Hace unas semanas se estrenó El cautivo, una película española dirigida por Alejandro Amenábar que pretendía versar sobre la vida de Miguel de Cervantes durante sus cinco años de cautiverio en Argel. El tema prometía por la grandeza del personaje, autor del Quijote nada menos, y por el brillante momento histórico de nuestra nación en que discurría la trama. Cuanto menos cabía esperar un acercamiento respetuoso y modélico a quien escribió la mayor obra de la literatura castellana. Pero lo del cine patrio hace tiempo que dejó de ser casualidad, porque lejos de profundizar en la tremenda figura del inigualable príncipe de los ingenios, el eje central de la trama no es más que una mera excusa para meter con palanqueta la supuesta homosexualidad de la mejor pluma del país, una hipótesis indemostrada además de completamente innecesaria e irrelevante. Por lo demás, la película se desarrolla sin rastro de la crueldad de la época en un Argel que se muestra al más puro estilo de las mil y una noches, con personajes respetuosos y tolerantes, además de guapos y limpios. El resultado final es decepcionante. Una nueva y enorme oportunidad perdida. Los espectadores no se merecen algo así. Cervantes aún menos.
Nada nuevo bajo el sol, porque está claro que el cine español, en el que se invierte una ingente cantidad de dinero público, se ha convertido desde hace tiempo en nuestro mayor enemigo. Debe ser cierto aquello que escribía Don Quijote en su carta a Sancho Panza de que «la ingratitud es hija de la soberbia», porque pase que desde fuera de nuestras fronteras se ataque y menosprecie a España, a nuestra gran historia y a nuestros múltiples personajes y héroes. Pero que eso mismo se haga desde dentro y con nuestros recursos es como para hacérselo mirar. Que en películas extranjeras como «La misión» o «1942: La conquista del paraíso» se falsee de forma poco rigurosa lo acontecido en el descubrimiento y conquista del nuevo mundo, echando pestes sobre los despiadados opresores españoles, puede ser hasta entendible. Pero que en el cine doméstico se nos muestre al mundo como un grupo de criminales crueles y sanguinarios dándole la razón a López Obrador ya es de traca.
No somos capaces ni de contar historias épicas sobre extraordinarias hazañas militares nacionales sin menospreciar a sus héroes arrebatándoles su grandeza a partir de suprimir cualquier atisbo de motivación patriótica. Solo hay que ver «1898: Los últimos de Filipinas». Resulta que medio centenar de valientes soldados resistieron estoicamente en la defensa del último reducto del glorioso imperio español en la población de Baler de la isla de Luzón durante 11 meses llevándose por delante a más de 700 tagalos filipinos. Sin embargo, y a pesar de la proeza, son caricaturizados sustituyendo toda referencia al honor, al valor, al coraje, al deber y la lealtad a la patria que exclusivamente les inspiraba por un puro nihilismo que los convierte en parias. Vamos, igualito que aquello que hacen los yankis en las producciones de Hollywood con su general Custer, interpretado por Errol Flynn en «Murieron con las botas puestas», o con su Davy Crockett, interpretado por Jonh Wayne en «El Álamo».
Y es que el cine no es un simple entretenimiento inofensivo como se nos quiere hacer pensar. Vean como las películas producidas fuera de nuestras fronteras se han encargado constantemente de recordarnos la derrota sufrida por la Armada Invencible para hacernos quedar ante el mundo como unos auténticos mindundis. Es lo que se muestra en «Elizabeth: la Edad de Oro», en la que Isabel I es una iluminada benevolente y compasiva mientras que Felipe II es un perverso y siniestro personaje. Encima, por si fuera poco, la película transmite cómo la derrota española se debió a sus lentos y viejos barcos frente a las rápidas y robustas naves inglesas a pesar de que apenas se produjeron combates entre ambas flotas. Y claro, por su parte, nadie en nuestro país se ha tomado la molestia de llevar a la gran pantalla la considerable tocata que se le pegó posteriormente en A Coruña a la flota inglesa denominada como la Contra Armada con la honrosa María Pita a la cabeza, como tampoco el hecho de haber salido trasquilados los hijos de la Gran Bretaña de la batalla de Brión en Ferrol o de la de Cartagena de Indias con Blas de Lezo a los mandos.
Hacer buen cine es fácil. Tan sencillo como no apartarse de la historia real. Lo demás es pura fantasía. Porque sin duda nuestra mayor derrota es la más absoluta tergiversación de los hechos. Por ejemplo, en «Los Borgia», película de debía versar sobre la fascinante historia del papado de esta familia valenciana que consiguió mantenerse en el poder no sin pocas oposiciones, maquinaciones e intrigas, se retrata a Alejandro VI como un promiscuo inmoral y deleznable, a César como un guaperas tronista de mujeres, hombres y viceversa y a Lucrecia como una niña pija, cándida y mustia, todo ello aderezado con escenas soeces que los representan como una familia de vulgares matones barriobajeros, pero sin pararse a resaltar en ningún momento su influencia decisiva en el Renacimiento. El resultado es una historia inconmensurable reducida a un culebrón infumable protagonizado por actores de Al salir de clase y Upa dance. Algo similar ocurrió con «Tirant lo Blanch», una vergonzosa adaptación de la novela de caballería obra del valenciano Joanot Martorell más parecida a una película porno de Nacho Vidal que a una de aventuras. En ella se ven más pechugas que batallas, llegando a suprimirse todo el ingenio y la picardía de la historia original hasta quedar reducida a una mera producción de destape cutre. Para el recuerdo quedará la escena en que varios mamporreros ayudan a un Tirant lisiado y atado a una camilla a desvirgar a Carmesina. Vamos, que si Cervantes ve la película esta vez no se libra de la hoguera ni de casualidad.
Y es que tengo la sensación de que si la batalla de las Termópilas hubiera sido una gesta española se representaría a Leónidas como un fumeta poliamoroso y a sus 300 espartanos como unos domingueros yendo de picnic. Imagínense como mostraría nuestro cine al heroico Joaquín Vara de Rey en la batalla de El Caney. Seguro que con más miedo que Bucéfalo. Nos han comido la tostada, está claro. Porque los vaqueros americanos y los piratas ingleses son siempre los buenos de la peli y los españoles más malos que la quina. Todos conocen al pirata Drake o al capitán Cook, pero pocos a Bazán, Mendaña, Galiano, Sarmiento de Gamboa, Jorge Juan, Gálvez, Topete, Méndez Núñez, Legazpi o Churruca. Claro, aquí somos más de Alfredo Landa en «Cateto a babor». Y es que mientras ellos filman «Master & Commander» con Russell Crowe, nosotros rodamos «Cristóbal Colón, de oficio descubridor» con Andrés Pajares como protagonista, película en la que se cantaba aquello de «los hermanos Pinzones, eran unos… marineros, que se fueron con Colón, que era otro… marinero. Y los indios motilones les cortaron… los caminos, y una india muy maja a Colón le hizo… una pipa». Pongan ustedes mismos las rimas.