Durante los meses más duros de la pandemia, el teletrabajo se convirtió en una de aquellas palabras que parecían haber venido para quedarse. De la noche a la mañana, millones de personas demostraron que podían seguir siendo productivas sin pisar una oficina, y muchos territorios vieron en ello una oportunidad inesperada. Menorca fue uno de ellos. La isla reunía todos los ingredientes para jugar un papel protagonista en ese nuevo mapa laboral. Calidad de vida, entorno natural, seguridad, clima, conectividad aceptable y un relato muy atractivo para profesionales cualificados cansados de la gran ciudad. Durante un tiempo, incluso pareció que el discurso se materializaba. Llegaron perfiles nuevos, se habló de nómadas digitales, de estancias largas fuera de temporada y de una desestacionalización distinta, menos dependiente del turismo.
Cinco años después, el teletrabajo ha perdido fuelle. No ha desaparecido, pero se ha desinflado. Los datos empiezan a confirmarlo. En Cataluña, por ejemplo, un estudio elaborado por la Universitat Oberta de Catalunya junto a la patronal Pimec revela que el teletrabajo, en alguna de sus modalidades, aparece actualmente en el 10,2% de las vacantes de empleo, lejos del pico del 12,9% alcanzado en 2022. El fenómeno no es aislado. En el conjunto de la Unión Europea, las cifras de Eurostat muestran una caída aún más clara del 13,3% de ofertas con teletrabajo en 2021 se ha pasado al 8,9% en 2023. Y con ese retroceso, Menorca también pierde. No solo porque deja escapar talento potencial, sino porque no ha podido consolidar aquella ventana de oportunidad. El teletrabajo se observó más como una moda coyuntural que como una palanca estructural de cambio económico y seguramente faltó una estrategia clara y sostenida en el tiempo.
El resultado es que seguimos dependiendo, casi en exclusiva, de los mismos sectores de siempre y de los mismos picos estacionales. Mientras tanto, otros territorios han sabido adaptarse mejor, reteniendo profesionales, diversificando su economía y generando actividad durante todo el año. Quizás el teletrabajo no era la solución mágica, pero sí una oportunidad para avanzar hacia un modelo más equilibrado. La pregunta es si, cuando vuelva a surgir una ocasión similar, Menorca estará preparada o volverá a dejarla pasar confiando en que el verano, una vez más, lo arregle todo.