Increíble, pero cierto. Cuando el destino parecía abrir una puerta dorada hacia la esperanza del playoff, la UD Ibiza tropezó contra el que menos lo esperaba. Ante un rival herido y hundido en los abismos de la clasificación, el Marbella, los celestes dejaron escapar una oportunidad que parecía escrita para ellos. El marcador final, un frío 0-1, cayó como un jarro de agua helada sobre la isla.
Y fue la cruel ley del fútbol, esa que nunca perdona, la que dictó sentencia. El verdugo tenía nombre y pasado en la casa: Eugeni Valderrama. El exjugador unionista regresó a Can Misses para asestar la estocada a un equipo que nunca terminó de encontrarse.
La batalla comenzó con novedades en las filas ibicencas. Bebé regresaba al once por decisión técnica, mientras que Paradowski estrenaba titularidad bajo los tres palos en lugar del tocado Ramón Juan. Todo parecía preparado para la tercera victoria consecutiva, una hazaña aún inédita en la temporada.
Pero el guion empezó a torcerse pronto. La Udé dominaba el balón, sí, pero era un dominio vacío, sin filo ni colmillo. La única chispa real llegó en los primeros compases, cuando Max Svensson encontró un balón franco dentro del área. El estadio contuvo la respiración, pero el disparo voló hacia el cielo de Ibiza. La acción quedó invalidada por fuera de juego, pero era un fiel reflejo de cómo estaba la pólvora de los locales: mojada.
El tiempo avanzaba lento, pesado. El cuadro pitiuso tenía la pelota, pero no generaba peligro. Apenas una volea de Bebé y un disparo alto de Izan rompieron el tedio. En el centro del campo, Theo Valls trataba de dar sentido a un juego que se perdía antes de llegar a territorio enemigo. El Marbella resistía como un ejército atrincherado. De vez en cuando, lanzaba pequeñas escaramuzas, lideradas por Víctor Sánchez, que buscaba el heroísmo en solitario.
Tras el descanso, la UD Ibiza amagó con despertar. Fran Castillo y de nuevo Svensson probaron suerte, pero fue apenas un espejismo. El técnico Miguel Álvarez agitó el banquillo: entraron Mazeya, que reemplazó a un Bebé cuya imagen dista mucho de la que se solía ver, y Davo en busca de energía nueva. Pero el equipo seguía siendo una sombra de sí mismo: plano, previsible y sin mordiente.
El único rugido real de Can Misses llegó en el minuto 69. Una larga jugada terminó con un disparo de Mazeya que el central Castellano desvió a córner. Fue un instante de fe, un breve incendio en la grada que se apagó tan rápido como había surgido.
Entonces llegó el golpe. El destino, implacable, tenía preparada su ironía. En el minuto 81, Eugeni Valderrama recogió el balón en la frontal. Levantó la cabeza, armó la pierna y soltó un disparo preciso, venenoso y directo al palo largo. Gol y silencio en Can Misses. Un silencio pesado, absoluto. El estadio quedó petrificado.
La Udé lo intentó con más pólvora en el tramo final. Javi Eslava y Del Omo salaron al terreno de juego por Iago Indias y Unai Medina, prescindiendo de un defensa para echar el resto en busca de, al menos, la igualada. Sin embargo, la reacción nunca llegó. Es más, el Marbella incluso estuvo cerca de rematar la faena en una contra en el descuento.
Los siete minutos finales se escaparon como arena entre los dedos. Con el pitido final se evaporó una ocasión de oro para creer en la escalada. La UD Ibiza vio romperse su racha de imbatibilidad –llevaba 414 minutos sin encajar un gol como local antes de comenzar este choque– y su fortaleza en casa –adiós a cuatro triunfos seguidos–, todo ante un rival que lucha por no caer al abismo de la Segunda RFEF. Una tarde-noche extraña en la isla, una oportunidad perdida y una vieja ley del fútbol que volvió a cumplirse: a veces, el verdugo llega disfrazado de antiguo compañero.