En estos días en los que la sensibilidad religiosa del mundo musulmán se ha desatado por unas caricaturas de Mahoma, y una chirigota carnavalesca ceutí puede que haya de enfrentarse a la Justicia por burlarse del colectivo islámico, aquí, en Mallorca, tenemos también una buena muestra de mal gusto en la exhibición del concejal del Ajuntament de Calvià Joan Thomàs.
El talante del regidor en cuestión ya quedó claramente reflejado cuando rompió la disciplina de su partido, Unió Mallorquina (UM), y se enfrentó por el asunto de la recepción de dos urbanizaciones a Isidre Cañellas, líder de su formación, apoyando la postura del alcalde, Carlos Delgado, del PP.
No contento con aquella actitud, que podemos calificar, cuando menos, de escasamente ética, Thomàs nos ha sorprendido disfrazándose de monja y realizando un striptease en plena efervescencia del Carnaval, lo que demuestra su escasa sensibilidad y su falta de respeto hacia un colectivo, el de las religiosas, que no merece ser objeto de tales burlas. Pero es que, además, estas actitudes ofenden a un amplio sector de la sociedad que se declara católico, al que no le hace la más mínima gracia que se juegue con lo que considera sagrado.
Si en su día se condenó la actitud de Carod Rovira y Maragall con la corona de espinas en Jerusalén, con mayor motivo merece condena la de Joan Thomàs. Y tampoco puede olvidarse que se trata de un cargo público, elegido por los ciudadanos, y que, por tanto, debe observar un comportamiento ejemplar en el desarrollo de cualquier actividad. Las exhibiciones carnavalescas del concejal tránsfuga están fuera de lugar, son ofensivas y cabría, por tanto, exigirle una rectificación pública e incluso su dimisión.