En 1984, integrada por el excéntrico gaditano Pablo Carbonell junto al gallego Many Moure y el argentino Guillermo Piccolini, nacieron Los toreros muertos, una banda española de rock que constituyó uno de los máximos exponentes de la movida madrileña gracias a sus originales y cómicas canciones de carácter transgresor e irreverente con claras influencias de formaciones tan dispares como la Orquesta Mondragón, Madness o The Police. En su etapa inicial, que finalizó en 1992 con el álbum Los toreros muertos cantan en español, sin perjuicio de su posterior reencuentro en 2007, el grupo generó grandes éxitos como Yo no me llamo Javier, Manolito, On the desk o Soy un animal. Pero si alguno de sus temas perdura en nuestra memoria es sin duda Mi agüita amarilla, una oda a la orina que describe realmente el ciclo de los residuos desde su deposición hasta su llegada al mar. Y es que, como si se tratara de una nueva reedición actualizada de la canción, nuestras islas están sufriendo severamente durante este verano lo que ya describiera de forma certera y premonitoria esta ochentera formación.
Porque los daños y perjuicios derivados del exceso del turismo, distinto del turismo de excesos, no se limitan al incremento demencial del coste de la vida hasta niveles desorbitados como muestran las cuentas que exhiben en las redes sociales algunos de nuestros incautos visitantes. Tampoco a los caóticos atascos kilométricos por tierra, mar y aire que todos sufrimos o a las eternas listas de espera en los afamados restaurantes de moda que abundan por estos lares. Ni tan siquiera al consumo abusivo de sustancias psicotrópicas de todos los colores que se venden como pipas, a las reiteradas caídas desde balcones en extrañas circunstancias o a los múltiples accidentes de tráfico de lo más variado y, en definitiva, a todo el desenfreno que se genera en estas desdichadas fechas para los desafortunados moradores permanentes de las Pitiusas y que es ya sobradamente conocido por todos. Se trata de un perjuicio todavía de mayor calado que las meras molestias, infortunios o ruidos. A más visitantes más alojamientos, más vehículos, más embarcaciones, más consumo de todo tipo y, por ende, mayores residuos que, como en la canción, bajan por la tubería, pasan por debajo de tu casa, de tu familia y de tu lugar de trabajo para llegar al rio que riega los campos y hasta el mar donde juegan los pececillos que después te comes.
En lo que llevamos de aciaga temporada turística distintas playas de nuestro exótico litoral han tenido que ser cerradas al baño como consecuencia de vertidos cálidos y tibios de todos los colores, en especial de aguas fecales, negras, grises o como quieran llamarlas, que no son más que la consecuencia de la simple y pura saturación excesiva que sufrimos. La parte central de la playa de S’Arenal en San Antonio tuvo que ser cerrada al baño como consecuencia de un vertido de aguas residuales desde la red de alcantarillado debido a la acumulación de grasa que provocó la muerte de cientos de peces. Algo similar ocurrió en Sa Roqueta, en Caló des Moro, en Benirrás, en Punta Xinxó o en S’Estanyol, como también en Talamanca o en Es Pinet, estas últimas como consecuencia de un vertido de combustible probablemente procedente de alguna de las muchas embarcaciones fondeadas. En Cala Tarida, Cala Vedella y Port des Torrent una enorme macha verde tintó tristemente sus cristalinas aguas debido a la proliferación de una microalga provocada por el calor a la que no se le acaba de poner solución mediante bombas de recirculación de agua con la correspondiente queja de bañistas y comerciantes. A ello se unió en Cala Tarida un atasco de la depuradora que también ocasionó un vertido fecal contenido por un dique de arena que evitó su llegada al mar. Y súmenle el cierre de la playa de es Bol Nou o de Es Copinar ante el riesgo de desprendimientos sistemáticamente desobedecido por temerarios bañistas.
Estos continuos episodios de vertidos marinos que afectan al delicado ecosistema local se intercalan, por si faltara poco, con multitud de incendios que afectan a sus apreciadas zonas verdes. En la zona de Cana María, en Santa Eulalia, se quemaron 1.000 metros cuadrados de pinar, mientras que en la parte inferior de la ladera de Sa Talaia de San Antonio se produjo un fuego que afectó aproximadamente a otros 3.000 metros cuadrados de pinar. Un incendio forestal afectó a la zona de Cala d’Hort devorando aproximadamente una hectárea y pico de pinar, lo mismo que en Can Xomeu y que en Port des Torrent, donde las llamas arrasaron amplias zonas de matorral y pinar. Otros incendios se produjeron en Can Misses, en Es Jondal, en las proximidades de Roca Llisa o en una zona boscosa de San Miguel afectando este último a media hectárea de pinar. Con todo ello, y sin perjuicio de lo que aún esté por venir, desde que se inició el año se han producido en Ibiza un total de 15 incendios que han arrasado parte de su escaso pero necesario terreno boscoso. Y ello sin contar los incendios que han afectado a varios restaurantes, a zonas ocupadas por autocaravanas y chabolas o a embarcaciones, que ese es otro cantar, como lo de la proliferación de serpientes que amenazan la existencia de las lagartijas autóctonas.
De esos barros estos lodos, porque más allá de que las colas de las paradas de taxis se eternicen, las carreteras se llenen de temerarios y las calles de personajes de todo pelaje que berrean como si nadie durmiera tras las ventanas de los edificios, las consecuencias de más turistas, más hoteles, más restaurantes, más discotecas o más beach clubs no es otra que la generación de mayores elementos de peligro y riesgo para la delicada flora y fauna local. Vaya, en definitiva, para la estabilidad medioambiental de un territorio especialmente vulnerable y, por ello, digno de una extremada protección que no puede venderse al mejor postor. Por tanto, no solo habría que centrar todos los esfuerzos en erradicar los pisos destinados al alquiler vacacional ilegal o a establecer medidas de limitación ante la invasión de vehículos, sino pensar también en no conceder más licencias, concesiones o autorizaciones para actividades hoteleras, de restauración y de ocio, porque la cosa está a punto de colapsar y la Pachamama pide auxilio a gritos. Nadie quiere acabar con la gallina de los huevos de oro, pero terminará por sucumbir si se le aprieta demasiado el collar. Y tranquilos, que esos mismos turistas que ahora se agolpan a nuestro alrededor se irán a desfasar a otro sitio y aquí te quedes tú con lo poco que sobreviva. Pero hasta que se ponga solución a este dislate tendremos que seguir cantando, como Pablo Carbonell junto a sus difuntos matadores taurinos, aquello de «Y creo que he bebido más de 40 cervezas hoy. Y creo que tendré que expulsarlas fuera de mí. Y subo al váter que hay arriba en el bar. Y la empiezo a mear y me hecho a reír. Y me pongo a pensar, dónde irá, dónde irá, mi agüita amarilla».