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Mientras hay vida, hay esperanza

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Este 19 de octubre, como cada año, todo vuelve a teñirse de rosa.

Veremos lazos, camisetas, publicaciones, carreras solidarias y frases de ánimo. Y yo, que un día también fui una de esas mujeres que recibió un diagnóstico de cáncer de mama, tengo algo que decir.

El cáncer no es rosa. El cáncer es miedo.

Es escuchar esa palabra y sentir que tu vida se para mientras el mundo, incomprensiblemente, sigue girando. Es preguntarte por qué tú. Es llorar. Es tener miedo a morir. Es mirar a las personas que quieres y pensar en todo lo que todavía te queda por vivir.

A mí me tocó demasiado joven. Sin antecedentes. Sin esperarlo. Sin pensar ni por un segundo que algo así pudiera formar parte de mi historia.

Porque siempre pensamos que el cáncer les pasa a otros.

Lo vemos en las noticias. Conocemos a alguien que conoce a alguien. Escuchamos historias. Vemos campañas. Nos ponemos un lazo rosa. Pero lo vemos lejos.

Hasta que un día deja de estar lejos y te toca vivirlo desde dentro. Desde tu propia piel.

Y entonces entiendes que el cáncer no entiende de edad, de sexo, de origen ni de si en tu familia había antecedentes. A todos nos puede tocar. Y suena irónico, ¿no? Que una de las personas que más miedo tiene a la muerte haya tenido que estar tan cerca de ella siendo tan joven.

Quizás por eso aprendí demasiado pronto algo que intento no olvidar nunca:

Mientras hay vida, hay esperanza.

Cuando enfermas de cáncer, de repente tus sueños cambian. Sueñas con que la siguiente analítica salga bien. Con terminar la quimioterapia. Con volver a verte pelo. Con escuchar que todo está bien. Con llegar a la siguiente revisión y poder volver a respirar tranquila.

Sueñas, simplemente, con volver a sentirte tú. Y poco a poco, empiezas otra vez a tener sueños de los de antes. Vuelves a vivir.

Yo siempre digo una frase que me ha acompañado durante todo este camino: «La actitud es la clave del éxito».

Y no sé si será porque me crié con Mario Bros., pero un día se me ocurrió comparar el cáncer con ese juego, que seguramente todos hemos jugado alguna vez.

Pero evidentemente, el cáncer nunca fue un juego.

En Mario Bros, unas veces eres pequeñito, otras consigues fuerza y te haces grande. Recibes un golpe y vuelves a ser pequeño, hasta que recuperas fuerzas y vuelves a crecer.

Había días en los que podía con todo y otros en los que me sentía muy pequeña. Y cada prueba, cada quimioterapia, cada operación era una pantalla más que tenía que superar.

Unas costaban más que otras. Algunas veces necesitabas parar, descansar y dejar el mando durante un rato.

Pero después continuabas. Pantalla a pantalla. Nivel a nivel. Hasta que consigues llegar al final y pasarte el juego.

Y qué orgullo sientes cuando miras atrás y piensas: «Lo hice». Pero hay algo que Mario Bros. no me enseñó. ¿Qué pasa después de pasarte el juego?

Porque terminar el tratamiento no significa terminar con el cáncer dentro de tu cabeza. Te dicen que todo está bien. Que ahora toca continuar. Y continúas.

Vuelves a trabajar. A viajar. A hacer planes. A reírte. A pensar en el futuro. Vuelves a vivir.

Pero ya no vuelves a vivir exactamente igual. Porque después llegan los miedos.

Y quizás esa sea la pantalla que nadie te explica y te cuenta. Vivir siendo paciente oncológica es aprender a convivir con el miedo.

Con el miedo a que vuelva. Con el miedo a una revisión. Con el miedo a una analítica. Con el miedo a que aparezca un dolor que antes ni siquiera habría llamado tu atención.

Porque antes del cáncer un dolor era un dolor. Después del cáncer, durante unos segundos, un dolor puede convertirse en mil preguntas.

Un bulto. Un mareo. Una molestia que dura más de lo habitual. Una llamada del hospital. Un resultado que tarda un poco más de la cuenta.

Y tu cabeza no necesita más. Automáticamente vuelve al principio. A aquella consulta. A aquella palabra. A aquel miedo. A aquel: «¿Y si ha vuelto?»

Y da igual que hayan pasado los años. Da igual que estés bien. Da igual que estés haciendo tu vida. Hay una pequeña parte de ti que nunca vuelve a dormir del todo. Supongo que esa es una de las cicatrices que no se ven.

Porque hay cicatrices que llevamos en el cuerpo y otras que se quedan para siempre en algún rincón de nuestra cabeza.

Superar el cáncer no significa olvidarte de que un día tuviste que hacerlo. Sobrevivir no significa volver exactamente a la vida que tenías antes.

Significa aprender a vivir una nueva vida intentado que el miedo te impida disfrutarla.

Y quizás por eso ahora entiendo algo que antes del cáncer nunca habría entendido de la misma manera: qué poco valoramos la vida. Nos quejamos. Nos quejamos muchísimo. Porque es lunes. Porque estamos cansados. Porque tenemos demasiado trabajo. Porque algo no ha salido como queríamos. Porque alguien nos ha contestado mal. Porque no podemos hacer ese viaje. Porque tenemos un mal día.

Hasta que un día estar aquí deja de parecerte algo garantizado. Creo que quien nunca ha tenido que enfrentarse de verdad a la posibilidad de perder su propia vida difícilmente puede comprender ese miedo.

Porque una cosa es saber que algún día vamos a morir. Y otra muy diferente es sentir, siendo joven, que quizás ese «algún día» puede estar demasiado cerca.

Ahí cambia todo. Cambian tus prioridades. Cambian tus miedos. Cambian tus sueños. Y cambia, sobre todo, el valor que le das a estar vivo: Los pacientes oncológicos sabemos perfectamente de qué miedo hablo. Y quizás también sabemos, de una manera diferente, lo que vale la vida. No porque después del cáncer todo sea maravilloso. No porque vivamos todos los días felices.

Ni porque dejemos de preocuparnos o de quejarnos por tonterías. Ojalá fuera tan fácil. Sino porque sabemos lo que significa haber tenido miedo de perderla.

Qué bonita era la vida cuando la palabra cáncer no formaba parte de nuestra vida, y qué poco la valorábamos.

Qué bonita era cuando podía escuchar esa palabra y sentir que pertenecía a una realidad lejana.

Cuando un dolor era simplemente un dolor. Cuando una analítica era simplemente una analítica. Cuando una llamada del hospital no conseguía acelerarte el corazón.

Qué bonita sería la vida sin esa palabra. Qué bonita sería una vida en la que nadie tuviera que conocer el cáncer desde dentro.

Aunque quizás el problema sea precisamente ese. Que mientras pensamos que estas cosas les pasan a los demás, no somos conscientes de la suerte que tenemos. Damos por hecho que habrá otro todo. Y nos pasamos la vida preocupándonos por cosas que, cuando de verdad sientes que puedes perderla, se vuelven diminutas.

Cuando has tenido miedo de perder la vida, estar aquí adquiere otro significado. Estar aquí ya es mucho. Puede parecer poco. Para mí es muchísimo. Porque hubo un momento en el que mi mayor sueño no era conseguir grandes cosas.

Mi mayor sueño era tener tiempo para vivirlas. Tener Vida.

Por eso, si pudiera pedir algo a quienes nunca han tenido que enfrentarse a esta enfermedad no sería que entendieran exactamente lo que sentimos.

Ojalá nunca tengan que entenderlo. Les pediría algo mucho más sencillo: que valoren la vida antes de que la vida tenga que enseñarles cuánto vale.

Que abracen. Que viajen. Que se rían. Que digan «te quiero». Que hagan planes. Que sueñen. Que no dejen siempre la vida para mañana. Porque qué privilegio poder tener un mal día y saber que mañana podemos intentarlo otra vez. Qué privilegio poder hacer planes. Qué privilegio pensar en el próximo verano. Qué privilegio poder decir «nos vemos mañana» y pronunciarlo sin miedo.

Qué privilegio, simplemente, estar vivos.

Y cuando el miedo vuelve —porque vuelve— intento recordarme lo mismo: mientras hay vida, hay esperanza. Y esa esperanza tiene un nombre que no podemos olvidar: investigación.

Mi actitud me ayudó a enfrentarme a la enfermedad. Pero mi actitud no me curó.

Me dieron esa oportunidad la medicina, los profesionales sanitarios y todos los años de investigación que hubo antes de que yo llegara.Por eso necesitamos seguir investigando. Muchísimo.

Necesitamos más estudios, más ensayos, más recursos y más oportunidades. Necesitamos que cada persona que mañana escuche la palabra «cáncer» tenga una posibilidad más que quienes la escuchamos ayer.

Reconozco que alguna vez, como paciente he llegado incluso a hacerme una pregunta que quizás muchos pensamos y pocos nos atrevemos a decir en voz alta. Con todo lo que mueve esta enfermedad, ¿realmente interesa algún día acabar con ella? Mi cabeza ha llegado alguna vez hasta ahí.

Quizás porque cuando has vivido el cáncer desde dentro necesitas encontrar respuestas incluso donde no las hay. Pero quiero pensar bien. Quiero creer que sí. Quiero creer que mientras nosotros seguimos viviendo hay alguien dentro de un laboratorio buscando una respuesta. Que mientras una mujer recibe hoy su primera quimioterapia, alguien está estudiando cómo conseguir que la siguiente generación necesite un tratamiento menos agresivo. Que mientras una familia recibe hoy una mala noticia, hay investigadores intentando conseguir que, dentro de unos años, esa misma noticia pueda tener otro final.

Porque detrás de cada avance hay años de investigación. Y detrás de cada año ganado hay vida. Por eso este 19 de octubre no quiero hablar únicamente de cáncer. Quiero hablar de vida. De esperanza. De sueños.

De todas las personas que están ahora mismo empezando este camino y necesitan escuchar que, aunque hoy todo parezca oscuro, todavía puede volver a salir el sol. Y también quiero hablarles a quienes nunca han tenido que recorrerlo: valorad la vida ahora.

No esperéis a que algo os enseñe cuánto vale. Yo no sé qué me deparará el futuro. Nadie lo sabe. Pero sí sé qué quiero hacer con mi presente. Vivir.

Seguir teniendo miedo algunas veces porque ese miedo también forma parte de mi historia. Y seguir agarrándome a la vida con todas mis fuerzas.

Porque mientras haya vida, habrá esperanza. Porque la actitud es la clave del éxito. Porque todavía queda muchísimo por investigar, muchísimo por descubrir y demasiadas vidas por salvar. Por los que estamos. Por los que estuvieron. Y, sobre todo, por los que vendrán.

Seguiremos luchando hasta que el cáncer solo sea un signo del zodiaco.

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