Decía el maestro Pedro G. Cuartango que no celebró la muerte de Franco aquel 20 de noviembre, por entonces todavía estudiante en la universidad francesa de Vincennes, entre otros motivos porque el dictador «había muerto en la cama como Jefe de Estado y todo hacía presagiar la continuidad del régimen del yugo y las flechas». De hecho así sería hasta que el Rey Juan Carlos y Adolfo Suárez sentaron las bases para desarbolar el franquismo y, después de las primeras elecciones democráticas, alcanzar el objetivo de una Constitución plenamente democrática en 1978. El año anterior, el mes de octubre, el Congreso había aprobado con una aplastante mayoría una ley de amnistía total. Regresaron los exiliados y las ideas quizá más repetidas durante todo ese tiempo fueron las de reconciliación, concordia, diálogo. A pesar del miedo larvado a la vuelta atrás, podía más la ilusión por dejar de ser, de una vez por todas, un país diferente, y normalizar la libertad y el progreso. En líneas generales, la clase política, con responsabilidad, supo aislar los extremismos y quiso conectar con las ansias de cambio de la inmensa mayoría de ciudadanos, anteponer en definitiva el interés común a las conveniencias partidistas y a las ambiciones personales. Fueron los apasionantes años de la Transición.
Con la relectura sesgada y sectaria de la historia impulsada por Zapatero reverdecieron las viejas heridas y el pasado, Franco, se convirtió en instrumento de exclusión y descalificación política. Luego, Pedro Sánchez alcanzó el poder por la puerta de la moción de censura y ha conseguido dos investiduras merced a las alianzas, siniestras algunas, con los extremos que la Transición había dejado de lado. Se ha puesto al servicio de las minorías radicales que le han conducido a ser él mismo un peón más de la extrema izquierda y los partidos que quieren terminar con la Constitución y su significado. Sánchez ha invalidado el PSOE como partido de Estado y se ha erigido en el conducator único que se atrinchera en la Moncloa como reacción a la pérdida de su mayoría social y parlamentaria, lo cual le deslegitima como presidente del gobierno. Tanto peor que todas las causas judiciales, incluso familiares, que asedian al sanchismo, es el daño causado a los códigos de convivencia que han regido los mejores años de la historia de España: la polarización política genera crispación social y añade altura al muro con el que Pedro Sánchez divide a los ciudadanos en función de sus querencias políticas o ideológicas. Jordi Sevilla, ex ministro del PSOE, intenta articular una alternativa crítica en el seno de su partido con el fin de reconducir la deriva populista de la organización y lanza una voz de alarma: «soy demócrata antes que socialista y ahora mismo está en juego la democracia».
El sanchismo se ha empeñado en convertir el cincuentenario de la muerte del dictador en la antítesis del discurso de Manuel Azaña pronunciado en Barcelona con motivo del segundo año de la maldita guerra civil: «…esos hombres que abrigados en la tierra materna ya no tienen odio, ya no tienen rencor, nos envían el mensaje de la Patria eterna que dice a todos sus hijos: paz, piedad, perdón». Nada hay que festejar el 20 de noviembre. Dejen a Franco como materia de estudio de los historiadores.