En 2026 ha dado un paso más con ‘Dormir para vivir. La ciencia del descanso en la era del cansancio’, un libro que no plantea simplemente cómo dormir mejor, sino que invita a preguntarnos por qué hemos llegado a considerar normal dormir poco.
—Dormir se ha convertido casi en un lujo en una sociedad que premia estar siempre ocupado. ¿Por qué hemos normalizado estar cansados?
—Porque hemos convertido el cansancio en una especie de credencial social. Decir ‘no paro’ transmite que eres necesario, productivo, que tienes una vida llena. Durante mucho tiempo dormir poco se ha asociado con ambición, disciplina y éxito. Pero creo que ha ocurrido algo todavía más profundo: hemos interiorizado la exigencia. Ya no hace falta que alguien nos obligue permanentemente a producir, nosotros mismos sentimos que siempre podríamos hacer algo más. Contestamos otro correo, vemos otro capítulo, revisamos otra vez el móvil. Incluso cuando descansamos podemos sentir que estamos desaprovechando el tiempo. Por eso muchas personas han olvidado cómo se siente estar realmente descansadas. Funcionan, trabajan, llevan a los niños al colegio, hacen deporte... y creen estar bien. Pero nos hemos acostumbrado a funcionar cansados.
Y quizá esa sea una de las grandes contradicciones de nuestra época: sabemos más que nunca sobre la importancia del sueño y, al mismo tiempo, seguimos tratando el sueño como la parte negociable del día.
—En tu libro hablas de una época en la que estamos conectados a todo menos a nosotros mismos. ¿El móvil está destruyendo nuestro descanso?
—Culpar únicamente al móvil sería demasiado sencillo. El problema no es solo el dispositivo, sino el tipo de vida que ha hecho posible: un día que nunca termina del todo. Podemos trabajar, comprar, discutir, informarnos o entretenernos desde la cama a las doce de la noche.
Además, cuando hablamos de móvil y sueño solemos reducirlo todo a la luz azul. La luz importa porque puede desplazar nuestro reloj circadiano, pero hay otros mecanismos igual de relevantes: el tiempo que le quitamos al sueño, la activación emocional y cognitiva del contenido y la dificultad para detener una experiencia diseñada precisamente para que continuemos mirando.
Antes existían pequeños espacios muertos durante el día: esperar un autobús, hacer una cola, meterse en la cama. Ahora los llenamos inmediatamente con estímulos. Y dormir exige justo lo contrario: reducir estimulación y aceptar que durante unas horas no va a pasar nada que necesitemos controlar.
Por eso, más que decir que el móvil está destruyendo nuestro sueño, diría que ha colonizado uno de los últimos territorios que todavía quedaban sin ocupar: la noche.
—Relojes, pulseras y aplicaciones nos dicen cuánto hemos dormido y hasta cómo ha sido nuestro sueño. ¿Controlar obsesivamente el sueño puede terminar haciendo que durmamos peor? ¿Estamos obsesionándonos también con dormir ‘perfectamente’?
—Sí. La tecnología puede ser útil para conocer tendencias generales, como cuánto dormimos o la regularidad de nuestros horarios. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos cómo nos sentimos y esperamos que un algoritmo nos diga cómo hemos dormido.
Existe incluso un término, ortosomnia, para describir la preocupación excesiva por conseguir un sueño perfecto apoyándonos en estos datos. Podemos despertarnos descansados, ver una mala puntuación y empezar a pensar que hemos dormido fatal. Además, estos dispositivos tienen limitaciones: pueden aproximarse razonablemente al tiempo que dormimos, pero son mucho menos fiables para distinguir las fases del sueño o detectar despertares. El problema es que dormir no es algo que podamos hacer a voluntad. Cuanto más lo convertimos en una tarea que debemos hacer perfectamente, más activamos precisamente los mecanismos que lo dificultan. Como digo en el libro, dormir no se fuerza; se permite.
—¿Puede una persona tener buenos hábitos —dormir, hacer ejercicio, comer bien— y seguir estando psicológicamente mal porque su trabajo o su entorno le impiden recuperarse?
—Perfectamente. Creo que a veces psicologizamos en exceso problemas que no son únicamente psicológicos. Si alguien está agotado, le recomendamos hacer ejercicio, meditar, comer mejor, dormir más o aprender a gestionar el estrés. Todo eso ayuda, pero tiene un límite. Los hábitos saludables no convierten un entorno dañino en saludable. Puedes cuidarte y, aun así, trabajar cada día con sobrecarga, inseguridad, falta de autonomía o conflictos.
El riesgo es acabar responsabilizando únicamente a la persona de adaptarse a condiciones que también deberían cambiar. No todo malestar se resuelve aumentando nuestra capacidad para soportarlo. A veces hay que cambiar hábitos; otras veces hay que cambiar el entorno.
—Has explicado recientemente el fenómeno conocido como ‘procrastinación del sueño por venganza’... ¿Qué dice este comportamiento sobre nuestra forma de vivir?
—Dice algo bastante incómodo sobre nuestra forma de vivir: a veces le robamos tiempo al sueño para sentir que recuperamos un poco de nuestra vida.
Llegamos al final del día después de trabajar, cuidar y cumplir obligaciones. Estamos cansados y sabemos que deberíamos acostarnos, pero pensamos: ‘no puede acabarse aquí mi día’. Y vemos otro capítulo, seguimos con el móvil o simplemente alargamos la noche porque sentimos que ese rato, por fin, nos pertenece.
Por eso reducirlo a falta de disciplina es quedarse en la superficie. Hay también una cuestión de autonomía y de control sobre nuestro tiempo. El sueño acaba convirtiéndose en la moneda con la que compramos un poco de libertad. El problema es que la factura llega a la mañana siguiente.
—Has desmontado la idea de que podemos ‘recuperar’ completamente el sueño perdido durante la semana durmiendo más el fin de semana. ¿Por qué ese hábito está tan arraigado y qué problema tiene?
—Es uno de los mitos más arraigados sobre el sueño: pensar que funciona como una cuenta bancaria. Pierdo horas entre semana, duermo más el sábado y vuelvo a cero. Pero recuperar horas de sueño no significa recuperar todo lo que el sueño perdido dejó de hacer.
Dormir más el fin de semana es beneficioso y puede reducir el cansancio y la somnolencia. Pero mientras dormimos se producen procesos de regulación emocional, consolidación de la memoria, recuperación metabólica o regulación inmunitaria. Dormir más después no significa necesariamente recuperar por completo todo lo que un sueño insuficiente dejó de hacer durante la semana.
Además, si desplazamos mucho nuestros horarios, añadimos jet lag social. Dormir más el fin de semana ayuda, pero no convierte cinco noches de sueño insuficiente en cinco noches bien dormidas.
—¿La regularidad de los horarios es tan importante como el número total de horas que dormimos?
—Cada vez sabemos mejor que no solo importa cuánto dormimos, sino también cuándo dormimos y con qué regularidad. Nuestro organismo funciona mediante ritmos y agradece cierta estabilidad en las horas de acostarnos y levantarnos.
Eso no significa vivir pendientes del reloj. Una noche podemos salir, acostarnos tarde o dormir más. Regularidad no significa rigidez. Lo importante es el patrón habitual. No necesitamos dormir con disciplina militar. Simplemente darle al cuerpo señales relativamente estables de cuándo empieza el día y cuándo termina.
—¿Qué es lo primero que empieza a fallar cuando dormimos menos de lo que necesitamos: el estado de ánimo, la memoria, la concentración, las relaciones...?
—No hay un único síntoma inicial, pero la atención y la regulación emocional se resienten rápidamente. Nos cuesta concentrarnos, cometemos más errores y estamos más irritables. Y eso también afecta a nuestras relaciones: una mala noche puede terminar pagándola alguien que no tuvo nada que ver con ella. Pero hay algo especialmente interesante: cuando dormimos poco durante varios días, podemos acostumbrarnos a sentirnos cansados mientras nuestro rendimiento continúa empeorando. Por eso hay que desconfiar un poco del clásico ‘yo funciono perfectamente con cinco horas’. No siempre nos acostumbramos a dormir poco, nos acostumbramos a funcionar peor.