El ataque de EE.UU. e Israel a Irán el 28 de febrero pasado ha provocado una escalada bélica que ha desembocado en el cierre del espacio aéreo y marítimo entorno al Golfo Pérsico bloqueando el estrecho de Ormuz por el cual pasa el 20% de la producción mundial de petróleo y más del 40% del gas natural licuado (GNL). La cuestión que atormenta ahora a todos los economistas es cuáles serán los efectos económicos futuros de este conflicto.
En 1973 se inició la guerra del Yon Kippur en la que Israel derrotó a sus vecinos árabes. Ante el respaldo de los EE.UU y sus aliados a Israel, los países árabes implementaron un embargo de petróleo contra los países occidentales. La escasez de petróleo empujó su precio internacional desde los 4 a los 12 dólares por barril multiplicando el coste energético y de las materias primas en prácticamente todos los sectores económicos (energía, transporte, cemento, química, etc.). Pero el incremento inicial de precios no paró allí, hubo efectos de segunda ronda. Los trabajadores al no llegar a final de mes con los nuevos precios pidieron aumentos salariales que a su vez incrementaron de nuevo los costes y los precios, iniciándose una espiral inflacionista que se tradujo en inestabilidad, estancamiento económico y desempleo; una época de estanflación.
La pregunta que a todo el mundo le ronda es si ahora ocurrirá lo mismo. La respuesta es que depende del tiempo que dure el cierre de Ormuz y de la destrucción de las infraestructuras. Un análisis reciente daba incluso probabilidades a los 3 escenarios: destrucción sin daño sistémico y efectos inflacionarios de solo 2 o 3 meses (50%), daño relevante a infraestructuras y precios altos a medio plazo (30%) y cierre prolongado y disrupción del gas catarí (20%). Evidentemente un aumento del precio del petróleo implicará un aumento de la inflación y un menor crecimiento. Hace unos días el FMI señalaba que un incremento del 10% del petróleo durante un año provocaría un aumento del 0,4% de la inflación y una caída del 0,2% del PIB mundial. Desde el primer bombardeo el petróleo ha pasado de rondar los 60 dólares por barril a superar los 108, si bien se ha estabilizado por debajo de los 90. Un barril a 100$ supondría perder un tercio del crecimiento mundial con una mayor inflación durante el primer año y con más que posibles efectos de segunda ronda.
Precisamente evitar los efectos de segunda ronda es el gran objetivo actual. La situación económica antes del ataque era ya muy compleja. Los mercados bursátiles se estaban mostrando muy inestables ante las dudas sobre la existencia de una burbuja de la inteligencia artificial y la caída de algunas empresas de servicios informáticos (software). La guerra de Ucrania y los aranceles de Trump habían causado una disrupción en el comercio internacional y la inflación se mantenía alta (2,9% en EE.UU y una subyacente del 2,3% en Europa). Ante un posible brote inflacionario y un estancamiento del PIB (estanflación) el margen de maniobra es mucho más limitado que en otras épocas (crisis del 2008, COVID). Ahora, el déficit y el endeudamiento de los EE.UU, China, Japón, Francia o el Reino Unido se encuentran en máximos históricos y con los tipos de interés al alza por la saturación de los mercados, la política fiscal está muy limitada. Y desde el lado de la política monetaria, una inflación de oferta al alza empujaría al BCE y a la Reserva Federal a subidas de tipos de interés con efectos depresivos para la economía.
En esta situación el comisario de economía europeo Valdis Dombrovskis ya le ha puesto un límite. Si en dos semanas no se le pone solución y se normalizan los precios de la energía, los aumentos de precio se consolidarán y se trasladarán a la economía en forma de mayores expectativas de tipos de interés y precios y pérdida de confianza. La estanflación habrá llegado. No se extrañe pues, que el conflicto se detenga tan rápidamente como empezó. A nadie le conviene que continúe. Ni a Estados Unidos, China, Israel, los países del golfo o la UE. Pero siempre puede haber algún beneficiado, el cisne negro de esta historia. Veamos que hace Rusia.