Vivimos en una época en la que la mente parece no tener botón de apagado. Pensamos en lo que hicimos ayer, anticipamos lo que podría suceder mañana, revisamos nuestras decisiones, analizamos nuestras relaciones y, en ocasiones, hasta examinamos si estamos disfrutando lo suficiente de aquello que tenemos delante. Queremos estar bien, pero también queremos saber exactamente qué significa estar bien y cómo conseguirlo.
En medio de esta cultura del bienestar, el pensamiento constante y la búsqueda de certezas, la psicóloga Júlia Pascual ha convertido una de las grandes paradojas de nuestro tiempo en uno de los ejes de su trabajo: a veces, cuanto más intentamos controlar nuestra mente, más atrapados terminamos en ella.
Pascual es psicóloga sanitaria, psicoterapeuta especializada en Terapia Breve Estratégica, docente, supervisora clínica y coach estratégica. Formada en el modelo desarrollado por Giorgio Nardone, dirige desde hace años su propio centro de psicología y desarrolla también una importante labor divulgativa. Su trayectoria incluye colaboraciones en televisión, radio y prensa, además de formación y divulgación especializada.
Su propuesta parte de una premisa muy concreta: no siempre necesitamos comprender hasta el último detalle de por qué nos ocurre algo para empezar a cambiarlo. En su modelo de intervención, la atención se dirige especialmente a cómo funciona el problema y a qué hacemos para intentar solucionarlo.
Ese planteamiento está también detrás de ‘No te comas el coco. 10 psicosoluciones para salir de las trampas de la mente’ https://www.juliapascual.com/libro-no-te-comas-el-coco/, publicado en 2025, un libro en el que aborda los pensamientos repetitivos, las dudas paralizantes https://centrojuliapascual.com/duda-patologica/ y los mecanismos que pueden convertir el pensamiento en una fuente de sufrimiento.
Cuando pensar deja de ayudarnos
Para Pascual, estar bien psicológicamente no significa alcanzar un estado permanente de felicidad o serenidad. «Para mí, estar bien psicológicamente es, sobre todo, un juego de equilibrios, muchas veces entre aparentes opuestos», explica. «No hay valentía sin miedo, ni serenidad sin haber conocido la inquietud, ni fortaleza sin vulnerabilidad». La clave, por tanto, no estaría en eliminar las emociones desagradables, sino en aprender a movernos entre ellas sin quedar atrapados.
Ese equilibrio tampoco es algo que podamos conseguir de una vez y conservar para siempre. Pascual recupera una metáfora atribuida a Albert Einstein, que comparaba la vida con ir en bicicleta y señalaba que, para mantener el equilibrio, hay que seguir en movimiento. Y añade: «Psicológicamente ocurre algo parecido: no mantenemos el equilibrio quedándonos quietos, sino ajustándonos continuamente mientras avanzamos». Según explica Pascual, la salud mental también tiene mucho que ver con la acción y con la toma de decisiones. No solo importa qué sentimos o qué pensamos, sino desde dónde decidimos y hacia dónde dirigimos nuestras acciones.
La vida, además, no siempre nos permite elegir el camino. Una enfermedad, una pérdida, una ruptura o una circunstancia inesperada pueden obligarnos a modificar completamente la ruta que habíamos imaginado. En esas situaciones, la salud psicológica no pasa por negar lo sucedido ni por empeñarse en seguir hacia donde ya no podemos ir sino «ser capaces de reajustar la dirección, gestionar lo mejor posible nuestras emociones y pensamientos y seguir avanzando en la realidad que tenemos delante».
Desde Terapia Breve Estratégica ponen mucha atención precisamente en identificar qué está haciendo una persona frente a una dificultad, hacia dónde la conduce esa estrategia y qué pequeños cambios pueden ayudar a recuperar esa flexibilidad.
Perfeccionismo emocional
La presión por sentirse bien puede convertirse, paradójicamente, en una nueva fuente de sufrimiento. Hoy parece necesario ser feliz, productivo, emocionalmente inteligente, hacer ejercicio, alimentarse correctamente, dormir ocho horas, meditar, crecer personalmente y, además, disfrutar del proceso. «Hemos convertido el bienestar casi en una obligación», afirma Pascual. El resultado puede ser una especie de perfeccionismo emocional. «Cada vez veo más personas que no solo sufren, sino que además sufren porque creen que no deberían estar sufriendo».
La psicóloga advierte de que la obsesión por eliminar cualquier emoción incómoda puede terminar amplificándola. «Cuanto más desesperadamente buscamos sentirnos bien, más vigilamos cómo nos sentimos y más protagonismo damos al malestar». La paradoja es evidente: «A veces empezamos a estar mejor cuando dejamos de exigirnos estar bien todo el tiempo».
El peligro de convertir cada decisión en un análisis interminable
Uno de los terrenos en los que más fácilmente puede aparecer esta trampa es el de las decisiones. Elegir pareja, aceptar un trabajo, tener hijos, cambiar de ciudad o tomar cualquier decisión importante puede convertirse para algunas personas en un análisis interminable.
Reflexionar, explica Pascual, no es el problema. «Reflexionar es útil cuando nos permite aprender, decidir o actuar mejor». La dificultad aparece cuando entramos en dudas tramposas, preguntas a las que intentamos encontrar una certeza absoluta que sencillamente no existe.
«El problema no es pensar mucho», insiste. «Hay personas a las que les encanta pensar y eso puede ser una enorme riqueza». La diferencia está en el efecto que produce ese pensamiento. «Una reflexión saludable nos aporta algo y después nos permite continuar. Una duda patológica, en cambio, exige seguir pensando, no termina nunca de satisfacernos y acaba dominándonos».
Es entonces cuando aparece la parálisis por sobreanálisis: «Cuanto más buscamos seguridad, más inseguros nos sentimos; cuanto más intentamos controlar nuestra decisión, nuestra emoción o nuestra experiencia, menos espontáneamente podemos vivirla». Ese pensamiento deja de estar a nuestro servicio y empieza a esclavizarnos, debilitarnos e incluso incapacitarnos.
«Pienso, luego sufro»
En ‘No te comas el coco’ explica precisamente cómo detectar estas preguntas y qué hacer cuando pensar más ya no nos ayuda a avanzar. Porque con una reflexión saludable avanzamos, aprendemos y podemos decir «hasta aquí»; una duda patológica exige seguir pensando y acaba haciendo que sea ella la que nos controle a nosotros. La sociedad contemporánea ha concedido al pensamiento una autoridad enorme. Pascual lo resume con una reformulación provocadora del famoso «pienso, luego existo» de Descartes: «A veces pareciera que hemos caído en otra trampa: ‘pienso, luego sufro’».
Pensar no es malo. De hecho, «pensar es una de nuestras mayores capacidades». El problema aparece cuando creemos que todo puede solucionarse pensando.. Podemos analizar durante horas una relación y no estar un paso más cerca de saber qué hacer. «Ahí el pensamiento deja de ser una herramienta y empieza a convertirse en un laberinto», explica. Por eso, su enfoque terapéutico no se centra únicamente en descubrir el origen de un problema, sino en observar cómo funciona y qué hace la persona cuando intenta resolverlo y si esas soluciones están ayudando o manteniéndolo.
«El problema, por tanto, no es pensar mucho. Es no saber cuándo dejar de pensar y empezar a actuar». Porque cuando el pensamiento ya no genera claridad, aprendizaje o movimiento y solo produce nuevas dudas, podemos pasar del cogito ergo sum al cogito ergo sufro. Uno de los criterios que permiten diferenciar una preocupación normal de un pensamiento obsesivo es la capacidad de detenerlo. «Cuando pensamos de forma saludable, podemos dejar de pensar en ese asunto cuando queremos o cuando necesitamos atender otra cosa». En cambio, en el pensamiento obsesivo «la persona muchas veces ya quiere dejar de pensar, porque sabe que ese pensamiento le genera ansiedad https://centrojuliapascual.com/psicologo-ansiedad/ y malestar, pero no consigue hacerlo».
Y aquí aparece una de las grandes psicotrampas de la mente: cuanto más intentamos no pensar en algo, más presente se vuelve. Intentar expulsar un pensamiento es, paradójicamente, una forma de seguir relacionándonos con él. Una de las estrategias para romperlo puede parecer paradójica: «Acelerar la obsesión para desacelerarla» o «aumentarla estratégicamente para conseguir disminuirla».
Pasar a la acción
Ejercicio, alimentación y descanso son fundamentales para la salud, pero Pascual introduce una cuestión aparentemente sencilla: saber qué nos conviene no significa necesariamente que seamos capaces de hacerlo.
Muchas personas saben que deberían dormir mejor, moverse más, comer de forma más saludable o reservarse tiempo para ellas. «Lo saben, lo entienden e incluso están convencidas de que les ayudaría, pero eso no significa que consigan incorporarlo a su vida cotidiana». Ahí aparece, según explica, una de las funciones de la terapia: «No tanto para explicar una vez más qué debería hacer una persona, sino para ayudarla a accionar en la dirección que ya sabe que le conviene». Desde la Terapia Breve Estratégica buscan qué está bloqueando ese cambio y qué estrategia concreta puede ayudar a ponerlo en marcha.
A los tres pilares clásicos —ejercicio, alimentación y descanso— añade otro que considera esencial: el contacto con la naturaleza. Salir, caminar, respirar aire libre y reducir por momentos la sobreestimulación cotidiana también forman parte del cuidado psicológico. Y para quienes viven atrapados en pensamientos negativos propone un entrenamiento muy importante: aprender a distinguir qué pensamientos necesitan realmente nuestra atención y cuáles podemos dejar pasar sin responderlos. La metáfora que utiliza en su libro es sencilla: «Si mi mente es el cielo y mis pensamientos son las nubes, a veces lo más saludable es dejar que sople el viento». También hay una psicosolución muy sencilla y poderosa: «mover el cuerpo para ayudar a silenciar la mente. Porque muchas veces pensamos que primero tenemos que sentirnos bien para empezar a actuar, cuando en realidad es precisamente la acción la que empieza a cambiar cómo pensamos y cómo nos sentimos».
La libertad de no tener todas las respuestas
Al final, buena parte del mensaje de Júlia Pascual gira alrededor de una idea, no necesitamos controlar todos nuestros pensamientos para vivir bien. La salud psicológica no consiste en construir una vida sin miedo, incertidumbre, tristeza o dudas. Consiste en poder atravesarlas sin quedar atrapados en ellas. Pensar puede ayudarnos a decidir y aprender. Pero también puede convertirse en una trampa cuando buscamos una certeza absoluta que no existe. Debemos aprender que no todos los pensamientos merecen una respuesta y que no todas las preguntas necesitan una certeza.
Porque, como resume la propia psicóloga, «quizá no siempre podamos elegir el camino, pero sí podemos decidir cómo recorrerlo».
Para Julia Pascual la respuesta es muy sencilla: «muchísimo». La doctora explica que una de las grandes paradojas psicológicas es que el exceso de control puede hacernos perder el control.
«Controlar es útil cuando se aplica a aquello que realmente podemos gestionar. El problema aparece cuando intentamos extenderlo a lo incierto, a lo imprevisible o a aspectos que, por su propia naturaleza, nunca pueden ofrecernos una seguridad absoluta».
¿Hasta qué punto nuestra necesidad de tenerlo todo bajo control es uno de los grandes generadores de ansiedad de nuestro tiempo?
Pascual pone como ejemplo la salud. Una persona puede empezar a vigilar su cuerpo por miedo a padecer una enfermedad: se palpa, se observa, se chequea, interpreta cada sensación y compara continuamente si algo ha cambiado. Lo hace para tranquilizarse, pero ocurre justamente lo contrario. Cuanto más se vigila, más señales encuentra; cuanto más señales encuentra, más duda; y cuanto más duda, más necesita volver a comprobar. Un control que inicialmente podía ser razonable acaba convirtiéndose en hipervigilancia. Y ahí la conducta deja de proteger la salud para empezar a alimentar el miedo. «Desde la Terapia Breve Estratégica vemos con frecuencia este mecanismo: la solución llevada al exceso se transforma en el problema. La persona intenta obtener seguridad controlando cada vez más, pero termina sintiéndose cada vez menos segura. Por eso, el gran reto no es controlarlo todo, sino aprender qué merece ser controlado, cuánto y cuándo hay que saber parar. Porque, en determinados problemas psicológicos, cuanto más intentamos tenerlo todo bajo control, más sentimos que lo estamos perdiendo», concluye.