Dicen que las comparaciones son odiosas y, en muchos casos, lo son. Sobre todo cuando dejan en evidencia el trabajo o el compromiso de unos frente a la actitud vergonzante de otros. Y es que, a veces, la comparación no solo es inevitable, sino necesaria, porque desnuda sin maquillaje ni discursos quién está al pie del cañón y quién no, sobre todo, en este caluroso mes de agosto donde esa diferencia se ve, se siente y, por desgracia, se sufre.
A estas alturas, a casi nadie se le escapa que estamos viviendo un verano que parece hecho de pruebas de resistencia. En nuestras queridas Pitiusas, el calor aprieta, no llueve ni una gota, los bosques están más secos que la mojama, las pateras siguen llegando a las costas de Formentera, el vertedero de Ca na Putxa presenta problemas de salubridad, y el turismo multiplica la presión sobre los servicios. Casi cada día trae consigo un nuevo riesgo o una nueva urgencia y sin embargo, afortunadamente, en primera línea siempre encontramos a los mismos. Esos que están al pie del cañón ayudando sin que, por desgracia, se les reconozca lo suficiente… guardias civiles, Policía Nacional, voluntarios de Cruz Roja, bomberos, policías locales, técnicos de los consells y de los ayuntamientos.
No son héroes de cómic, no tienen superpoderes, no lucen capas ni trajes supersónicos, y rara vez salen en portadas con titulares grandilocuentes o en programas de prime time pero trabajan cuando los demás descansamos, con profesionalidad, vocación y una resistencia que debería sonrojarnos a todos, especialmente a quienes viven de representar a nuestro país, a Baleares y a las Pitiusas.
En Formentera, la llegada de pateras es un desafío constante que va más allá de cifras y rutas. Cuando una embarcación toca tierra, un grupo reducido de agentes de la Guardia Civil se desplaza al punto exacto, identifica a las personas, les da agua, comida, ropa seca o un abrigo si es de noche, y si no lo tienen, muchas veces aportándolo de su propio bolsillo. A su lado, voluntarios de Cruz Roja —menos de los que quisieran— montan en minutos un dispositivo para ofrecer atención sanitaria, kits de higiene, alimentos, mantas, traductores o mediadores, y ninguno, ni agentes ni voluntarios, lo hacen para salir en una foto o en un titular sino porque tienen muy claro que las primeras horas pueden marcar la diferencia entre el alivio y el desamparo.
En España y también en Ibiza tenemos otro frente, el de los incendios. 60 bomberos para toda la isla se organizan en turnos imposibles para cubrir 24 horas, supliendo vacaciones y permisos como pueden y sin descanso real porque siempre están de guardia mental y presencial, listos para dejar lo que estén haciendo —una cena, un cumpleaños, un rato con sus hijos— y salir corriendo hacia una urgencia porque saben que un descuido con una barbacoa, una quema improvisada o un hornillo mal apagado puede convertirse en tragedia en cuestión de minutos. Actúan con estrategia, agua, mangueras, medios escasos y, sobre todo, mucha vocación y valentía mientras el resto rezamos para que no se repitan las catástrofes que aún duelen en la memoria.
Y, mientras todo esto pasa, algunos políticos parecen vivir en un mundo paralelo. Un lugar donde lo importante es el golpe de efecto, el titular fácil, el zasca en redes y la declaración que busca arrancar votos. Lo vimos con los desafortunados tuits de Óscar Puente, ministro de Transportes, que, en lugar de aportar soluciones o empatía con quienes perdían todo por el fuego o trabajaban para sofocarlo, solo generaron más vergüenza ajena al ver que después no hubo ni una rectificación una disculpa o ni un gesto real que lo llevara a la arena para ver de cerca lo que pasa.
También lo vimos con la secretaria de Estado de Migraciones, Pilar Cancela, que visitó las Pitiusas pero no pisó Formentera, a pesar de ya se veía venir la oleada de pateras que sufre la isla. Prefirió evitar el «qué dirán» o la incomodidad de ver con sus propios ojos la situación demostrando una vez más que la comparación se vuelve casi vergonzosa cuando, en el otro lado, el presidente insular Óscar Portas sí ha visitado los puntos de llegada, ha hablado con los equipos que atienden a las personas migrantes, ha escuchado y ha visto lo que falta dejando clara la diferencia entre opinar desde la distancia y entender desde la cercanía.
Y aún hay más ejemplos. El presidente de la Diputación de Zamora, Javier Faúndez, en plena crisis de incendios en su tierra, cogió una manguera y se puso a trabajar junto a los bomberos. No fue teatro ni postureo, sino la reacción de alguien que lleva a su tierra en el corazón y que, aunque no bastó para apagar todos los fuegos, transmitió una verdad que ningún discurso puede igualar.
Gobernar no es solo despachar expedientes o inaugurar rotondas. Es salir del despacho, pisar el terreno, sudar el calor del muelle o de un monte reseco, escuchar a quienes saben y sienten lo que ocurre. Es reconocer que, sin esa gente que está al pie del cañón, nada funciona, y asumir que las tragedias no son armas políticas, sino emergencias humanas. Emergencias en las que abundan gestos heroicos como el de un guardia civil que canta para calmar a un niño recién llegado, el de una voluntaria que se queda horas extra para que una madre explique que su bebé está enfermo, el de un bombero que sale del humo con un perro asustado en brazos o repone fuerzas en un camión con una lata de sardinas y una botella de agua, o el de un técnico que coordina en tiempo récord la llegada de mantas y agua a un grupo que ha pasado la noche a la intemperie.
La comparación puede ser odiosa, pero también reveladora. Nos enseña quién está dispuesto a sacrificar tiempo, comodidad e incluso seguridad personal por el bien de la comunidad… y quién se limita a tuitear o acusar al adversario pensando en réditos políticos. Quién se mueve por humanidad y profesionalidad, y quién por interés.
Por eso, a los que están de verdad —guardias civiles, voluntarios, bomberos, policías, técnicos— solo se les puede decir gracias. Gracias por sostener España y las Pitiusas cuando las crisis se acumulan. Gracias por ser, en un mar de ruido y crispación, un rayo de esperanza que nos hace creer en un mundo mejor. Y a quienes ocupan según qué cargos públicos, recordarles que quizá ha llegado la hora de cambiar el teclado por una manguera, un chaleco o un kit de asistencia… y no para una foto, sino para aprender qué significa, de verdad, estar al pie del cañón y para entender, de una vez por todas, que cuando el fuego se apaga y la patera se vacía, lo que queda no es un titular, sino la certeza de que, mientras algunos discuten, otros nos salvan.
Y esa diferencia, por mucho que incomode, es la que define quién merece estar donde está.
Olé. Pena q las decisiones las tomen quienes ocupan sillones por interés propio, aunque hayan sido elegidos para garantizar calidad de vida y un futuro digo para los residentes. Ý no hay q irse fuera isla para encontrar politicos q no merecen su cargo público, ver sino el merder actual..