El fantasma de Joseph Stalin se aparece a Vladimir Putin y le aconseja: «Asesina a todos tus oponentes y pinta el Kremlin de azul». Putin hace una reverencia, toma nota y responde «¿Por qué azul?»
Tal chiste refleja brutalmente cierta forma de hacer política a la rusa, pero hoy puede extenderse al resto del mundo democrático, donde se azuza desde el púlpito del poder la polaridad más extrema. Por eso me ha gustado la intervención de Arnold Schwarzenegger en la Comic-Con de Málaga: «No debemos dejar que los partidos políticos nos dividan. En América he visto como demócratas y republicanos se odian, pero en realidad todos son americanos. Hay que respetar a quien piensa diferente, no odiarlo».
Conan el Bárbaro es mucho más civilizado que tanto político terminator, cainita y corrupto que proyecta un muro fratricida para dividir al pueblo y así marear la perdiz social para seguir dictando y robando. Son tan histéricos y ególatras que en sus pesadillas totalitarias gustarían aniquilar a quienes no piensan como ellos, pero son cobardes y, en los países más o menos democráticos, todavía hay músculo judicial, investigador y libertad de prensa.
Cuando Juan Carlos I accedió al poder absoluto, enseguida dijo y probó que deseaba ser Rey de todos los españoles, no solo de una parte. Y su labor fue fundamental para traer la democracia a España, con la generosidad del pueblo, Fuerzas Armadas y unos políticos con más cultura y altura de miras. Pero a los políticos se les dio carta blanca y la cosa degeneró en partitocracia, hasta despeñarse en un sanchismo paranoico. ¿Por qué dividirnos por opiniones políticas cuando podemos tomar una copa en el bar y hablar, bromear y aprender con gente que opina diferentemente? Sería una peligrosa vulgaridad.
Ostras Montojo, mira que por una vez y sin que sirva de precedente ibas bien, pero de repente te salio Sánchez... tal vez debiste poner Aznar