El bar Llumbí, en Es Cubells, nació el mismo año que la iglesia de esta localidad de Sant Josep. Tanto la inauguración del templo religioso como la de este establecimiento, convertido con el paso del tiempo en otro de los grandes puntos de encuentro del pueblo, tuvieron lugar en 1958.
La patrona de los marineros, la Mare de Déu del Carme, dio nombre a la iglesia, mientras que la Punta Llumbí, el pequeño saliente situado a los pies del templo, inspiró el nombre del bar que inauguraron Pep Marí, de Can Domingo de Cas Berris, y su esposa Maria Llorenç, en un terreno que habían comprado a un primo de Pep poco antes. Catalina, hija de la pareja, recuerda que «la construcción llevó bastante tiempo. Mi madre era la que bajaba hasta la playa para buscar grava con el burro y, aunque el mestre Xic fue quien se encargó de la construcción, se fue haciendo poco a poco, a modo de xerinola».
Inicios
Durante los primeros años, el establecimiento solo abría los domingos y los días festivos en los que había misa. «Los días del Carmen y Santa Teresa, que son las fiestas de Es Cubells, era cuando venía más gente. También llegaban muchos peregrinos de toda la isla y hay que tener en cuenta que entonces venir desde Santa Eulària podía costar todo un día de viaje», explica Toni Riera, nieto de los fundadores y actual responsable del establecimiento junto a su hermano Pep.
Entre las décadas de los sesenta y los setenta comenzaron a levantarse los primeros chalés y viviendas de extranjeros en la zona. «A principios de los 70 se empezó a hacer algo más de comida: alguna tortilla, alguna ensalada…», recuerda Toni. Catalina añade que «también venían hippies en esa época», aunque reconoce que no guarda un buen recuerdo de ellos. «Vivían en cuevas, en sa Pedrera o en algunas casas payesas de los alrededores y venían cargados de niños muy mal cuidados», afirma.
La familia también alquilaba habitaciones en la planta superior del edificio. «Principalmente venían franceses que iban a pescar por los alrededores de Es Vedrà. Cuando terminaba agosto apenas quedaba nadie. Por eso solo abríamos en temporada, hasta el día de Santa Teresa, el 15 de octubre».
Relevo
El invierno de 1974 marcó un punto de inflexión. Aquel año Pep Païssa, un joven de Corona, alquiló el bar durante la temporada baja. Su hermano Toni acudía con frecuencia para ayudarle, terminó trabajando como camarero y no tardó en enamorarse de Catalina. Se casaron en 1976, tuvieron a sus dos hijos, Toni y Pep, e iniciaron una nueva etapa del negocio familiar.
Los años ochenta estuvieron marcados por las ampliaciones y reformas. «Cada año hacíamos alguna cosita durante el invierno», recuerda Catalina, mientras sus hijos crecían prácticamente entre las mesas del establecimiento. «Teníamos un pequeño parque en una esquina y los niños estaban allí todo el día. Siempre había algún cliente que se acercaba y los cogía para jugar un rato con ellos. ¡Eran la atracción de los extranjeros!», comenta entre risas.
Una de las reformas más importantes fue la ampliación de la cocina. «Pasamos de hacer alguna tortilla, hamburguesa o sándwich a empezar a cocinar pescado y a preparar nuestro calamar a la romana, que siempre ha tenido tanto éxito».
Las siguientes décadas transcurrieron sin grandes cambios, más allá del aumento constante de la clientela. «Cada año venía más gente. Por las mañanas la terraza se llenaba para desayunar», recuerda la familia. Fue entonces cuando comenzaron a abrir también fuera de temporada. «A partir de febrero abríamos los fines de semana y acabamos teniendo abierto todo el año, salvo un mes de vacaciones».
Esencia
Ya bien entrados los años noventa llegó el relevo de la tercera generación. «Cuando terminé de estudiar decidí que me quedaría aquí trabajando, que es donde he estado siempre», explica Toni, que hoy regenta el establecimiento junto a su hermano Pep.
«Hemos querido mantener la misma estética y la misma manera de trabajar de siempre», señala. «La gente viene por lo que hacemos, así que no tiene sentido cambiar algo que ya funciona». Catalina lo resume con una frase que se ha convertido casi en la filosofía del negocio: «Si la cosa va bien, ¿por qué deberíamos hacer otra cosa?».
La carta sigue esa misma línea. «Es sencilla, a base de producto local y fresco. Principalmente pescado y carne», explica Toni. Entre las propuestas más demandadas destaca el calamar, siempre fresco, que preparan tanto a la plancha como a la romana siguiendo la misma receta tradicional de hace décadas.
Sin embargo, para la familia el verdadero sello del Llumbí no está en la cocina, sino en el trato.
«Muchos clientes me han visto crecer. Hay ibicencos, turistas y extranjeros con casa en la zona que ya llevan tres generaciones viniendo», explica Toni.
A ello se suma el entorno. «Además de una vista privilegiada y la esencia que hemos tenido toda la vida, también podemos presumir de estar en uno de los lugares donde encontrar esa tranquilidad y esa calma que ya apenas puedes encontrar en la isla, salvo en Corona o en Sant Mateu».
Familia
Ese carácter familiar también se refleja en el equipo humano del establecimiento. María, esposa de Toni, trabaja tras la barra y forma parte de una plantilla de una docena de personas que mantiene viva la esencia del negocio. Algunos empleados acumulan décadas en la casa, como Musab o Moha. Laura, prima de Toni y Pep, también forma parte del equipo, al igual que Jimena y Andrés, que además son pareja. Raquel, Diego, Enrique y Gustavo completan la plantilla de un establecimiento que, casi siete décadas después de su apertura, sigue apostando por la misma filosofía con la que abrió sus puertas en 1958.
Soy cliente asiduo desde hace muchos años….tradición, buena gente, calidad. Para mi el mejor restaurante de la isla, un gran tapado en un entorno brutal. Tradición de padres a hijos…excelenremente gestionado por Toni, Pepe y Mari. Un equipazo.