Hay bares donde se va a tomar un café y otros donde se va a encontrarse con la vida del barrio. El Campito de Figueretes pertenece sin duda a esta segunda categoría. Situado junto al campo de fútbol que le da nombre, este establecimiento lleva más de tres décadas siendo el auténtico centro neurálgico del vecindario, un lugar donde los desayunos se alargan entre bromas, donde los cumpleaños se celebran alrededor de una barbacoa y donde los clientes apenas necesitan pedir porque los camareros ya saben qué van a tomar.
El local abrió sus puertas en 1995 de la mano del entonces alcalde de Ibiza, Enrique Fajarnés, como sede de la Asociación de Vecinos de ses Figueretes. Desde entonces ha sido la propia entidad vecinal la encargada de gestionar este espacio, que ha acabado convirtiéndose en uno de los puntos de encuentro más queridos del barrio.
Desde 2012 esa responsabilidad recae en Vicente Chica, gerente de la asociación, aunque su relación con la hostelería y con ses Figueretes comenzó mucho antes. Es hijo de José Chica, el recordado ‘Pepe del Fénix’, uno de esos hosteleros que dejaron huella entre varias generaciones de vecinos.
Pepe se hizo cargo del Bar Fénix a principios de los años 70 junto a su esposa, Piedad, y allí crecieron sus hijos prácticamente detrás de la barra. «Mi padre me subía a una caja de Coca-Cola para que removiera la olla del chocolate y no se quemara», recuerda Vicente con una sonrisa al evocar aquellos desayunos en los que los churros con chocolate se convirtieron en una auténtica institución del barrio.
Aquel establecimiento era el clásico bar de toda la vida. «Se juntaban los trabajadores a jugar a las cartas y muchas veces aparecían contratistas buscando mano de obra», rememora. Pero, sobre todo, heredó una forma de entender la hostelería que sigue aplicando hoy en El Campito. «Mi padre siempre decía que había que atender con buena cara, nunca enfadado y procurando tener alguna anécdota para sacar una sonrisa a la gente».
Precios populares
La filosofía también se refleja en la oferta gastronómica. «Tenemos bocadillos, tapas y plato del día, poco más», resume Vicente con humildad.
Sin embargo, detrás de esa sencillez hay una cocina muy apreciada por la clientela gracias al trabajo de Noni. «Todo lo que hace lo hace de maravilla: desde el codillo hasta la carrillada, pasando por la frita o la tortilla de patata», destaca.
El establecimiento cuenta además con una zona de barbacoa que puede reservar cualquier persona para celebrar cumpleaños o reuniones familiares. «El uso es gratuito; solo pedimos que consuman nuestras bebidas», explica.
Otro de sus grandes reclamos son unos precios que parecen resistirse al paso del tiempo. El plato del día cuesta entre nueve y 12 euros; los bocadillos, 5,50; las tapas, seis euros; y el café apenas 1,40 euros. «En pocos sitios puedes tomar un café o una cerveza a estos precios. Eso también hace mucho boca a boca y viene cada vez más gente», afirma.
Gran familia
El equipo de El Campito mantiene el carácter familiar que siempre ha definido al negocio. Junto a Vicente trabajan su esposa, Nerea; su cuñado, Quique; su cuñada, Yaiza; además de Carlos, Trini y Juan, el veterano del grupo y uno de los personajes más queridos por la clientela.
«El otro día un niño le regaló un muñeco con luz «por si tenía miedo por las noches»», cuenta entre risas Vicente para ilustrar el cariño que despierta Juan entre quienes frecuentan el establecimiento.
Y aunque el presente funciona, la familia ya mira al futuro sin perder de vista sus raíces. Muy pronto abrirán una nueva churrería en la calle Asturias bajo un nombre cargado de simbolismo: El Abuelo Chica, un homenaje directo a Pepe y a toda una vida dedicada a la hostelería.
Si algo distingue a El Campito es su clientela. La mayoría son vecinos del barrio que acuden cada mañana a desayunar o simplemente a pasar un rato de conversación.
«Ahora vienen menos chavales porque el campo está de obras, pero cuando termine vuelven otra vez. Y si aparece algún turista suele ser porque se ha despistado; ve que hay mucha gente y entra a curiosear», comenta Vicente.
Basta sentarse unos minutos en cualquiera de sus mesas para comprobar que el ambiente es tan importante como el café.
Francisco lleva 40 años viviendo en ses Figueretes y asegura que no ha faltado prácticamente desde el día de la inauguración. «Aunque intenten echarme, yo de aquí no me voy», bromea entre risas. «Aquí nos juntamos los amigos a pelearnos un poco. ¡Aquí podemos!», comenta entre risas.
A su lado, Xumeu comparte la misma fidelidad. «También vengo desde que abrieron y también me peleo con esta gente todo lo que puedo», comenta divertido antes de recordar con emoción a Pepe del Fénix. «Tenía una gran amistad con él desde siempre. Se le echa muchísimo de menos».
José María ni siquiera vive en ses Figueretes, pero asegura que el desplazamiento merece la pena. «Siempre vengo a juntarme y a charlar con buena gente. Además es mucho más barato que en cualquier otro lugar».
Dolores, vecina de toda la vida, apenas falla un día. «Hay confianza, siempre están contentos y está todo muy bueno. ¡El día que cierren estamos perdidos!».
Una opinión parecida comparte Manuela, que acude dos o tres veces por semana. «Siempre hay buen ambiente, es barato y siempre encuentras vecinas con las que discutir... ¡pero sin llegar a pegarnos nunca!», dice entre carcajadas.
Para Angustias, el establecimiento tiene incluso un punto de encuentro sentimental. «Aquí te encuentras con media Andalucía. Se está como en casa. Ni siquiera tienes que pedir el desayuno porque ya saben lo que quieres», afirma.
José Manuel reivindica además el papel social que desempeña el local: «Este es un buen lugar para demostrar que la tercera edad existe y hay que reivindicarla».
Y Felipe resume quizá mejor que nadie el apego que despierta El Campito. «Yo vengo cada día, a cualquier hora. Te tratan muy bien, es económico y hablamos de cualquier cosa. Lo único malo que tiene este bar es que no abre antes de las 07.00 horas y no podemos venir más temprano», concluye entre risas.
Escuchando a unos y otros resulta fácil comprender que El Campito nunca ha sido simplemente un bar. Es el lugar donde los vecinos siguen poniéndose al día, donde las generaciones se mezclan alrededor de un café y donde el barrio continúa reconociéndose a sí mismo. En una ciudad cada vez más volcada hacia el turismo sigue funcionando como uno de esos escasos espacios donde todavía prevalece la vida de barrio.