Perdonen que hoy no escriba sobre Ibiza o Formentera. Parte de mi corazón y de mi cabeza siguen instalados en Cataluña y, sobre todo, en Barcelona. Y es allí donde estos días se vive la actualidad política más intensa. El retorno de Carles Puigdemont (que cuando esto se publique es muy probable que ya haya sido detenido) pondrá en jaque visualmente la investidura del socialista Salvador Illa, que dependerá de la cada vez más socialmente irrelevante ERC para mantenerse en el poder. Cataluña entrará de este modo, gracias a Dios, en una etapa gris y aburrida autonómicamente hablando. Y es que así funcionan los gobiernos autonómicos que funcionan, sin generar odio, sin provocar, sin incendiar las calles, cargados de burocracia y de proyectos… La normalidad real.
Puede que sí, que el seny retorne a la política catalana. Que la rauxa quede como un mal recuerdo, una advertencia, una bandera roja de lo que no se debe hacer por mucho sentiment que le pongamos a la cosa. Puede que queden atrás escenas terribles como las sesiones parlamentarias del 6 y el 7 de septiembre de 2017, cuando los separatistas aprobaron las leyes de desconexión que convertían Cataluña en una dictadura con Puigdemont al frente. Y eso pasó porque tanto el PSOE como el PP miraron hacia otro lado durante demasiado tiempo.
Puigdemont ha sido estos últimos siete años un personaje grotesco, pataleando desde Waterloo mientras intentaba meter en vereda a Quim Torra y a Pere Aragonés. Un personaje al que, al final, hasta le hemos cogido cariño. En él empiezan y acaban miles de historias personales. Con su detención concluye una etapa negra. Y empieza otra en la que, a lo mejor, tenemos que agradecerle el terratrèmol contra Sánchez. De momento, tampoco tendremos presupuestos en 2025. ¡Disfruten del espectáculo!
Gisela, cariñin.... estoea lo que tiene adelantarse a los acontecimientos...