A sus 33 años, el ciutadellenc Bosco Marquès Gomila patronea en solitario el Ana Elisa, un llaüt de fibra de 7,5 metros amarrado en el puerto de Ciutadella con el que faena frente a la costa menorquina. En verano se dedica a la langosta y en invierno, cambia las redes por la línea de mano con la caña. Pertenece a una familia de pescadores pero la continuidad, nunca está garantizada en un sector que sufre la falta de relevo generacional. Bosco no ha hecho otra cosa en su vida. Empezó a ayudar con 16 años y hoy es el pescador más joven de Menorca. Habla sin dramatismos, con la serenidad de quien ha elegido su camino.
En una época en la que muchos jóvenes miran hacia otros sectores, ¿qué te hizo decidir que tu futuro estaba en el mar?
No recuerdo un momento exacto. No me gustaba estudiar, aunque hice Bachillerato. Vengo de familia de pescadores y fue mi tío quien me hizo amar el oficio. Durante años salí con mi hermano hasta que un día decidí lanzarme solo.
Vienes de familia pescadora, pero eso no siempre garantiza continuidad. ¿Fue vocación o una decisión que maduró con el tiempo?
Ha sido una mezcla. Lo llevas en la sangre porque lo has visto toda la vida y un día te atreves a dar el paso. Yo no he hecho ningún otro trabajo. Con 16 años ya ayudaba en la barca...
¿Qué sentiste el primer día que saliste a calar siendo tú el responsable?
Una libertad muy grande. Veníamos del parón del COVID y sentía una necesidad de coger las riendas de mi vida. Cuando sales y todo depende de ti, sientes que es tu proyecto.
¿Qué es lo más difícil de ser patrón?
Para mí no hay nada difícil si hay ganas. Desde fuera puede parecer complicado sacarse los títulos y acumular los meses de embarque necesarios, pero si realmente quieres, lo haces.
Cuando empezaste no sabías exactamente cuánto debías cobrar para cubrir gastos. ¿Qué da más vértigo hoy, el mar o las cuentas?
Tengo la suerte de que mi pareja es contable y los dos somos muy organizados con los números. En la pesca es fundamental controlar los gastos. El mar impone respeto, pero las cuentas hay que llevarlas claras.
¿Se puede vivir de la pesca artesanal en Menorca?
Yo me gano bien la vida y estoy satisfecho. Las capturas las tengo comprometidas con la pescadería a través de la Llotja de Maó, que luego distribuye a restaurantes. Trabajo solo porque no quiero más esfuerzo pesquero del necesario y así me salen los números.
La falta de relevo generacional es evidente. ¿Animarías a otros jóvenes?
Claro. Es cuestión de intentarlo. Si te gusta el mar y estás dispuesto a trabajar, adelante. No es un camino fácil, pero tampoco imposible.
¿Las normativas actuales protegen el mar o complican el trabajo del pescador?
Algunas son eficientes, pero muchas nos complican. Por ejemplo, con la langosta antes podías tener las redes 48 horas en el agua y ahora solo 24. Recuerdo que hace años ya se trabajaba a 24 horas, pero estos cambios te obligan a salir incluso cuando las condiciones no son buenas. Está bien regular, pero a veces las leyes se hacen de forma muy general y no tienen en cuenta la realidad diaria.
Estos días se están viviendo movilizaciones del sector. ¿Te preocupa más el estado del mar o la viabilidad económica del sector?
Preocupan las dos cosas. El mar hay que cuidarlo, pero también necesitamos normas lógicas que nos permitan trabajar. Esta normativa de tener que avisar con antelación de cuatro horas lo que llevarás cuando muchas veces no sabes qué vas a capturar, no nos beneficia.
¿Cómo es tu jornada de trabajo?
En temporada de langosta me levanto a las cuatro de la mañana y vuelvo sobre las dos del mediodía a puerto. En la cofradía hay cámaras y al mediodía vienen a recoger las capturas. En invierno voy más con caña, que es lo que más me gusta. Tengo cuota de atún y cada año mejora un poco más.
¿Cómo llevas la soledad en el mar?
No me considero una persona especialmente valiente, pero cuando estás solo te organizas. Nadie depende de ti y tú no dependes de nadie. Esa libertad es lo que más valoro y no me veo trabajando de otra cosa. Me gusta mucho lo que hago.