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Opinión/Jesús García Marín

El coste de la insularidad

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En 1929 apareció un editorial en uno de los periódicos nacionales más importantes de entonces, El Sol, en el que se recogía que las comunicaciones con Baleares eran un verdadero desastre, y que solucionarlas era una emergencia nacional. Se refería a los vapores que unían el Levante y Barcelona con las Islas. En el caso de Ibiza, el editorialista solicitaba que se pusieran más vapores con la Península y al revés, porque no era de recibo tener que esperar 24 horas en la Ciudad Condal para embarcarse rumbo a Baleares y que todo eso lastraba la economía insular: el turismo, las exportaciones isleñas, etc. Aquel editorial viene a cuento porque en esta campaña electoral se está hablando poco de que vivimos en una Isla y que por tanto, los costes de los productos y los servicios son más caros. Ortega Smith sí se refirió a ello a preguntas del director de este periódico. Es verdad que Ibiza es un territorio rico si lo comparamos con los que están completamente subvencionados, pero eso quiere decir que contribuye con mucho dinero para que otros lo dilapiden, como la Junta de Andalucía de Susana, que cuando se han abierto los cajones se han encontrado con una gestión horrorosa o con todo lo que está pasando en Cataluña, región cuya deuda sostiene el reino de España pero que tiene un titular, el tal Torra, que tira la pasta en embajadas ilegales y en crearse una guardia petroriana. Mientras los servicios retroceden allí y Colau está empeñada en echar a los turistas. No preguntes qué puede hacer Ibiza por el Estado, que ya hace bastante, sino qué puede hacer el Estado por Ibiza además de mamar, pregunta extensible al otro centralismo, el de Armengol. Ni llorar, ni mamar; mal asunto, basta ver a las sanguijuelas del PNV que siguen exprimiendo a Pedro Sánchez incluso en campaña electoral.

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