Durante décadas, el turismo ha sido una de las grandes historias de éxito económico. Mallorca, en particular, se ha consolidado como uno de los destinos turísticos más relevantes del mundo, capaz de atraer cada año a millones de visitantes y de generar prosperidad, empleo e inversión. Sin embargo, hoy, el contexto internacional en el que se desarrolla la actividad turística es sustancialmente distinto al que conocíamos.
Vivimos en un entorno global cada vez más incierto. Las tensiones geopolíticas, la polarización, las crisis energéticas, las disrupciones tecnológicas, la competencia creciente y los cambios en los hábitos de consumo están redefiniendo las reglas del juego. En este escenario, no debemos confiar únicamente en nuestra solidez reputacional, debemos ser capaces de anticiparnos, adaptarnos y fortalecer nuestra resiliencia.
En este contexto emerge un concepto que, en mi opinión, será cada vez más determinante para el futuro de los territorios turísticos maduros: la autonomía estratégica del destino. Significa, en términos prácticos, que un destino debe contar con las condiciones necesarias para continuar siendo competitivo incluso cuando el entorno internacional se vuelve más complejo o volátil. Significa reducir vulnerabilidades, diversificar riesgos y reforzar los pilares que sostienen su modelo económico.
Mallorca ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación a lo largo de su historia. Con voluntad y visión ligado a conocimiento y a recursos tenemos la capacidad de convertir las amenazas en oportunidades. El sector hotelero ha liderado un proceso de transformación profunda de la planta basado en la inversión, la modernización y la mejora de la calidad. Miles de millones de euros se han destinado a renovar establecimientos, elevar estándares, servicios y apostar por un modelo orientado a priorizar el valor añadido. Un esfuerzo y un mensaje respaldado por hechos que ha consolidado una idea que ya forma parte del consenso social e institucional en Balears: el futuro del turismo no pasa por crecer cuantitativamente, sino por generar mayor valor económico, social y territorial a partir de la actividad turística.
Si esta idea está ampliamente asumida, el siguiente paso consiste en preguntarnos cómo garantizamos que este modelo de valor siga siendo viable en un mundo más incierto. La primera condición para reforzar la autonomía estratégica de un destino es reducir dependencias y equilibrar con mesura. Baleares ha mantenido históricamente una fuerte vinculación con algunos mercados emisores europeos que han sido, son y seguirán siendo, fundamentales para nuestro turismo.
Alemania y el Reino Unido han contribuido a que seamos lo que somos y continúan siendo los pilares esenciales de nuestra demanda y como tales debemos cuidarlos. Sin embargo, la evolución del turismo global, las tendencias y los flujos también nos sugieren avanzar hacia una mayor diversificación. No se trata de enfocarnos a un proceso de sustitución sino de ampliar las opciones del destino. La apertura progresiva de conexiones con mercados de largo radio puede contribuir a reforzar la resiliencia del sistema turístico balear y, a medio plazo, el objetivo último debe ser una demanda equilibrada a lo largo del año que dote de dinamismo a la economía, al empleo y que sintonice con los residentes sin generar fricciones ni alterar sustancialmente la convivencia.
La conectividad aérea se ha interpretado como una cuestión puramente comercial o promocional, sin embargo, debemos entenderla como una infraestructura clave para la competitividad. Si es sólida, diversificada y estable permite facilitar la llegada de visitantes, mejorar la distribución temporal, reducir vulnerabilidades frente a cambios coyunturales y reforzar la posición de las islas en el mapa turístico internacional. A la vez, también favorece la movilidad global de los ciudadanos que también disfrutamos de hacer turismo por sus indudables efectos positivos y el enriquecimiento personal de quienes lo practicamos.
La segunda dimensión tiene que ver con las condiciones internas que permiten operar al sector turístico con normalidad y eficiencia. Entre ellas, además de la seguridad jurídica y la eliminación de cargas burocráticas, destaca de manera evidente el acceso a la vivienda. El turismo es una actividad intensiva en personas. Detrás de cada hotel, cada restaurante, comercio o cada empresa vinculada a la cadena de valor turística hay miles de trabajadores que hacen posible la experiencia del visitante. Garantizar que las personas puedan desarrollar su proyecto vital en nuestras islas es una condición imprescindible para la sostenibilidad económica del destino.
El reto de la vivienda en Balears exige respuestas ambiciosas, coordinadas y eficaces. No es únicamente una cuestión social, que ya de por sí sería suficiente motivo para actuar, es también un elemento directamente vinculado a la competitividad del archipiélago. Sin soluciones realistas que faciliten el acceso a la vivienda para trabajadores y residentes, cualquier destino turístico corre el riesgo de erosionar su capacidad operativa.
La tercera palanca para reforzar la autonomía estratégica del destino es el crecimiento empresarial y con él, la productividad. Frente a una competencia internacional cada vez más intensa debemos basar la ventaja competitiva en la calidad y diversidad de la oferta, en la profesionalización del sector y en la capacidad de generar experiencias de alto valor. Esto exige seguir avanzando en ámbitos como la formación, la digitalización, la innovación en la gestión empresarial y la mejora de la estabilidad laboral. Un destino más productivo no solo genera mayor valor económico, sino que también puede atraer talento y consolidar una actividad más sólida a lo largo del año. Y me permito añadir que, sin una imprescindible alineación del sector público con la iniciativa privada y que las administraciones también se desarrollen en este sentido y con este espíritu, va a ser imposible conseguirlo.
Por último, la autonomía estratégica de un destino también depende de la coherencia de su marco regulatorio y de la calidad de su gobernanza. Balears ha sido pionera en muchas políticas de ordenación turística, y el sector hotelero ha demostrado en numerosas ocasiones su disposición a acompañar procesos de transformación cuando estos persiguen mejorar la calidad del destino.
La clave está en encontrar el equilibrio adecuado entre regulación y competitividad. Un marco normativo que aporte seguridad jurídica, que incentive la inversión y que combata con firmeza la oferta ilegal y el intrusismo contribuye a fortalecer el modelo. Por el contrario, una regulación errática puede generar incertidumbre y debilitar la capacidad de adaptación del sistema y de conseguir los objetivos trazados.
Desde mi experiencia he sido testigo de cómo Mallorca ha construido su liderazgo turístico a lo largo de décadas gracias a una combinación de iniciativa empresarial, colaboración público-privada y capacidad de adaptación a los cambios. Ese mismo espíritu es necesario para afrontar los retos del futuro. En un mundo cada vez más incierto, los destinos que mejor prosperarán serán los que sean capaces de reforzar sus bases estructurales y de avanzarse a los cambios. La autonomía estratégica del destino no es una consigna, es una hoja de ruta. Una forma de entender que la competitividad turística del siglo XXI dependerá cada vez más de la capacidad de los territorios para construir modelos económicos sólidos, resilientes y capaces de generar prosperidad compartida.
Las Illes Balears cuentan con muchas de las condiciones necesarias para seguir liderando, pero también necesitamos nuevos procesos de aprendizaje y de gobernanzas sólidas y participativas. El reto consiste en consolidar y proyectar hacia el futuro con visión. Tenemos la responsabilidad de actuar en aquellas cuestiones en las que disponemos influencia y alcance. En un mundo incierto donde los patrones y acuerdos históricos están saltado por los aires, en el que ni nuestra comunidad ni nuestro país son quienes modulan las grandes cuestiones geopolíticas, la verdadera inteligencia estratégica de nuestro territorio, siendo conscientes de las grandes conexiones e interdependencias que tenemos, reside en la capacidad para decidir nuestro propio rumbo y ser activos en lo que sí depende de nosotros.l