La Oficina Balear de la Infancia y la Adolescencia (OBIA) organiza este martes en Ibiza la conferencia Cómo conectar con la adolescencia sin morir en el intento a cargo de Diana Al Azem (Granada, 1977). Al Azem es profesora, escritora y creadora de la conocida plataforma Adolescencia Positiva.
Acompañar a los hijos e hijas y ofrecer a los padres algunas claves para comprender qué está ocurriendo durante la adolescencia serán los principales objetivos de la experta. La charla tendrá lugar en el auditorio de Caló de S´Oli, a las 18.30 horas, y la entrada es libre hasta completar aforo. La conferencia también podrá seguirse en directo a través del canal de Youtube del Ayuntamiento de Sant Josep.
—¿Qué busca transmitir en la conferencia de este martes?
—Principalmente, quiero ayudar a las familias a entender qué está pasando durante la adolescencia. Muchas veces interpretamos determinadas conductas como desafíos, pasotismo o faltas de respeto, cuando detrás hay un cerebro que está atravesando una transformación enorme. Vamos a hablar de cómo acompañar en esa etapa sin caer en ninguno de los dos extremos: ni controlar absolutamente todo ni desaparecer pensando que, como ya son mayores, no nos necesitan. Nuestros adolescentes siguen necesitando muchísimo a sus padres. Lo que ocurre es que empiezan a necesitarnos de una manera diferente.
—Habrá cambiado mucho la manera en la que los jóvenes viven la adolescencia.
—Hay cosas que no han cambiado tanto. El adolescente sigue necesitando pertenecer al grupo, diferenciarse de sus padres, descubrir quién es, experimentar y asumir ciertos riesgos. Eso forma parte del desarrollo.
Lo que sí ha cambiado radicalmente es el escenario en el que todo eso ocurre. Antes podías hacer una tontería con tus amigos y probablemente quedaba entre vosotros. Hoy puede grabarse, compartirse y permanecer en Internet. Antes te comparabas con los compañeros de clase; hoy puedes compararte con miles de personas durante horas. Por eso, no creo que tengamos una adolescencia completamente diferente. Tenemos muchas de las mismas necesidades adolescentes de siempre dentro de un entorno muchísimo más complejo.
—Aunque ahora hay más herramientas en manos de padres y educadores, ¿existen más problemas por temas como redes sociales o dispositivos móviles?
—Tenemos más información, sí, pero también nos enfrentamos a situaciones para las que ninguna generación anterior de padres tuvo un manual. El móvil no es simplemente un teléfono. Para un adolescente es entretenimiento, grupos de amigos, identidad, reconocimiento social, información, sexualidad, comparación, y prácticamente todo cabe ahí dentro. Pero tampoco me gusta demonizar la tecnología. El problema no es solamente cuánto tiempo pasan delante de una pantalla, sino qué están haciendo en ella, qué están dejando de hacer por estar conectados y qué relación han construido con ese dispositivo. Y aquí los adultos tenemos que asumir también cierta responsabilidad: no podemos exigirles una relación saludable con las pantallas mientras nosotros vivimos permanentemente pendientes de las nuestras.
—Habla de tener empatía con los hijos.
—Sí, porque empatizar no significa justificarlo todo. Este matiz me parece fundamental. Puedo comprender que mi hijo esté enfadado y, al mismo tiempo, decirle que no acepto que me falte al respeto. A veces confundimos empatía con permisividad y no son lo mismo. La empatía consiste en intentar comprender qué hay detrás de una conducta antes de reaccionar únicamente contra ella. En lugar de preguntarnos siempre cómo hago para que deje de comportarse así, quizá deberíamos preguntarnos también qué le está pasando para comportarse así. Esa pregunta cambia muchísimo nuestra manera de educar.
—¿Qué consejos daría a unos padres que se enfrentan ahora a esta etapa en sus hijos?
—Les diría, sobre todo, que no intenten ganar todas las batallas. Que elijan muy bien cuáles son realmente importantes. Que mantengan límites claros, pero que aprendan también a negociar aquello que puede negociarse, y que no interpreten cada portazo, cada mala cara o cada «déjame en paz» como una valoración de su calidad como padres. La adolescencia necesita dos cosas que parecen contradictorias: raíces y alas. Los jóvenes necesitan saber que existe una estructura, que hay unos límites y unos adultos capaces de sostenerlos, pero también necesitan espacio para equivocarse, tomar decisiones y empezar a construir su propia vida.
—¿Qué refleja en su libro ‘Cuando la cigüeña empezó a ver porno’?
—El libro habla fundamentalmente de cómo acompañar la sexualidad durante la adolescencia en una época en la que nuestros hijos tienen acceso a contenidos sexuales mucho antes de estar preparados para comprenderlos. Una de las cuestiones que planteo es precisamente que evitar hablar de sexualidad también educa porque, si nosotros dejamos ese espacio vacío, alguien lo va a ocupar: Internet, la pornografía, TikTok, sus amigos. No podemos pretender controlar todo lo que van a encontrarse, pero sí podemos proporcionarles criterio para interpretar lo que encuentren. Y para mí esa es una de las grandes tareas educativas actuales: menos obsesión por controlar y más esfuerzo por enseñar a pensar.
—Los padres llevan hoy en día una vida muy atareada, sin tiempo para nada. ¿Puede ser que algunos conflictos los motiven a propósito los propios hijos para llamar su atención?
—Yo tendría cuidado con decir que provocan conflictos conscientemente para llamar nuestra atención. A veces puede ocurrir, pero muchas otras veces estamos atribuyendo una intención adulta a una conducta que tiene causas mucho más complejas. Lo que sí sabemos es que los adolescentes siguen necesitando conexión con sus figuras de referencia, aunque aparentemente estén intentando alejarse de ellas. Y hay algo importante: estar muchas horas juntos no garantiza conexión. Podemos estar toda una tarde en la misma casa sin habernos mirado realmente. Por eso suelo insistir en pequeños momentos de atención completa. Diez o quince minutos en los que no haya móvil, televisión ni interrogatorio. Simplemente disponibilidad. A veces nuestros hijos no necesitan más tiempo; necesitan sentir que, durante un rato, realmente estamos ahí.
—¿Los padres deben ser amigos de sus hijos?
—Yo diría que no. Podemos tener una relación maravillosa, cercana y basada en la confianza, pero nuestros hijos ya tienen amigos. Lo que necesitan de nosotros es algo diferente. Necesitan padres y ser padre o madre implica tomar decisiones que a veces no van a gustarles, poner límites y sostener un «no» aunque nuestro hijo se enfade. Eso no está reñido con escuchar, bromear, compartir cosas o tener complicidad. De hecho, ojalá exista todo eso. Pero cuando intentamos convertirnos en sus amigos porque tenemos miedo de perder su cariño, corremos el riesgo de renunciar precisamente al papel que ellos necesitan que desempeñemos.
—Usted habla también de la sobreprotección de los hijos.
—Sí, porque creo que hemos pasado de una educación excesivamente autoritaria en algunas generaciones a intentar evitar cualquier sufrimiento a nuestros hijos. Y la intención es maravillosa, pero puede tener consecuencias que no buscamos. Si cada vez que mi hijo tiene un problema yo se lo soluciono, aprende que los problemas los soluciono yo. Si evito sistemáticamente que se frustre, no tiene muchas oportunidades de aprender a tolerar la frustración. Nuestro trabajo no consiste en eliminar todas las piedras del camino. Consiste en enseñar qué hacer cuando tropiecen con una porque llegará un momento en que nosotros no estaremos delante para quitarlas.
—¿Qué recomienda en relación al uso del móvil y acceso a Internet? ¿Alguna edad concreta?
—No me gusta dar una edad mágica porque cumplir 12, 13 o 14 años no convierte automáticamente a un adolescente en alguien preparado para gestionar todo lo que supone tener un ‘smartphone’. Yo miraría más la madurez que el cumpleaños. ¿Es capaz de respetar acuerdos? ¿Puede dejar el dispositivo cuando corresponde? ¿Entiende mínimamente cuestiones de privacidad? ¿Sabe qué hacer si recibe contenido sexual, si alguien le pide una fotografía íntima o si un desconocido contacta con él?.
Sobre todo, distinguiría entre tener teléfono y tener acceso ilimitado a Internet y redes sociales. No tienen por qué llegar las dos cosas el mismo día. Cuando finalmente llega el móvil, no debería entregarse como quien regala una bicicleta y se desentiende. Necesita acompañamiento progresivo, acuerdos familiares, horarios, espacios sin pantallas y conversaciones frecuentes sobre lo que ocurre en Internet. Hay una frase que resume bastante bien mi postura: el objetivo no es conseguir que nuestros hijos nunca se equivoquen en Internet; es conseguir que, cuando algo ocurra, sepan qué hacer y sepan que pueden acudir a nosotros.