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Pleno empleo. ¿Y bienestar social?

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El pleno empleo ha sido históricamente una aspiración central de cualquier sociedad. No solo porque reduce el paro, sino porque constituye una palanca esencial para lograr mayores niveles de bienestar, reducir la pobreza y garantizar estabilidad y cohesión social. Según los últimos datos del SEPE y la EPA (febrero de 2026), los niveles de paro registrado en Balears se sitúan en mínimos históricos y próximos al pleno empleo. A primera vista, estas cifras invitan al optimismo y apuntan a un mercado laboral saludable, dinámico y capaz de absorber la demanda de empleo.

Sin embargo, el empleo no es únicamente una variable numérica. No es lo mismo cantidad de empleo que calidad del empleo o bienestar. La pregunta central es en qué medida este casi «pleno empleo técnico» nos acerca realmente al estado de bienestar y mejora las condiciones de vida. Desde la psicología del trabajo sabemos que el impacto del empleo en las personas depende no solo de conseguir un trabajo, sino también de sus condiciones, de su estabilidad y del equilibrio percibido entre lo que la persona aporta a su puesto y lo que recibe a cambio.

En el caso concreto de Balears, el modelo productivo sigue generando un empleo fuertemente marcado por la estacionalidad. Esta lógica introduce una forma de empleo intermitente que dificulta la estabilidad económica y personal. Por un lado, el adelanto de la temporada turística contribuye a reducir el paro en los primeros meses del año. Por otro, la fuerte concentración de la actividad turística implica periodos de alta intensidad laboral -con elevadas demandas físicas y emocionales- que se alternan con fases de menor actividad, que algunos viven como un descanso y otros con incertidumbre.

Estas condiciones afectan de forma desigual a distintos colectivos. Para muchos jóvenes, las condiciones laborales y salariales, el coste de la vida y de la vivienda dificultan la planificación de proyectos de vida a medio y largo plazo. Para las personas de mayor edad, la intensidad laboral genera un desgaste físico y psicológico que se va acentuando con los años de trabajo. En el caso de las mujeres, persisten mayores niveles de precariedad y dificultades de conciliación, especialmente en sectores altamente feminizados y estacionales como la limpieza, los servicios o el comercio turístico.
Estas condiciones también ayudan a entender el debate emergente sobre el absentismo laboral. Más allá de interpretaciones simplistas, este fenómeno puede entenderse parcialmente como un indicador indirecto del malestar organizacional. En contextos de altas demandas, escasa autonomía y limitadas recompensas, el absentismo puede ser una respuesta a condiciones de trabajo difíciles de mantener en el tiempo. Todo ello contribuye a explicar que el turismo, nuestra principal fuente de empleo, afronte crecientes dificultades para atraer y retener trabajadores. Parte de la población activa percibe algunas ocupaciones como poco atractivas o sostenibles, especialmente en un contexto marcado por el elevado coste de la vida.

En este escenario, el paro registrado deja de ser un indicador suficiente para evaluar la salud del mercado laboral. No recoge situaciones de subempleo, los efectos de la discontinuidad o los niveles de desgaste que afectan al bienestar de las personas trabajadoras. Tampoco recoge los efectos de un contexto en el que incluso empleos relativamente bien remunerados pueden resultar insuficientes para cubrir el coste de la vida. El reto para Balears no es solo mantener el pleno empleo, sino lograr un empleo de calidad que permita sostener proyectos de vida y garantizar el bienestar social. Un mercado laboral puede ser eficiente en términos de ocupación y, al mismo tiempo, insuficiente para garantizar una vida digna.

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