En las últimas décadas, las Illes Balears han experimentado un incremento salvaje de la presión humana sobre su territorio. Este fenómeno es el resultado de la combinación de varios factores: el crecimiento continuo de la población residente, la extraordinaria expansión del turismo y el aumento de las infraestructuras y actividades asociadas a ambos procesos.
Si a mediados del siglo XX el archipiélago contaba con poco más de medio millón de habitantes, hoy supera ampliamente el millón. A esta población estable se añaden cada año millones de visitantes. En los meses de verano, la población efectiva —la suma de residentes y turistas presentes simultáneamente— puede duplicar con facilidad la población censada.
Esta presión demográfica tiene efectos directos sobre el territorio y los recursos naturales. El consumo de agua aumenta de forma muy significativa durante una temporada turística que el cambio climático va alargando, al igual que la generación de residuos y la demanda energética. También se intensifica la ocupación del litoral, el uso recreativo del mar y la presión sobre espacios naturales.
Todos los esfuerzos que se intentan hacer para reducir la presión ambiental per càpita, quedan inmediatamente neutralizados por el incremento incesante de la población residente y flotante, origen de esa presión. Otro ejemplo muy evidente son las emisiones de vehículos. Por mucho que se vayan reduciendo las emisiones de cada uno de los vehículos, si se va aumentando incansablemente la flota de los mismos, incluida por supuesto la de alquiler, las emisiones totales seguirán aumentando. Es como correr sobre una cinta transportadora que se desplaza en sentido contrario, a más velocidad.
Por eso, uno de los aspectos más relevantes en la actualidad es la evolución de la calidad ambiental. Aunque en determinados ámbitos se han producido mejoras puntuales, los datos más recientes del Govern indican que la calidad de las aguas, por ejemplo, muestra tendencias de deterioro. Este hecho pone de manifiesto las limitaciones de las infraestructuras existentes y la dificultad de gestionar picos estacionales de demanda.
El turismo ha sido, por supuesto, el principal motor económico de las Balears durante más de medio siglo y ha proporcionado prosperidad y oportunidades a una parte muy importante de la sociedad. Sin embargo, el modelo basado en un elevado volumen de visitantes muestra su insostenibilidad. Los intentos de «desestacionalización», tan proclamados por el Govern y otras Instituciones públicas y privadas, no van en la dirección de distribuir el número de turistas ya existentes a lo largo de todo el año, reduciendo las presiones sobre los meses pico, sino lo que se está presentando como desestacionalización en realidad son los intentos de alargar la temporada de «pico» todo lo que sea posible, con niveles tan parecidos a los de los meses máximos como se pueda conseguir.
Ese incremento constante de la presión se contempla claramente en los datos del IPH (indice de presión humana) en Mallorca en los últimos tres años. Este índice mide el número máximo de personas presentes simultáneamente en la isla, incluyendo tanto residentes como visitantes. Se pasa desde 1,46 millones de personas el 4 de Agosto de 2023 a 1,48 M en fecha similar de 2024 y hasta el récord momentáneo de 1,50 M en 2025. O sea, 40.000 personas de crecimiento en el pico máximo en dos años. Como si cada dos años creásemos una ciudad como Manacor, con todas sus necesidades. El récord se repite cada año... y siempre es más alto.
Pero además, la presión humana no se mide únicamente por el número de personas presentes en un territorio, sino también por la intensidad con la que se utilizan sus recursos y por la capacidad de los ecosistemas para absorber esos impactos. En un archipiélago limitado en superficie y recursos, estos límites adquieren una especial relevancia.
En los últimos años se han desarrollado diversas iniciativas orientadas a mejorar la gestión del territorio y del medio marino: ampliación de espacios naturales protegidos, creación de reserves marinas, avances relativos en depuración y reutilización de agua,... En el ámbito pesquero, además, comienzan a observarse resultados positivos derivados de una gestión más sostenible: en algunas pesquerías, los profesionales están logrando capturas más estables e incluso mayores con menor esfuerzo, lo que se traduce en una mejora de la rentabilidad y una reducción del impacto sobre los ecosistemas.
No obstante, el debate social sobre la presión humana y los límites del modelo turístico continúa plenamente abierto. Probablemente, el reto principal para las próximas décadas consistirá en encontrar un equilibrio más estable entre actividad económica, bienestar social y conservación del patrimonio natural, que constituye, en última instancia, la base de la propia prosperidad del archipiélago. El Govern no parece inclinado a avanzar hacia este equilibrio, si ello implica tomar decisiones contundentes respecto a frenar el crecimiento sin fin. Pero, lo quieran o no, algo vendrá que consolidará el colapso.l