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«La menopausia es una etapa fisiológica, pero sufrir no tiene por qué formar parte obligatoriamente de ella»

El Dr. Sánchez Prieto defiende una atención individualizada de la menopausia y advierte de que síntomas como el insomnio, la sequedad vaginal o el dolor no deben asumirse como inevitables con la edad

Dr. Sánchez Prieto. | Foto: Redacción Especiales

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El Dr. Sánchez Prieto desarrolla su labor en un campo de la medicina que ha experimentado una profunda transformación en los últimos años. Como coordinador del Grupo de Jóvenes de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM), representa además a una nueva generación de profesionales que afronta esta etapa desde una perspectiva cada vez más amplia. Su visión combina la experiencia clínica con la necesidad de seguir actualizando conocimientos y mejorando la atención que reciben las mujeres.

—¿Qué síntomas siguen estando injustamente normalizados con un ‘es la edad’?

—Muchos. Además de los sofocos, seguimos normalizando el insomnio, el cansancio, determinados cambios del ánimo o de la concentración, la sequedad vaginal, el dolor con las relaciones o algunos síntomas urinarios. La menopausia es una etapa fisiológica, pero sufrir no tiene por qué formar parte obligatoriamente de ella. Tampoco debemos atribuir cualquier síntoma a las hormonas: hay que valorar cada caso y descartar otras causas cuando sea necesario. Hoy disponemos de herramientas para mejorar significativamente la calidad de vida.

—¿Qué ha cambiado desde el estudio WHI de 2002 en nuestra forma de valorar la terapia hormonal?

—Sobre todo, hemos aprendido a individualizar. Tras el WHI se extendió durante años un mensaje demasiado simple sobre el riesgo de las hormonas. Hoy sabemos que importan mucho la edad, el tiempo transcurrido desde la menopausia, los antecedentes de cada mujer y también el tipo, la dosis y la vía de administración del tratamiento. En mujeres adecuadamente seleccionadas, sin contraindicaciones, especialmente menores de 60 años o dentro de los primeros 10 años desde la menopausia, el balance beneficio-riesgo suele ser favorable. Ya no hablamos de ‘hormonas sí o no’, sino de qué tratamiento, para qué mujer y en qué momento.

—¿Todavía hay mujeres que sufren innecesariamente por miedo a las hormonas?

—Sí. Todavía vemos mujeres con síntomas que afectan seriamente a su calidad de vida, su sueño, su trabajo, su sexualidad o su vida cotidiana y que rechazan cualquier tratamiento hormonal por una percepción del riesgo construida hace más de veinte años. Pero tampoco debemos pasar del miedo al uso indiscriminado. Ni demonización ni banalización. Hay mujeres para las que la terapia hormonal es una excelente opción y otras para las que no están indicadas. La decisión debe basarse en información actualizada, antecedentes, factores de riesgo, síntomas y preferencias de cada mujer.

—¿Por qué se siguen considerando normales la sequedad, el dolor con las relaciones o las molestias urinarias?

—Porque durante mucho tiempo hemos hablado mucho de sofocos y muy poco de vulva, vagina, sexualidad o vejiga. El síndrome genitourinario de la menopausia puede causar sequedad, irritación, dolor con las relaciones y síntomas urinarios, y muchas mujeres no lo consultan porque creen que es inevitable con la edad. A diferencia de los sofocos, estos cambios suelen persistir y pueden progresar. Tener más años no significa que haya que aceptar el dolor, la sequedad o renunciar a una vida sexual satisfactoria. Disponemos de distintas opciones de tratamiento que pueden adaptarse a las necesidades de cada mujer.

—¿Qué significa la ‘ventana de oportunidad’ para tratar la atrofia vulvovaginal?

—No significa que exista una fecha límite después de la cual ya no podamos tratar. Una mujer que lleva años con síntomas también puede mejorar. El concepto plantea que los tejidos vulvovaginales experimentan cambios progresivos cuando permanecen mucho tiempo en un entorno de déficit estrogénico, por lo que tiene sentido detectar y tratar los síntomas desde fases tempranas. Lo que una mujer puede perder esperando no es necesariamente la posibilidad de responder al tratamiento, sino años de bienestar, confort y calidad de vida. No deberíamos esperar a que el problema esté muy avanzado para consultar.

—¿Qué riesgos a largo plazo deberíamos tomarnos más en serio?

—Sobre todo, la salud ósea y cardiovascular. La disminución de estrógenos acelera la pérdida de masa ósea y, con los años, aumenta el riesgo de osteoporosis y fracturas. También pueden producirse cambios en el colesterol, la distribución de la grasa corporal, la presión arterial o el metabolismo de la glucosa. La transición a la menopausia es, por tanto, una excelente oportunidad para revisar factores de riesgo y hacer prevención. No debemos pensar únicamente en cómo se encuentra una mujer hoy, sino también en cómo queremos que llegue a los 70 u 80 años.

—¿Qué puede hacer una mujer para proteger su salud ósea?

—Mucho, y conviene empezar antes de que aparezca una fractura. El ejercicio de fuerza y las actividades que someten al hueso a carga mecánica son fundamentales, junto con una alimentación adecuada, suficiente proteína, calcio principalmente a través de la dieta y vitamina D cuando esté indicada. También es importante evitar el tabaco y limitar el alcohol. Algunas mujeres, por sus antecedentes o factores de riesgo, necesitarán una evaluación específica, densitometría o tratamiento farmacológico. La osteoporosis no debe asumirse simplemente como una consecuencia inevitable de hacerse mayor.

—¿Qué papel tienen el ejercicio, la alimentación, el sueño y el alcohol?

—Son pilares de una buena transición a la menopausia. El ejercicio de fuerza ayuda a preservar músculo y hueso, la alimentación debe priorizar calidad y suficiente proteína, y debemos mirar más allá de la báscula y prestar atención a la composición corporal. Hay que cuidar el sueño y, respecto al alcohol, cuanto menos, mejor. En mujeres con obesidad disponemos además de tratamientos cada vez más eficaces. Un reciente posicionamiento de la Asociación Española para el Estudio de la Menopausia (AEEM) sobre las terapias basadas en incretinas, una nueva generación de tratamientos farmacológicos para la obesidad, recuerda que el objetivo no es solo perder peso, sino preservar músculo, función, salud ósea y salud cardiometabólica. La menopausia puede ser una oportunidad para invertir en la salud de las próximas décadas.

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