones para construir una identidad reconocible, la izquierda insular optó por esconder uno de los principales motores económicos de la isla. Inútilmente, claro está, porque igual se creerían que los miles de visitantes que deciden venir a Ibiza, iban a dejar de hacerlo porque en los vídeos que Fitur no sale ni una triste pista de baile con DJ.
Nadie discute que los excesos deben perseguirse. Las fiestas ilegales merecen ser perseguidas y sancionadas con la máxima contundencia posible. La competencia desleal debe ser erradicada. Los problemas de convivencia deben corregirse. Pero una cosa es combatir la ilegalidad y otra muy distinta convertir en sospechoso a quien cumple la ley, paga impuestos, genera riqueza y sostiene miles de empleos directos e indirectos.
Resulta llamativo que muchos de los mayores defensores de un supuesto «cambio de modelo turístico» hablen siempre desde la seguridad de una nómina pública. Funcionarios, asesores, cargos políticos o activistas subvencionados que cobran puntualmente a final de mes, independientemente de cómo evolucione la economía de la isla. Es mucho más sencillo pedir la desaparición de determinados sectores cuando el salario propio no depende de ellos.
Sin embargo, para miles de familias ibicencas el turismo no es un concepto ideológico. Es el salario con el que pagan la hipoteca, el alquiler, los estudios de sus hijos o la cesta de la compra. Con ese pan no se juega.
Ibiza necesita evolucionar, adaptarse y mejorar. Nadie discute la necesidad de combatir la saturación, ordenar el territorio o reforzar la calidad del destino. Pero evolucionar no significa renegar de aquello que ha convertido a la isla en una referencia mundial. El verdadero cambio de modelo consiste en conservar lo que funciona, corregir los excesos y perseguir la ilegalidad, no en demonizar a quienes llevan décadas contribuyendo decisivamente a la prosperidad de Ibiza.
No pretendan que nos avergoncemos de aquello por lo que debemos estar orgullosos. Y dejen de dar lecciones a los demás, porque recordamos muy bien lo que hicieron ellos cuando gobernaron. El socialista Vicent Torres, que además de presidente fue conseller de Turismo, al abandonar el cargo alardeó de que bajo su mandato se lograron «unas temporadas turísticas que han sido las mejores de la historia». Si Elena López no lo cree, le puedo pasar el recorte del periódico.