Este domingo tenía previsto escribirles sobre los closings de las discotecas y sobre ese alivio que sentimos muchos residentes al llegar el final de un verano que parece no terminar nunca. Sin embargo, esta semana algo me cambió el chip, me erizó la piel y me hizo replantearlo todo. Fue la entrevista que tuve el privilegio de hacer en Onda Cero Ibiza y Formentera al psicólogo y fotógrafo Vicente Galaso, con motivo de su exposición Més enllà del diagnòstic, que puede verse del 10 al 18 de este mes en Sa Nostra Sala.
Fue una charla de apenas diez minutos que se me hicieron cortos y repletos de reflexiones que me impactaron desde la primera respuesta. Cuando Vicente dijo que «las personas con un trastorno mental también son historias que merecen ser contadas y escuchadas», entendí que, más allá de las luces de neón y los cierres de temporada, lo que realmente necesitamos como sociedad es mirar y escuchar la salud mental sin miedo, prejuicios ni silencio.
Cada 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental en una fecha que no debería pasar inadvertida entre otros muchos titulares sin importancia o notificaciones en los teléfonos móviles. Y es que hablar de salud mental no es una moda ni un eslogan sino una necesidad urgente, una cuestión de derechos, empatía y supervivencia emocional.
Escuchando a Vicente, comprendí que vivimos en tiempos de grandes contradicciones. Nunca hemos tenido tantos medios para comunicarnos y, sin embargo, la soledad y la ansiedad alcanzan cifras récord y nunca se ha hablado tanto de bienestar y autocuidado cuando el ritmo de vida y las exigencias sociales nos empujan al límite, y es, precisamente, en este contexto, donde desgraciadamente la salud mental sigue rodeada de estigma y desconocimiento. Por ello, darle visibilidad y normalizarla no es un capricho de psicólogos ni un tema institucional. Es crucial para que las personas se sientan cómodas buscando ayuda, rompan el silencio y dejen de sentirse culpables por sufrir y, todo eso, también implica hablar abiertamente de las emociones, escuchar sin juzgar y entender que cuidar la mente es tan importante como cuidar el cuerpo. Entender que la normalización puede marcar la diferencia entre el aislamiento y la recuperación, entre la desesperanza y la vida, y que puede salvar vidas.
Durante mucho tiempo, la frase «tienes que ser fuerte» ha sido una barrera invisible entre el sufrimiento y la ayuda. Solo cuando eliminamos el estigma, las personas se animan a pedir apoyo profesional sin miedo al juicio, y al mismo tiempo reconocer que uno no está bien no es debilidad, sino valentía. Todos podemos atravesar etapas difíciles —un duelo, una ruptura, el estrés, una depresión— y pedir ayuda no debería ser tabú, sino un acto de responsabilidad con uno mismo y con los demás.
Durante estos días de lecturas y escuchas, he aprendido también que la mente y el cuerpo son inseparables y que los trastornos mentales no son «cosas de la cabeza», sino realidades que afectan al sistema inmunitario, digestivo y cardiovascular. Que una persona con ansiedad prolongada puede desarrollar problemas físicos, y que cuidar la salud mental es también cuidar la física. En definitiva, que no hay bienestar completo sin equilibrio emocional.
Lo mismo que cuando alguien se siente incomprendido, tiende a replegarse y que por eso es tan importante hacerle saber que no está solo. Que conocer a otras personas con experiencias similares reduce la soledad y la vergüenza y que hablar de salud mental nos conecta, nos recuerda que todos somos vulnerables y que pedir ayuda no nos hace frágiles, sino más humanos. Y al mismo tiempo que normalizar la salud mental también nos hace mejores como sociedad y que escuchar las historias de los demás sin juzgar cultiva la empatía y la comprensión, entendiendo que detrás de cada diagnóstico hay una persona con sueños, miedos y deseos. Que no son «los locos» ni «los raros», sino compañeros de trabajo, amigos, vecinos o simplemente alguien que sufrió algo que le hizo desviarse del camino.
Sé que hablar de sentimientos no es fácil, especialmente si no se ha vivido algo similar pero romper el silencio empieza por uno mismo. No hace falta dar grandes discursos sino basta con ser honestos con nuestras emociones y compartir cómo nos sentimos con alguien de confianza puede abrir la puerta a conversaciones necesarias… porque cuando alguien se atreve a decir «no estoy bien», da permiso a otros para hacerlo también.
Y también, que si estamos al otro lado, debemos entender que escuchar sin juzgar es un acto de amor. A veces, quien sufre no necesita un consejo, sino un oído que lo acoja, y escuchar con empatía, sin minimizar el dolor del otro, puede ser el primer paso hacia la sanación. Y que tampoco hay que esperar siempre a que alguien diga «estoy mal» porque quien más lo necesita a menudo no sabe cómo pedir ayuda. Un mensaje, una llamada o un café compartido pueden marcar la diferencia y acompañar a alguien a una cita médica o a un grupo de apoyo es un gesto sencillo que puede cambiarle la vida. Nadie debería transitar la oscuridad en soledad.
De la entrevista con Vicente Galaso me quedó claro que todos podemos usar nuestra voz para hablar sobre la salud mental en nuestro entorno, en el trabajo o en las redes. No se trata de exponer intimidades, sino de normalizar la conversación y de que cuantas más voces se sumen, menos peso tendrá el estigma. Y en este caso, informarse es clave para romper prejuicios y para entender que la salud mental no se cura con frases hechas ni con fuerza de voluntad, sino que requiere comprensión, terapia y acompañamiento profesional. Y que compartir información veraz y recursos ayuda a desmitificarla y a transmitir la idea de que buscar ayuda no es rendirse, sino resistir y reconocer que uno quiere vivir mejor. Aplaudamos esa valentía en lugar de esconderla, porque cualquiera de nosotros puede necesitar apoyo psicológico en algún momento y porque no es una cuestión de debilidad, sino de humanidad.
Esos diez minutos de charla me dejaron una frase que no se me borra: «La salud mental necesita ser contada, necesita su espacio y su visibilidad.» Tiene toda la razón. Mientras hablamos de moda, fútbol o política —y está bien hacerlo— seguimos relegando el sufrimiento emocional a los márgenes sin entender que detrás de cada historia hay alguien que lucha en silencio y que necesita saber que no está solo.
Así que, sí, hoy no escribo sobre closings, lluvias o lo bien o mal que está la isla, sino sobre algo que nos concierne a todos, la posibilidad de hablar, escuchar, cuidar y entendernos. De que visibilizar la salud mental no es solo un gesto simbólico, sino un acto de amor colectivo.