Y cuando todo parece que va bien, se pone un loco al volante y las certezas se desvanecen. Este podría ser el resumen de la situación que vivimos de manera global. En este escenario, para poder acertar en las soluciones deberíamos primero atinar en el análisis de la situación económica de les Illes Balears que ha mostrado, hasta ahora, una salud de hierro, con crecimientos del PIB muy por encima de la media del estado español, y muy superiores a de la media europea; un mercado de trabajo en pleno empleo durante prácticamente todo el año, con datos récord mes tras mes de caída del paro; y un aumento de afiliaciones a la seguridad social y de contratación indefinida.
Pero este análisis es incompleto, y podría llevar a engaño si no analizamos algunas cuestiones más que completen este cuadro económico y nos expliquen, mucho mejor, la situación actual. Desde nuestro sindicato, hemos intentado aportar algunos datos más para complementar el cuadro económico, me refiero al informe sobre el salario de referencia, que es el salario necesario para poder tener una vida autónoma en nuestra comunidad. En el mismo analizamos toda una serie de indicadores que van más allá de las cifras macroeconómicas y que afectan directamente a la vida cotidiana de las personas. Hablamos del coste de la vivienda, del acceso a servicios básicos, de la evolución de los salarios reales o de la capacidad de ahorro de los hogares. Y es ahí donde empiezan a aparecer las grietas de ese aparente éxito económico.
Porque mientras los indicadores agregados muestran fortaleza, una parte importante de la población experimenta dificultades crecientes para llegar a fin de mes. El incremento del precio de la vivienda, tanto en compra como en alquiler, ha superado con creces la evolución de los salarios, generando una brecha que compromete la estabilidad de muchos trabajadores. A esto se suma el encarecimiento generalizado de bienes y servicios, que reduce el poder adquisitivo incluso en contextos de empleo elevado.
Así, nos encontramos ante una paradoja: una economía que crece y genera empleo, pero que no garantiza condiciones de vida dignas para todos. Este desajuste obliga a replantear el modelo, y a preguntarnos si el crecimiento por sí solo es suficiente o si debemos poner el foco en cómo se distribuyen sus beneficios.
A esta situación, en la que las cosas ya son difíciles de partida para una gran parte de las personas trabajadoras, no ayuda la aparición de autócratas imperialistas que desestabilizan países e incluso regiones del planeta, generando incertidumbre a escala global. Una incertidumbre que se traduce en más inflación y, por tanto, más pérdida de capacidad adquisitiva.
Además, en nuestra comunidad, la fuerte dependencia de sectores como el turismo introduce un elemento de vulnerabilidad. Cualquier alteración externa —ya sea económica, sanitaria o geopolítica— puede afectar de forma abrupta a este equilibrio. Por eso, diversificar la economía y apostar por sectores más estables y sostenibles no es solo una opción, sino una necesidad estratégica. En este contexto, el salario de referencia se convierte en una herramienta clave. No se trata únicamente de medir cuánto se gana, sino de determinar cuánto se necesita para vivir con dignidad.
Este enfoque permite orientar mejor las políticas públicas y las negociaciones colectivas, alineando los ingresos con los costes reales de la vida. En definitiva, si queremos construir una economía verdaderamente sólida, no basta con que «todo parezca ir bien». Es imprescindible que ese bienestar sea percibido y compartido por la mayoría de la ciudadanía. Solo así podremos hablar de un crecimiento equilibrado, sostenible y socialmente justo.