Hay palabras que antes pesaban más. Vergüenza era una de ellas. Tenía algo de límite, de frontera moral. Servía para no cruzar ciertas líneas, incluso cuando nadie miraba. Hoy parece una palabra antigua. Conservamos la vergüenza ajena; la propia la hemos ido perdiendo. El Mundial de fútbol es una de las mejores metáforas de nuestro tiempo: emoción, talento, negocio, tecnología, propaganda y geopolítica bajo una misma pelota. La FIFA representa esta era con precisión: pan y circo por un lado; innovación y buenas intenciones por otro. Todo envuelto en valores universales y mensajes de unidad.
Pero todos sabemos que el partido no va solo de fútbol. Va de poder, reputación, dinero e influencia. Estados, marcas, gobiernos y federaciones entran en el estadio conociendo las reglas no escritas.
Protestamos, señalamos contradicciones, pero al final casi todos acabamos ante la pantalla. Porque el circo funciona y porque, de alguna manera, todos ganan algo con él. Esa es la paradoja: nunca habíamos hablado tanto de principios y nunca los habíamos negociado con tanta facilidad.
Lo mundial no queda tan lejos de lo local. Aquí también vivimos instalados en un desgobierno preocupante. Se dice una cosa y se hace otra. Se proclama una prioridad y se ejecuta la contraria. Todo depende de quién lo pida, quién lo firme, qué administración tenga la competencia o qué partido gobierne. La academia, la administración y los pequeños clubes de influencia actúan demasiadas veces como equipos cerrados, más preocupados por defender su parcela que por construir un proyecto compartido.
Y si hablamos de desvergüenza, la política nacional merece capítulo aparte. Cuando se pierde por goleada en coherencia y respeto a los valores que uno mismo pregona, la culpa pasa a ser del árbitro, del VAR, del rival o del periodista que cuenta el resultado. Como Mourinho metiéndole el dedo en el ojo a Tito Vilanova y explicando después el mundo desde el victimismo. O como el caso Negreira convertido, según quién lo cuente, no en un problema de confianza institucional, sino en una molestia provocada por quien se atreve a denunciarlo.
Demasiados actores públicos ya no piden perdón por cruzar una línea, sino por haber sido pillados cruzándola. Una sociedad puede soportar errores e incluso malas decisiones. Lo que no soporta indefinidamente es la pérdida de vergüenza. Cuando la palabra deja de comprometer y el relato sustituye a los hechos, el sistema pierde autoridad moral. En el fútbol, el centro del campo marca el ritmo. Cuando funciona, el equipo respira y compite. Cuando desaparece, la defensa vive angustiada y la delantera aislada. En política y en economía ocurre lo mismo. El verdadero centro del campo de una sociedad es su clase media: esa campana de Gauss que trabaja, emprende, paga impuestos, educa y mantiene en pie la confianza básica del sistema.
Si ese centro se debilita, el juego se parte en dos: arriba quedan quienes siempre encuentran una salida; abajo crece la frustración; y en medio, una mayoría se pregunta si merece la pena cumplir reglas que otros interpretan a conveniencia. Por eso la vergüenza importa. No como moralina, sino como infraestructura invisible de una sociedad decente. Obliga a responder, rectificar y no tomar por tontos a los demás. Lo que falta es recuperar la vergüenza antes de que solo nos quede la ajena.