Menorca tiene productores. Tiene producto. Tiene una demanda creciente de alimentación local y de calidad. Lo que no tiene, de momento, es la infraestructura que conecte todo eso de manera eficiente. Esa es, en esencia, la hipótesis que ha puesto en marcha el proyecto CAD, las siglas de Centre Agroecològic de Distribució, una iniciativa surgida dentro de la Aliança Menorca Agroecológica, un movimiento que une personas y entidades que trabajan para una transformación agroecológica del sistema agroalimentario de Menorca y que, en este caso, está impulsado por la Cooperativa de Consumo San Crispín de Alaior en el marco del programa «Teixint Xarxes, canals curts i justos pel camp menorquí». El proyecto, que cuenta con la financiación y el acompañamiento de la Fundación Daniel y Nina Carasso, acaba de completar su primera gran fase con un mapeo exhaustivo del sector productor de la isla que dará lugar a un estudio de viabilidad con el objetivo de hacerlo realidad.
ESTUDIO.
El punto de partida de este trabajo se inició en enero de este año, a través del contacto con 21 productores de la Isla, a los que se les entrevistó para poder obtener la información de primera mano. Una muestra que, si bien no era estadísticamente representativa del conjunto del sector primario menorquín, podía reflejar con fidelidad el perfil de las explotaciones que en futuro serían usuarias naturales de un CAD. «La selección priorizó deliberadamente fincas que ya se habían mostrado favorables a una distribución compartida a través de encuestas realizadas por otras entidades del sector», explica Stéphanie Mahé, técnica responsable del trabajo realizado por la Cooperativa San Crispín. En este sentido, las fincas entrevistadas operan en la venta directa o en canales cortos y con una orientación agroecológica clara, bien en agricultura ecológica certificada o bien con buenas prácticas a través del acompañamiento del programa de Custòdia Agraria del GOB Menorca.
«Esta orientación era coherente con el objetivo del estudio, que consistía a explorar la viabilidad de un CAD a partir de las fincas que, por su modelo productivo y comercial, pudieran ser potenciales usuarias», añade Mahé. De hecho, la producción estándar media de las fincas entrevistadas, cuantificada en 64.858 euros, es prácticamente idéntica a la media insular que recoge el Censo Agrario 2020 del INE, que la sitúa en 65.870 euros, lo que indica que la muestra, pese a su sesgo agroecológico, reflejaba explotaciones de tamaño económico comparable al conjunto de la isla.
PERFIL.
El perfil de las 21 fincas entrevistadas es heterogéneo pero al mismo tiempo revelador, tal y como detalla el estudio. Doce son propiedad directa de sus titulares, de origen menorquín o procedentes de territorios como Catalunya y Francia, cuatro operan bajo la figura jurídica de la Sociedad Rural Menorquina y cinco son autónomos o asalariados. Un dato especialmente significativo es que más de la mitad de estas fincas, se han incorporado a la actividad a partir de 2020, lo que refleja una renovación notable del tejido productor en los últimos años y apunta a una nueva generación de agricultores con vocación comercial y orientación hacia los canales cortos.
En cuanto a la orientación productiva, doce fincas son monoproductoras, con especialidades que van desde la horticultura ecológica y la vinicultura hasta el caprino de leche o los cereales, mientras que las nueve restantes son multiproductoras, con combinaciones diversas de cultivos y ganadería que en algún caso llegan a los siete tipos de producción diferentes dentro de una misma explotación. La vaca Vermella Menorquina tiene presencia destacada entre las fincas ganaderas, y alguna incluso trabaja con cerdo de raza menorquina. La harina de trigo xeixa, el arroz de la tierra, los quesos de cabra, los yogures o los helados artesanales forman parte de una oferta transformada que, según el estudio, cubriría la demanda durante todo el año.
DISTRIBUCIÓN.
Si hay un elemento que el estudio identifica como cuello de botella estructural del sector, es la distribución. La venta directa, en mercados, ferias o mediante el reparto de cestas a domicilio es el canal dominante para la mayoría de las fincas, que llevan años reforzándolo por considerarlo más rentable que la intermediación con distribuidores y porque valoran especialmente el contacto directo con la clientela. El problema es que este modelo, tiene un coste que raramente se traslada al precio final. «El estudio calculó que los productores podían dedicar entre 30 y 35 horas semanales a tareas de distribución y comercialización. Lo normal sería que este tiempo, y todo lo que implica la distribución, se repercutiera en los precios de venta, pero no suele ser el caso», explica Stephanie Mahé. En todo caso, está claro que el tiempo dedicado a la comercialización y la distribución es un tiempo que las productoras y productores deberían poder dedicar a la producción y los costes de producción, son indicadores indispensables para valorar la viabilidad tanto de la producción como de la comercialización.
Así mismo, los costes de comercialización también deben poder calcularse con precisión, ya que permiten comparar el coste de distribución de cada productor con el margen que supondría la prestación del servicio por parte de una CAD, y determinar si esta puede ofrecer un servicio competitivo respecto a la distribución propia. «Además de compras aseguradas, una CAD pretende devolver tiempo a las productoras y productores. Un tiempo para producir y trabajar mejor, y tiempo para vivir mejor, sencillamente», detalla Mahé.
LA ESTACIONALIDAD.
Otro de los elementos que el estudio analiza con detalle es la estacionalidad, una variable que condiciona de forma determinante tanto la producción como las ventas. La llegada del turismo entre junio y agosto provoca un incremento drástico de la demanda, desde hortalizas y fruta hasta carne y transformados, mientras que en invierno pueden producirse excedentes de determinados productos por falta de demanda, como sucede con las alcachofas o, en el otro extremo, cuando varios productores cosechan el mismo producto de forma simultánea en verano, como ocurre con el tomate. Los productos transformados, los lácteos y los derivados de cereales son los más estables a lo largo del año. Precisamente por eso, el estudio identifica la planificación compartida de cultivos como una de las palancas más valoradas por los propios productores, que en general la acogen con buenos ojos siempre que se garantice seguridad en la venta.
ACTITUD ANTE EL CAD.
El estudio no se limita a fotografiar el sector sino que también recoge la actitud de los productores ante la posibilidad de participar en un CAD. El resultado es de una cautelosa apertura. Dieciséis de los veintiún productores entrevistados consideran viable aumentar su producción ante una demanda suficiente y planificada, y algunos apuntan incluso a duplicarla en ciertos productos de huerta y transformados. Los canales que más interés despiertan como nuevos destinos son la restauración local, los comedores escolares, las tiendas especializadas y la venta online.
Sin embargo, ese interés viene acompañado de condiciones imprescindibles, que el estudio enumera con precisión, entre ellas demostrar la viabilidad del proyecto, garantizar seguridad y transparencia, asegurar una gestión profesional, establecer precios justos que aseguren la rentabilidad y respetar la identidad y los estándares de calidad de cada productor. El estudio no elude algunas percepciones negativas hacia el modelo cooperativo derivada de experiencias pasadas, aunque la mayoría coincide en que el problema no reside tanto en el modelo en sí como en la gestión y el factor humano.
SIGUIENTE PASO.
La presentación del estudio ha marcado el cierre de esta primera etapa del proyecto y el inicio de una segunda fase que va a consistir en un estudio del consumo. Posteriormente, el conjunto de datos recogidos y analizados deberán traducirse en un modelo de negocio concreto. «Aparte de los datos, en este proceso tenemos que dedicar una atención muy particular a esas pequeñas fincas, sean de propiedad o no, con certificación ecológica o con buenas prácticas contrastadas, que se han esforzado mucho para sacar adelante su actividad y que hoy, a pesar de las dudas, los miedos y algunas resistencias, tienen la oportunidad de reflexionar conjuntamente sobre la construcción de un proyecto colectivo de distribución agroecológica», concluye Mahé.
La pregunta que el CAD tiene ahora sobre la mesa no es si Menorca tiene producto suficiente para alimentar un centro de distribución agroecológico porque el estudio demuestra que sí. La pregunta es si el conjunto de actores implicados, productores, cooperativa, instituciones y consumidores, estarán dispuestos a construir juntos la infraestructura que lo haga posible.