En 1975 se estrenaba en nuestro país La naranja mecánica, una película perturbadora y de culto repleta de crudas y explícitas imágenes de violencia producida y dirigida por el controvertido genio Stanley Kubrick como adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess en la que, situada en un ficticio futuro distópico, se narran las aventuras de Alex DeLarge, un sanguinario apasionado de Beethoven, junto a los Drugos, una pandilla de juveniles delincuentes psicópatas, sociópatas y ególatras que dan rienda suelta a sus instintos más primarios llevando a cabo actos de violencia extrema sin sentido o justificación frente a inocentes elegidos caprichosamente al azar. Su estreno ya había tenido lugar tres años antes en el Reino Unido, donde los medios de comunicación, debido a la agresividad que representaban sus escenas, la culparon directamente de servir de influencia decisiva a diversos delitos violentos perpetrados por grupos de adolescentes ingleses como la muerte de un anciano indigente apaleado o una violación mientras sus autores entonaban el «Singing in the rain» canturreado por los personajes de la película durante una de sus grotescas fechorías. Tal fue la presión social y amenazas recibidas que el propio director pidió a la Warner Bros su retirada del país, dejándose de proyectar hasta el año 2000, pocos meses después del fallecimiento de Kubrick.
La obra, considerara como un controvertido clásico repleto de simbolismo onírico que trata multitud de cuestiones de diversa índole e invita a la reflexión sobre el libre albedrío y la libertad humana para elegir entre el bien y el mal sin condicionamientos externos, se encuentra todavía vigente en nuestra sociedad. Lamentablemente, hemos asistido en las últimas semanas a diversos episodios de violencia gratuita protagonizados por simples naranjas mecánicas carentes de sentimientos, ética y moral, que han alimentado a su vez, en respuesta, la proliferación de indeseables comportamientos radicales de índole xenófoba y supremacista fruto de la rabia contenida por un pueblo que observa cariacontecido como se reproducen a diario estos infumables actos sin una lógica explicación. Incluso algunos representantes políticos han visto en estos actos delictivos la oportunidad de obtener rédito electoral al ratificar las bondades de sus radicales propuestas de solución a estos indeseables atropellos.
En Torre Pacheco, una pequeña localidad murciana, un vecino de 68 años que paseaba tranquilamente por las inmediaciones de la población fue brutalmente atacado por tres jóvenes de origen magrebí que lo asaltaron sin previo aviso ocasionándole heridas de grave consideración. En La Isleta, un barrio de Las Palmas de Gran Canaria, una menor tutelada de 17 años que se había fugado del centro de menores fue quemada viva por un joven de 20 años de origen marroquí con una orden de expulsión en vigor tras haber llegado en patera a Lanzarote en junio de este mismo año. En el municipio madrileño de Parla un joven magrebí de 21 años agredió salvajemente a una mujer para robarle el bolso, lo que fue grabado por los atónitos e incrédulos vecinos que contemplaban la escena. A pesar de ser detenidos todos los presuntos autores de estos hechos, los incidentes generaron un comprensible alto grado de indignación vecinal acompañado de unos indeseables episodios violentos que recuerdan a los acontecidos en la población almeriense de El Ejido en el año 2000, lo que derivó en altercados y enfrentamientos que fueron aprovechados por grupos de ultraderecha para dar inicio a una cacería humana de imprevisibles consecuencias que por el momento ha requerido de un fuerte despliegue de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado.
Está claro, y eso es innegociable, que este tipo de comportamientos son más que reprobables y deben ser suprimidos de raíz de nuestra sociedad, faltaría más. Pero no puede obviarse que la solución pasa exclusivamente por servirse de los mecanismos que el ordenamiento jurídico pone a nuestra disposición por mucho que la ira, la frustración o la desesperación puedan abocar irremediablemente a concebir como acertado el recurrir a otros instrumentos de autotutela que no harán más que desencadenar un odio y violencia igual de censurable que aquélla en que pretende justificarse. Y por supuesto que debe mostrarse la mayor de las repulsas ante semejantes actos de violencia. Lo contrario sería tanto como legitimar este tipo de comportamientos deleznables que no tienen cabida en nuestra sociedad. Pero no podemos caer en el error de tomarlos sin más como banal excusa para iniciar una caza de brujas indiscriminada e injusta frente a todos y frente a todo. Porque este tipo de conductas no son nuevas, se han producido desde siempre y han sido imputables tanto a nacionales como a extranjeros, que en la mayoría de ocasiones han sido detenidos, juzgados y condenados con las consecuencias previstas en el Código Penal, ni más ni menos.
Es cierto que la actual situación de inmigración ilegal descontrolada y todas las consecuencias que ésta trae consigo ha generado en la ciudadanía una percepción de colonización o invasión junto a la extrapolación de algunas de sus particulares y cuestionables costumbres que abundan en el incremento de una sensación tangible de peligro y desconfianza que atenaza a la población. Pero en pocas ocasiones se resalta que estos mismos inmigrantes son los que en regiones como Murcia o Andalucía se ocupan de la práctica totalidad de las laboriosas tareas agrícolas que pocos quieren acometer y cuya realización resulta completamente necesaria para la débil economía local. La solución no pasa por la discriminación o la mera criminalización por razón de su origen adoptando posturas o medidas extremistas, sino por implementar y reforzar de forma efectiva medidas de control de estos flujos migratorios ilegales que tanto daño causan a nuestra sociedad a todos los niveles y que en lugares como Baleares incluso llegan a tomar tintes dramáticos. Deben hacerse valer con toda la fuerza las herramientas de que dispone nuestro Estado de Derecho, porque la complejidad del ser humano, de la civilización o de las estructuras de poder no puede quedar reducida al mero intento de crear una sociedad libre de violencia cometiendo atrocidades aún mayores en nombre de la libertad y la justicia.
Cuando Alex es traicionado por sus amigos ingresando en prisión es sometido a una innovadora terapia de reeducación desarrollada por el gobierno para anular cualquier atisbo de conducta violenta y antisocial sirviéndose como telón de fondo de la novena sinfonía de Beethoven. No se trata de elegir entre el bien y el mal, sino de asociar lo correcto al placer de la música. Aunque al principio parece que el método ha sido un éxito, su comportamiento primario resurge con más fuerza y vuelve a dominarle en clara muestra de que, aunque se intente erradicar por medio de medidas populistas, la violencia siempre vence a lo que comúnmente consideramos un comportamiento cívico correcto en la sociedad contemporánea. Y es que la convicción no puede consistir o depender de una mera y simple identificación subjetiva. No podemos limitarnos a equiparar sin más a un magrebí con uno de los temibles y despiadados integrantes de los Drugos. Esa pobre asociación de ideas también convertiría al hombre en algo tan raro como una naranja mecánica, en este caso sin una gota de humanidad en su jugo.