Marta Jiménez, neuropsicóloga clínica, lleva más de 10 años acompañando a personas que viven atrapadas en la ansiedad, la hipocondría, los miedos irracionales o los pensamientos intrusivos.
—¿Cuál es actualmente el problema psicológico que más te preocupa por estar normalizándose sin que nos demos cuenta?
—Lo que más me preocupa actualmente es la tendencia a patologizar la ansiedad, tratándola como un «trastorno» aislado que hay que silenciar a toda costa, en lugar de entenderla como lo que realmente es: una respuesta natural y el síntoma de que algo en la vida de la persona necesita ser escuchado. Nos estamos acostumbrando a querer apagar la alarma a toda prisa, perdiendo de vista el mensaje que trae consigo. Esto ocurre tanto cuando recurrimos directamente a la medicación como cuando nos quedamos únicamente en parches o técnicas puramente sintomáticas —como hacer ejercicios de respiración o meditar—. Ojo, son herramientas que a corto plazo ayudan y vienen muy bien para reducir el pico de malestar en un momento puntual, pero no van a la causa. Por eso insisto tanto en que, para abordar la ansiedad de verdad, es imprescindible ir a la raíz y conocer la historia de la persona. La ansiedad no es un defecto de fábrica de nuestro cuerpo, es una señal. Normalizar que la solución consiste en acallar el síntoma —sea con un fármaco o con un ejercicio de contención—, nos roba la oportunidad de sanar lo que de verdad está doliendo en el fondo.
—Has hablado de una especie de ‘enfermedad silenciosa’: la desconexión de nuestra propia naturaleza. ¿De qué nos estamos desconectando?
—De nuestro funcionamiento corporal y cerebral natural, y ese es el gran error de nuestro estilo de vida actual: pretendemos que nuestra mente habite un mundo para el que biológicamente aún no estamos diseñados. La sociedad ha evolucionado a una velocidad vertiginosa, pero nuestras regiones cerebrales siguen funcionando con el mismo software que el de nuestros antepasados cazadores-recolectores. Nuestro cerebro sigue esperando los hábitos y rutinas con los que se forjó nuestra supervivencia: luz natural para regular los ritmos circadianos, movimiento físico constante, alimentos reales procedentes de la naturaleza y un vínculo social sólido dentro de una tribu o comunidad en la que sentirnos sostenidos, entre otros. Sin embargo, lo que le damos hoy en día es exactamente lo contrario. Vivimos en el sedentarismo, encerrados durante horas en espacios sin luz natural; alteramos el sueño y rompemos el ciclo natural de luz y oscuridad hasta altas horas de la noche con las pantallas; basamos nuestra dieta en productos ultraprocesados e industrializados; y vamos tan acelerados que apenas nos queda tiempo para tejer vínculos reales, donde verdaderamente podamos encontrar validación y refugio en los demás. Cuando el contraste entre lo que nuestro organismo espera y lo que realmente le damos se vuelve insostenible, reaccionan. Lo hacen a través de la sintomatología, de las somatizaciones y de la enfermedad, que no son más que el idioma que utiliza nuestra biología para advertirnos de que nos hemos alejado peligrosamente de nuestra propia naturaleza.
—¿Por qué nuestra mente tiende a imaginar precisamente el peor escenario cuando aparentemente todo está bien?
—Porque el cerebro está diseñado y preprogramado mucho antes para la supervivencia que para la felicidad. Eso no significa que nos veamos condenados a vivir con miedo constante, pero entender cómo funciona es el primer paso para dejar de odiar a nuestra propia mente. Todos los cerebros humanos están programados para anticipar escenarios futuros de carácter negativo; de ahí nacen los famosos «y si...». ¿Y si me despiden? ¿Y si me rechazan? Es el reflejo exacto de lo que lleva haciendo miles de años: cuando nuestros antepasados escuchaban un ruido en la maleza, el cerebro no podía permitirse pensar que era una simple rama rota; tenía que asumir el peor escenario posible para protegerse y reaccionar. Su única meta real es mantenernos con vida.
Comprender esta predisposición innata no significa resignarse a una anticipación constante. Al contrario, es precisamente ese entendimiento el que nos permite cambiar la forma en que nos relacionamos con nuestros pensamientos y salir del catastrofismo absoluto.
—Una persona piensa que le pasa algo, busca los síntomas en Google y termina convencida de que tiene una enfermedad. ¿Internet puede alimentar la ansiedad en lugar de tranquilizarnos?
—Sí, el gran problema de buscar en Google es que almacena información de todo el planeta, por lo que siempre va a haber al menos un caso aislado en el que haya ocurrido exactamente lo que estás buscando. Pero esa no es una muestra real ni mucho menos probable aplicada a tu caso particular. Internet se convierte así en una trampa perfecta donde el cerebro encuentra la gasolina ideal para alimentar el fuego de la ansiedad, de forma que buscar información en la red se convierte en una práctica muy poco recomendable que, lejos de tranquilizarnos, nos atrapa en un círculo vicioso de hipervigilancia.
Por otro lado, esta dinámica de buscar respuestas online tampoco se frena cuando encuentras un resultado tranquilizador, ya que ocurre justo lo contrario: si haces una búsqueda y ves que todo «está bien», el alivio dura solo un suspiro. La preocupación vuelve enseguida porque la persona continúa con el radar encendido, monitorizando cualquier mínimo síntoma o detalle que le sucede. Por eso, la verdadera solución que trabajamos en terapia no es descuidar la salud, sino ayudar a la persona a establecer una relación diferente con esos pensamientos obsesivos, frenando esa compulsión de confirmación inmediata y acudiendo a los profesionales adecuados únicamente cuando de verdad hay motivos reales para actuar. En cuanto al límite entre la preocupación normal por la salud y la hipocondría, lo vemos cuando la preocupación es muy intensa, se prolonga demasiado en el tiempo, le demanda gran parte de su día y le arrastra a una necesidad constante de comprobar y validar continuamente que está bien y que no le pasa nada grave.
—¿Por qué nos asusta tanto tener determinados pensamientos si pensar algo no significa querer hacerlo ni que vaya a suceder?
—Nos asusta tanto porque sufrimos una especie de confusión en la que el cerebro no distingue con total claridad entre un pensamiento y la realidad. Cuando anticipas un escenario negativo, tu cuerpo reacciona de inmediato como si ya estuviera sucediendo, activando una respuesta fisiológica de alerta. La buena noticia es que esto también funciona a la inversa: si recuerdas algo bonito, la emoción asociada a esa experiencia se reexperimenta al instante en el cuerpo. Además, caemos en la trampa de juzgarnos por lo que pasa por nuestra cabeza, como si cada pensamiento intrusivo, agresivo o extraño fuera una radiografía exacta de quiénes somos o una predicción infalible del futuro. Tenemos una tendencia brutal a sufrir lo que llamamos ‘fusión pensamiento-acción’: si aparece una imagen indeseada, automáticamente interpretamos que significa que deseamos hacerlo o que va a suceder, y ahí se enciende el pánico. El gran problema es que ignoramos cómo funciona la maquinaria mental. El cerebro produce miles de pensamientos al día de manera involuntaria, y por pura estadística algunos van a ser absurdos o contrarios a nuestros valores. En terapia desmontamos continuamente una de las falacias más grandes: creer que existe una relación directa entre pensar obsesivamente en algo negativo y que eso acabe ocurriendo. Entender que un pensamiento es solo un evento mental pasajero —un ruido de fondo que no define nuestra moral ni nuestras intenciones— nos ayuda a dejar de sobreestimar su poder y a perderle el miedo a nuestra propia mente.
—Likes, comentarios, seguidores… ¿hasta qué punto estamos externalizando nuestra autoestima?
—Hasta un punto absolutamente alarmante. Prácticamente estamos dejando las llaves de nuestra valía y de nuestro bienestar en el bolsillo de personas que ni siquiera conocemos y, lo que es peor, en manos de un algoritmo. Para nuestros antepasados cazadoresrecolectores, pertenecer a la tribu era, literalmente, una cuestión de supervivencia. Si la tribu te rechazaba y te quedabas solo, te morías. Hoy en día, nuestro cerebro sigue teniendo esa misma necesidad biológica de pertenencia y validación social, pero la «tribu» ha pasado a ser un escaparate digital con miles de personas. Cada like, nuestro cerebro lo interpreta como «le importo a la tribu, estoy integrado, sobrevivo», y nos recompensa con un pequeño chute de dopamina. Por el contrario, la falta de interacción o la comparación constante con vidas aparentemente perfectas, el cerebro lo lee como una amenaza real de exclusión social. El gran problema de externalizar la autoestima de esta manera es que la volvemos extremadamente frágil y volátil. Hay que ayudar a a la persona a devolver el foco hacia dentro, a entender este mecanismo trampa del cerebro para que deje de mendigar esa validación externa. El objetivo es construir una autoestima sólida y real, basada en nuestros propios valores, en el autoconocimiento y en los vínculos profundos y auténticos del mundo físico, y no en el refuerzo intermitente y superficial que nos da una pantalla.
—Después de más de diez años acompañando a personas, ¿qué cree que nos hace más daño: lo que nos ocurre en la vida o la historia que nos contamos sobre lo que nos ocurre?
—Sin lugar a dudas, la historia que nos contamos sobre lo que nos ocurre. El dolor ante ciertas situaciones —una pérdida, una ruptura, un fracaso— es completamente inevitable; forma parte intrínseca de vivir. Sin embargo, el sufrimiento profundo, ese que nos paraliza, nos hunde y se prolonga en el tiempo, proviene casi en su totalidad del guion que nuestra mente construye a partir de ese evento. Lo que nos ocurre nos duele en el momento en que sucede, pero la historia que nos contamos al respecto nos hace revivir y multiplicar ese dolor miles de veces. Nos encadena a un bucle de sufrimiento que nosotros mismos estamos retroalimentando. No es lo mismo decir «se me ha quemado la cena», que añadirle los juicios automáticos «soy un desastre y todo lo hago mal». Entrenar esta forma de mirar los eventos nos permite tomar distancia de la narrativa trampa y evitar que nuestra propia mente se convierta en nuestro peor enemigo.