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Nos la cogemos con papel de fumar… y la piel ya no es fina: es papel cebolla

Imagen de archivo de la Escolania de Montserrat | Foto: Redacción

| Ibiza |

Hay días en los que tengo la sensación de estar viviendo en una especie de reality permanente. En un programa de mal gusto donde la gente compite por ver quién se ofende antes. Y es que hemos llegado a un punto en el que un rumor, un titular, una opinión o simplemente una palabra mal colocada se convierten rápidamente en materia para crear polémica. Para que alguien se convierta en lo que los modernos han dado en llamar trending topic. Y lo peor es que ni siquiera hablamos de grandes tragedias, injusticias o debates serios sino que hablamos de canciones y de un coro de niños.

Sinceramente, se escapa de mi entendimiento cómo la última canción de Rosalía en colaboración con la Escolanía de Montserrat se ha convertido en el último episodio de esta fragilidad colectiva. Una artista decide que unos coros suenen en castellano en su nuevo proyecto LUX, y parte del país entra en combustión. Que si es sacrilegio, que si no toca, que si «la Escolanía es símbolo identitario», que si «chirría»… y yo, les prometo, que no doy crédito. Lo siento pero creo que con todas las polémicas absurdas que he visto en mi vida, esta ya roza lo esperpéntico.

Siempre he defendido las bondades que tienen los idiomas. Todos. Los grandes, los medianos, los pequeños… los que se hablan en todo un continente y los que se hablan en una isla, en un valle o simplemente sobreviven en cuatro pueblos o en un monasterio. Aprendí de mis padres que una lengua es cultura, historia y memoria y que eso, no es discutible. Pero una cosa es proteger una lengua y otra convertirla en una excusa para levantar muros, decidir quién tiene derecho a usarla o señalar al que habla otra. Y es que lo que estamos viendo ahora con este tema no es una defensa cultural sino una vigilancia identitaria. Y eso es peligrosísimo.

«Y no dudo ni he dudado ni un minuto en que proteger el catalán y sus respectivos dialectos es necesario, pero también me preocupa el que se quiera convertir en un escudo para impedir que se use el castellano en según qué contextos»

La polémica más surrealista de la temporada

El caso es que la situación parece escrita por un guionista con ganas de reírse un rato. Rosalía, una de las artistas españolas más influyentes del planeta, decide contar con la Escolanía de Montserrat para un proyecto artístico precioso y rápidamente hay quien lo lleva al campo de la ideología y de la política. Ella, dentro de un proceso creativo, les pide cantar un fragmento en castellano y hay quien pone el grito en el cielo pero que si les hubiera pedido que interpretaran death metal en latín. De repente aparecen voces asegurando que eso «no se puede» y que la Escolanía «representa» algo tan profundo que usar el castellano es poco menos que una profanación del símbolo. Que hiere sensibilidades. Que «no toca» y que resulta ofensivo.

Es entonces cuando uno humildemente se pregunta cómo hemos llegado a este punto y cómo de frágiles somos como sociedad. Porque no acabo de entender ¿qué ofensa cabe exactamente en un grupo de niños cantando en la otra lengua cooficial del país? ¿Dónde está la amenaza? ¿En qué parte de la partitura está escondido el peligro?

La lengua es cultura y la pluralidad también

A lo mejor ha llegado el momento de respirar hondo y empezar a mirarnos a nosotros mismos con un poco más de sentido del humor y bastante menos solemnidad y entender que si una lengua es cultura, la pluralidad también lo es.

Y lo repito, soy defensor absoluto de las lenguas, de su aprendizaje cuando llegas a un territorio donde se habla y de su preservación. De que se enseñen, se mimen y se escuchen para que no se pierdan. Pero también soy un firme defensor de que el respeto lingüístico se vuelve estéril cuando se usa para justificar censuras encubiertas o para decidir quién es «legítimo» y quién no según la lengua que utilice.

Y no dudo ni he dudado ni un minuto en que proteger el catalán y sus respectivos dialectos es necesario, pero también me preocupa el que se quiera convertir en un escudo para impedir que se use el castellano en según qué contextos. Porque eso al final no es proteger nada sino limitar. Es encoger. Es ponerle una camisa demasiado ajustada a una lengua que, precisamente, ha crecido gracias a su vitalidad y no a su rigidez. Y porque es precioso que los idiomas convivan entre sí y muy feo y muy raro cuando se los enfrenta.

El catalán debe protegerse. Lo mismo que el castellano, el euskera, el gallego o el bable. Y todas las lenguas deben respetarse aunque algunos hayan decidido dejar de lado la protección por el dogmatismo. Porque, en los tiempos que corren no defendemos idiomas, estamos defendiendo susceptibilidades. Señores, los idiomas no hieren. Los idiomas no atacan. Los idiomas no son soldados en un ejército cultural. Quienes hieren, atacan y militarizan somos nosotros, cuando las usamos como arma.

Esto se nos está yendo de las manos

Y les digo la verdad. A mí no me preocupa que un coro cante en castellano. Ni en catalán. Ni en latín. Ni en la lengua que el compositor considere necesaria. Lo que realmente me preocupa es que hayamos creado un clima donde cualquier gesto cultural se interpreta como una agresión. Donde todo se sobredimensiona. Donde cada vez que alguien hace algo fuera de lo previsto se activa la maquinaria del «¡ataque a la identidad!». Se me hace agotador y, también, profundamente, empobrecedor. Y más en un país como este que siempre ha presumido de ser un ejemplo de mezcla. De convivencia de lenguas y culturas. De un mestizaje cultural que ahora resulta hasta sospechoso cuando nos quieren hacer creer que expresar arte en una lengua que no es la «correcta» es casi un pecado civil.

Pues no, gracias. Conmigo que no cuenten. Porque si seguimos así vamos camino de necesitar un manual para no ofender a nadie con cada palabra que pronunciemos. Y porque además, la Escolanía de Montserrat lleva siglos cantando de maravilla, y como toda institución cultural viva, ha pasado por mil idiomas, estilos, directores y épocas, y porque no veo nada de extraño en que participe en un proyecto contemporáneo y ni que lo haga en castellano.

Pretender que la Escolanía solo pueda cantar en catalán «porque representa algo» es, en realidad, quitarle libertad. Es convertirla en un objeto simbólico rígido y fosilizado y eso, bajo mi punto de vista, sí que es ofensivo… y no solo para Cataluña, sino para la propia Escolanía.

Y por eso creo que ya va siendo hora de calmarnos. De dejar de sacar conclusiones épicas de gestos artísticos mínimos. De permitir que la música sea música. Permitir que los niños canten, que los artistas creen y que las lenguas convivan sin listas negras. Porque si no frenamos esta dinámica delirante, dentro de poco no se podrá ya ni tararear sin que alguien vea una amenaza identitaria en cada nota.

Y, francamente, yo no quiero vivir en un país donde haya que medir cada sílaba como si fuera dinamita. Ya basta de papel de fumar. Tenemos que recuperar la piel. Aunque sea un poco.

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