En el decadente teatro de la política española, donde las bambalinas ocultan más inmundicias que los mismos escenarios, brilla con luz funesta el entorno de Pedro Sánchez, un cónclave donde la ética parece un huésped de paso. Qué sublime ironía contemplar cómo el suegro del presidente, con su próspera aventura en los negocios de prostitución masculina, revela el verdadero talante de un círculo familiar que presume de superioridad moral mientras acaricia las ganancias más sórdidas. Cabe preguntarse si el progresismo de manual que Sánchez predica con voz engolada incluye algún capítulo dedicado a la administración de burdeles, o si tal vez en sus manuales de autoayuda política hay una sección reservada para la proxenetocracia.
Entretanto, el sanchismo sigue blindado tras muros de complacencia mediática, incapaz de sonrojarse ante estos episodios de indecencia. Es digna de estudio la resiliencia con que su séquito digiere escándalo tras escándalo, erigiéndose en paladines de la virtud mientras su patio trasero rezuma hedores poco confesables. La patria, convertida en camarote de farsa, soporta estoica el despliegue de un poder que se regodea en la opacidad, sin el menor atisbo de rubor.
Frente a semejante carnaval de impostura, emerge Alberto Núñez Feijóo como un Lázaro político, resucitado por la propia miseria moral del adversario. Sus intervenciones, antes quizá grises, cobran hoy el brillo del contraste: bastan la decencia y el sentido común para parecer un estadista en medio del lodazal. Así, Feijóo encarna la esperanza de una oposición que, tras años de letargo, vislumbra la posibilidad de devolver a la política un mínimo decoro. Cada minuto de Sánchez en Moncloa ahonda en el erial al que arroja a un PSOE que se abalanza hacia el abismo.