A las 20.32 horas de este pasado miércoles, cuando la Luna se tragó al Sol, centenares de personas desplegadas por la bahía de Sant Antoni rompieron en un aplauso ensordecedor. Durante apenas un par de minutos, la oscuridad se apoderó del atardecer. El tan esperado fenómeno se convirtió, a su vez, en una jornada muy esperada para hosteleros y restauradores, aunque el paso del eclipse dejó resultados muy desiguales entre las diferentes líneas de costa de la isla.
Sant Antoni acaparó gran parte del foco mediático y eso supuso un movimiento sin igual hacia los puntos de la costa portmanyina. «Llevo toda la vida aquí y jamás había visto tanta gente en el pueblo. Era un hervidero». Así al menos lo asegura Miguel Tur, propietario de varios locales en Sant Antoni y responsable de restauración de la patronal de la pequeña y mediana empresa de Ibiza y Formentera (Pimeef).
Dicha afluencia de gente se ha traducido, como no podía ser de otra manera, en un día único, para la facturación de tantos y tantos comercios, superando la ya de por sí excepcional facturación que se produce en agosto. Así lo respaldan los números: los establecimientos de primera línea de mar han facturado entre el doble y el triple que un día normal de agosto, mientras que los de segunda línea llegaron a facturar entre un 50% y un 100% más.
Uno de los factores más destacados para los negocios no es solo ese aumento de volumen de ventas sino el ritmo sostenido que tuvo: «Las visitas empezaron a partir del mediodía», explica Tur. «La gente no vino todo a golpe al anochecer sino de forma progresiva», La presión se mantuvo hasta las 19.00 horas. Luego bajó: la gente se marchaba hacia el mar, provistos de bebidas y comidas para llevar. Pero alrededor de las 21.00 horas, cuando el eclipse se aproximaba, llegó el segundo aluvión.
Tur reconoce que ni con su mejor expectativa lo vio venir: «Yo no me atrevo a decir cuánta gente ha venido, pero las carreteras y las zonas cerca de la costa estaban absolutamente saturadas». Los equipo de cocina sufrieron. Había enviado avisos a todos sus locales de que preparasen más de la cuenta, llenasen las neveras hasta los topes.
Pese a la preparación, el problema estructural de la isla a la hora de conseguir personal se hizo notar en los negocios para atender la demanda excepcional.
Menor impacto en Cala de Bou
Pero no fue así en todas partes. En Cala de Bou, a apenas cinco kilómetros de Sant Antoni, la historia cambió de guión. José Tur, propietario de un restaurante en la zona y portavoz de restauración local, cuenta que el impacto ha sido discreto. «Algo normal, quizá un poco más que otro día. Por ponerle números, podría ser una 5%-10% más de lo habitual, ha asegurado».
En primer lugar, relaciona este impacto discreto con las fechas: «en agosto ya se trabaja mucho de forma habitual», explica Tur. «La diferencia es menor porque nuestra capacidad es la misma. Llega un momento que no puedes atender a más gente. Si el eclipse hubiera caído en mayo, seguramente se notaría mucho más. En pleno agosto, los locales están ya saturados de turismo regular. No había espacio adicional que llenar».
Las dinámicas fueron distintas. En Cala de Bou las reservas se concentraron de las 21.30 en adelante, cuando el eclipse era inminente. «Antes del eclipse también trabajamos bien», aclara Tur. La noche se alargó un poco: tuvieron clientes hasta las 00.30 horas, cuando lo normal es cerrar alrededor de las 23.15 horas. Pero el esfuerzo fue menor. «Se reforzó el personal de cocina sobre todo. Al ser agosto, ya estamos preparados para días de mucha afluencia», precisó.
A diferencia de Miguel Tur en Sant Antoni, José Tur sí observó una diferencia entre la expectativa y la realidad. «Con tanta información y exposición en los medios, la gente se organizó», afirmó. «Se vieron muchos grupos de amigos que aprovecharon para quedar», apuntó. La demanda existía, pero la capacidad limitada la controló. «El evento merecía la pena», reconoció.
Ofertas de todos los tipos
La demanda había llegado con semanas de antelación. El sector hotelero se preparó con paquetes premium: desde los 100 euros por persona en el TRS Ibiza Hotel (Gravity Rooftop) hasta los 3.230 euros en el Nobu Hotel Ibiza Bay, que incluía alojamiento, pensión completa, yoga y una excursión especial. En Booking ya no quedaba casi nada: el 85% de las plazas para esa noche se había volatilizado. Los precios de alojamiento oscilaban entre los 196 euros de un hostal modesto y los casi 10.000 euros de una villa entera. Fue el eclipse más caro jamás vivido en Ibiza.