CPedro Sánchez acudió al Senado no para rendir cuentas, sino para repartir veneno. Fue citado a comparecer ante una comisión de investigación —que por lo demás, todos sabemos para qué sirven— y la convirtió en un mitin personal, en una trinchera de propaganda. Se refirió al trabajo de los senadores como «una comisión de difamación», «un circo», pero él mismo fue quien difamó sin rubor y sin vergüenza, como acostumbra. Señaló con nombres y apellidos a rivales políticos, periodistas y medios de comunicación. Sánchez protagonizó su enésima indignidad, impropia de un presidente del Gobierno.
Su intervención fue una lección de hipocresía política. Mientras se rasgaba las vestiduras por el «ataque a su honor», aprovechó el foco mediático para verter calumnias otros. En el caso de Ibiza, Sánchez aludió al presidente del Consell, Vicent Marí (PP), insinuando irregularidades en la campaña turística ‘La vida islados’ lanzada durante la pandemia. No le tembló la voz al sugerir que había un caso judicial pendiente, cuando la realidad es que la causa fue archivada y el juez declaró que la actuación de Marí fue conforme a derecho. A Sánchez eso le dio igual. A ningún embustero de su nivel le importa lo más mínimo la verdad ni tampoco los pronunciamientos judiciales, que él desprecia si no se ajustan a sus intereses particulares.
Lo mismo hizo con el hermano de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, al que volvió a citar con su habitual retórica de insinuaciones, ignorando que la Justicia también archivó aquel asunto y que no hay ninguna condena ni imputación en su contra. Es la técnica de Sánchez: lanzar el fango, aunque sepa que es falso. Justamente de lo que él a menudo lamenta ser víctima.
Resulta grotesco que el presidente que desprecia una comisión de investigación por supuestamente ser «difamatoria» use la tribuna para difamar. Sánchez desprecia el control parlamentario, pues por más que presuma de ser el presidente que más veces ha comparecido en las Cortes, lo cierto es que jamás responde a nada de lo que se le pregunta. Del mismo modo que sólo da entrevistas a los medios afines. No tolera ser cuestionado, pero disfruta humillando a quienes no comulgan con su relato. Su desprecio por la separación de poderes y por la prensa crítica es tan notorio que ni se molesta ya en disimularlo.
En el Senado vimos el sanchismo en su estado más puro: soberbia, manipulación, burla a las instituciones y desprecio por la verdad. El difamador que se dice difamado es, en el fondo, el retrato exacto de un presidente que ha hecho de la mentira su forma de gobierno y de la difamación su modo de aferrarse al poder acallando a la crítica.
Y menos mal que los ofidios en las islas no son venenosos