La comparecencia de Pedro Sánchez ante la comisión de investigación del Senado no pasará a la historia por las explicaciones que dio, sino por el desprecio hacia la institución que lo había convocado. No encontraremos un presidente del Gobierno que se haya dirigido al Senado con tanta soberbia y tan poco respeto y consideración. Calificó a la Cámara de «circo», se refirió a la comisión de investigación como «de difamación» y cuestionó la imparcialidad de su presidente.
Lo que sucedió el jueves —además de un ejercicio de escapismo inaceptable— fue un intento deliberado de restar legitimidad a una de las funciones esenciales de cualquier Parlamento: el control al poder ejecutivo. Ni más ni menos.
Cuando se está acostumbrado a la docilidad y sumisión de Francina Armengol, que convierte cada sesión del Congreso en un acto de adhesión al sanchismo, el Senado puede resultar un lugar muy incómodo. Pero esa incomodidad forma parte de la esencia democrática.
Porque el Senado cumple la función constitucional y reglamentaria de control al Gobierno. No está para aplaudirle a él, sino para fiscalizar su acción. Y esa es la diferencia respecto al Congreso, donde el control se ha sustituido por la obediencia.
Y es que la fortaleza de una democracia es directamente proporcional a la calidad de sus contrapesos. Pero a Sánchez eso le importa un rábano. Se ha declarado en abierta rebeldía institucional. Si las Cortes Generales molestan para gobernar, se las ignora; si un tribunal no resuelve como le gustaría, se ataca a los jueces; y si un medio de comunicación ejerce la crítica legítima al amparo de la libertad de prensa, se le llama tabloide.
Así, sin contrapesos ni límites, lo que se erosiona no es la oposición, sino la democracia misma.
Le guste o no a Sánchez, el Partido Popular preside el Senado porque los españoles así lo decidieron. Punto. Esa amplia mayoría absoluta es la expresión más clara de la voluntad popular. Por tanto, el Senado es el reflejo de su derrota. El recordatorio de que la mayoría social del país no está con él. No soporta que la cámara que no domina le plante cara, y por eso la ridiculiza.
Sánchez estaba convocado el jueves para contar todo lo que sabe sobre el entorno de corrupción que le rodea. No aclaró nada sobre la trama Koldo, ni sobre las responsabilidades políticas de quienes medraron en torno al poder socialista. No quiso contar la verdad sobre los puteros que organizaban su partido, ni sobre los conocidos negocios de su suegro, ni los de su mujer, ni los de su hermano. Nada de eso. Ahora bien, de lo que sí habló fue de los demás. La vieja técnica de la culpa invertida.
Y es que Sánchez quiso reabrir un caso que nunca existió. Quiso hablar de Ibiza. De lo que no sabe, de lo que no conoce. Del Consell Insular. De su presidente. Y acabó enredado en una torpeza que lo retrató como un auténtico revanchista.
Se atrevió a reprochar al Partido Popular que todavía continúa la investigación judicial del presidente del Consell Insular por promocionar el turismo en la isla de Ibiza durante la pandemia, cuando más falta hacía. Falso. A Vicent Marí la Justicia le ha dado la razón y ha desestimado todas las acusaciones vertidas sobre él.
Y no solo se le exime de cualquier responsabilidad, sino que se demuestra que su forma de gobernar estuvo basada en el sentido común y en el sentido de Estado. Si la franquicia ibicenca del sanchismo en Ibiza le hubiera explicado la verdad al presidente del Gobierno —que el caso se archivó y que la Fiscalía pidió su completa absolución—, Sánchez no habría metido tanto la pata.
En definitiva, lo que quedará de esta comparecencia será el ejemplo que dejó con su actitud. Quedará la imagen de un dirigente que no entiende la política como un espacio de servicio, sino de confrontación; que confunde la rendición de cuentas con el ajuste de cuentas.
Pero también queda algo más importante: la confirmación de que las instituciones siguen funcionando, incluso a pesar de él.
Porque los presidentes pasan, pero las instituciones permanecen. Y mientras sigan firmes y respetadas, la democracia será siempre más fuerte que el poder que intenta someterla.