Imaginemos una mañana cualquiera. Abrimos ChatGPT y le pedimos que busque en Drive el informe del mes pasado, que actualice los datos y prepare el nuevo siguiendo la misma estructura. Después le encargamos que convierta las conclusiones en una presentación. Y, si necesitamos una pieza gráfica, podemos conectarlo con Canva y empezar a crearla sin salir siquiera de la conversación. OpenAI acaba de lanzar ChatGPT Work, pensado precisamente en dar ese salto: pasar de responder preguntas a encargarse de tareas completas. Puede trabajar con archivos, navegar, utilizar aplicaciones conectadas y avanzar por distintos pasos hasta entregar un resultado.
Claude Design, lanzado este año por Anthropic, permite describir una idea y verla convertida en un diseño, un prototipo o unas diapositivas que podemos seguir modificando. Microsoft ya incorpora agentes dentro de Word, Excel y PowerPoint capaces de actuar sobre los propios archivos. Google continúa llevando Gemini a Docs, Sheets, Slides y Drive. La carrera de la inteligencia artificial está entrando así en una fase bastante más interesante que la de escribir textos. Porque durante estos últimos años hemos aprendido a promptear, a iterar y a preguntar mejor y ahora empezamos a aprender algo diferente: a delegar.
El informe mensual que siempre hacemos igual. Los veinte documentos que hay que revisar antes de una reunión. La hoja de cálculo que alguien actualiza cada viernes. La presentación que obliga a copiar datos de tres sitios diferentes. O esa pieza de Canva que parte siempre de la misma plantilla. Evidentemente, seguimos necesitando supervisar, decidir qué información puede utilizar y revisar aquello que realmente importa. Delegar no significa desentenderse. Pero quizá la gran revolución de esta nueva etapa no sea que la IA sepa hacer más cosas, es que empieza a saber dónde están nuestras cosas y qué hacer con ellas.