Hay cifras que explican mejor que cualquier discurso el estado de ánimo de una sociedad. Las de Balears en los últimos veinte años son demoledoras. Casi 280.000 habitantes más, 7,5 millones de turistas adicionales, un aeropuerto que mueve un 60 % más de pasajeros, cerca de 159.000 plazas turísticas nuevas y una vivienda cuyo precio se ha duplicado. Son datos que describen una transformación sin precedentes y ayudan a entender por qué el malestar ciudadano ha dejado de ser una percepción para convertirse en una realidad palpable. La manifestación convocada este domingo contra la saturación turística no surge de la nada ni responde únicamente al rechazo hacia una actividad que sigue siendo el principal motor económico del archipiélago. Es la consecuencia de un crecimiento continuado que ha tensionado un territorio limitado y ha colocado la vivienda en el centro de todas las preocupaciones.
Alquiler vacacional.
Paradójicamente, nunca habían llegado tantos visitantes y, sin embargo, permanecen menos tiempo. La mayor rotación multiplica la presión sobre carreteras, playas, espacios naturales y servicios públicos. A ello se suma una expansión del alquiler vacacional que ha cambiado profundamente el modelo turístico y ha contribuido a reducir la oferta residencial. Pero no hay que olvidar que la población fija también se ha disparado.
Llamada de atención.
De hecho, sería un error convertir el turismo en el único responsable de todos los males. Lo que reflejan las estadísticas es que Balears necesita decidir qué modelo de crecimiento quiere para las próximas décadas. La protesta de este domingo debe entenderse como una llamada de atención que ningún responsable político puede ignorar. Porque las cifras hablan y, cuando lo hacen con tanta claridad, conviene escucharlas antes de que el malestar termine convirtiéndose en frustración permanente.