Mallorca tiene una cualidad que muchos envidian. Sabe marcar. Llegan turistas, se llenan vuelos, se ocupan camas, se mueve caja. El estadio ruge cada verano y el marcador parece favorable. El problema es que, cuando uno revisa la repetición, descubre los goles en contra. Vivienda tensionada, presión sobre agua y energía, movilidad al límite, fatiga social. Empleo intenso en volumen, más flojo en valor. Y una sensación incómoda de estar ganando el partido de hoy a costa de complicar la temporada de mañana.
No es un discurso contra el turismo. Al contrario, el sector ha montado un equipo de Champions. No es nada fácil sostener esa calidad operativa, esa capacidad comercial y esa resiliencia año tras año. Pero si jugamos la Superliga todos los días, el cuerpo pasa factura. La grada también. Al final la gente se cansa. Adiós circo y adiós pan.
Y aquí hay una responsabilidad que no se puede esconder detrás del marcador. Las Administraciones públicas también juegan este partido. Cobran su parte, entre IVA por turista e ingresos derivados de la actividad económica, y eso financia mucho. El problema es que durante demasiado tiempo no se ha invertido con la misma ambición en infraestructuras modernas que reduzcan las externalidades negativas y ayuden a diversificar el modelo. Agua, movilidad, energía, gestión del territorio y servicios públicos no pueden ir con botas de madera cuando el rival ya usa carbono y GPS. Pero hay algo más profundo que se nos está olvidando, el por qué jugamos. De niños bajábamos a la calle, echábamos un partido y nadie cobraba por tocar el balón. Éramos felices igual. Hoy parece que solo vale ganar por ganar. Más llegadas, más ocupación, más rotación. Como si el objetivo fuera jugar cada tres días aunque el equipo no se tenga en pie. Un sistema inflado artificialmente puede dar números, pero también vacía el sentido del juego.
Por eso la productividad importa, pero no como látigo. En turismo no va de trabajar más horas. Va de producir más valor por cada hora y por cada recurso. Va de dejar de exprimir temporada alta hasta que el motor gripe. Va de diseñar un modelo que permita jugar bien y vivir mejor. Desestacionalizar tampoco debería ser el trofeo. Llenar invierno para seguir con la misma dinámica solo cambia el calendario del agotamiento. El reto es el equilibrio. Un ritmo que no queme el destino ni queme a la gente. Porque mucha gente trabaja, pero la vida que tiene ya no llena. Ya no disfruta del juego. Y cuando se pierde la emoción genuina, deja de ser industria y se convierte en circo. No solo de pan vive el hombre y la mujer.
La tecnología puede ayudar si se usa con cabeza. Datos para gestionar demanda, automatización para quitar tareas repetidas, eficiencia real en agua y energía, y una operación que reduzca fricción sin perder humanidad. La IA viene para acelerar la solución, pero también para obligarnos a elegir. O la usamos para subir valor y calidad de vida, o la usamos para apretar más el tornillo hasta romperlo.
Mallorca no necesita demonizar su industria principal. Necesita profesionalizarla con propósito y con corresponsabilidad público privada. Pasar de ganar por inercia a ganar por diseño. Jugar menos veces si hace falta, pero jugar mejor. Disfrutar todos del partido, residentes y visitantes. Porque si quemas el modelo, quemas a la gente. Y sin sentido del juego, no hay marcador que lo arregle.