Hay lugares donde las cifras cuentan una historia y sus gentes viven la contraria. Las Illes Balears es uno de ellos. 2025 ha reproducido los patrones de años anteriores: Han continuado los récords de empleo mes tras mes, el paro ha seguido cayendo y los beneficios empresariales subiendo. Sobre el papel, todo parece pintar muy bien, el sentir cotidiano cuenta otra cosa. Basta hablar con quienes trabajan en las Islas para ratificar que su realidad se aleja demasiado del espejismo estadístico. La gente cada día vive peor y hay mucha que opta por irse.
Tener trabajo ya no significa poder vivir con dignidad. El crecimiento económico y los altos niveles de empleo ya no sirven para testar el bienestar social. El precio insoportable de la vivienda está resquebrajando el futuro de Balears. Alquileres que suben sin freno, hipotecas cada vez más difíciles de conseguir y de asumir, y una oferta insuficiente para los residentes han transformado algo tan básico como tener un hogar en una fuente de ansiedad sistémica.
Así, mientras la economía avanza, muchas familias sienten que corren detrás de ella sin llegar nunca a alcanzarla. El sueldo siempre se queda corto, la riqueza no se está repartiendo de manera equitativa, y la emergencia habitacional está deteriorando la calidad de vida de tal forma que está lastrando el porvenir de las clases trabajadoras y medias.
Los sindicatos hemos logrado negociar subidas salariales importantes y algunas reformas, como la laboral, siguen reforzando la estabilidad del empleo, aunque en UGT llevamos años pidiendo contratación indefinida de todo el año y un modelo económico más diverso, sostenible e inclusivo. Las mejoras conquistadas chocan con una realidad que nadie debería ignorar: cuando el precio de vivir en un lugar sube más rápido que los ingresos, el equilibrio se rompe. Y pagan los de siempre.
En este contexto, confiar en que el mercado encuentre por sí solo una solución empieza a parecer no solo ingenuo sino también temerario. Cuando un derecho tan esencial como la vivienda es un bien de consumo la pregunta ya no es si se debe intervenir, sino por qué no se ha hecho ya. El papel de las políticas públicas es imprescindible para que la vivienda deje de ser un privilegio para unos pocos. No somos partidarios de subvencionar a los propietarios. No sabemos a qué espera el Govern balear para poner tope a los alquileres. Lo que sí sabemos es que la crisis de vivienda empaña el supuesto éxito económico de nuestra comunidad. Con su ciudadanía empobrecida, poco luce que Balears tuviera de media 621.975 personas ocupadas en 2025 y una tasa anual de paro de un 8,9 por ciento, la más baja de la historia, según los datos de la Encuesta de Población Activa. Sí, tenemos una temporada turística de cerca de diez meses al año y ya en febrero de este año el paro registrado se situó en poco más de 27.000 personas. Y sí, persisten las brechas de género y edad.
La paradoja balear se vuelve aún más evidente cuando se mira con atención quiénes sufren con mayor intensidad estas tensiones. La juventud y las mujeres siguen enfrentándose a mayores niveles de precariedad: tienen mayores tasas de empleo parcial, temporalidad y desempleo. Son los más vulnerables ante la crisis de vivienda.
Mientras los sindicatos reclamamos medidas que generen un impacto positivo en la vida de las personas, las patronales se inventan el mal llamado absentismo, que no es otra cosa que bajas laborales y permisos legales. Se señalan supuestas faltas de compromiso por parte de las trabajadoras y trabajadores, pero rara vez se profundiza en las causas reales que explican las ausencias por enfermedad. Tal vez habría que preguntarse si las sobrecargas laborales o la dificultad para mantener una vida digna en las Islas están pasando factura a la salud de quienes sostienen la economía de Balears.
No podemos cerrar los ojos ante la contradicción que se respira en nuestra comunidad. Por un lado, un territorio que funciona como un motor económico y turístico de enorme potencia. Por otro, una sociedad que empieza a sentir que ese éxito no siempre se traduce en bienestar cotidiano. El desafío no consiste únicamente en seguir creciendo, sino en hacerlo de una manera que permita a las personas poder vivir de su trabajo. La economía puede brillar en los informes, pero una sociedad solo prospera de verdad cuando quienes la habitan sienten que también tienen un lugar en ese progreso.