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El timo de la estampita

| Ibiza |

El timo de la estampita, más famoso que la Preysler y más viejo que el toser, se atribuye en cuanto a su autoría a un tal Julián Delgado, embaucador de profesión, situándose su origen a principios del siglo XX, exactamente en 1910. Esta modalidad de estafa clásica y atemporal, como la del tocomocho, mezcla psicología fina y depuradas artes teatrales que precisan de dos cómplices y una víctima. Entre los primeros se encuentra el tonto, que se hace pasar por una persona algo falta de discernimiento portando un sobre repleto de billetes a los que no da importancia. También el listo, que convence al primo para comprar el supuesto botín por un precio menor al de su contenido. Un cambiazo en toda regla y un juego básico de distracción harán el resto, dando como resultado que el pardillo aprovechado adquiera por un pastón un montón de papeles sin valor. Su representación práctica se plasma de forma certera en Los tramposos, película dirigida por Pedro Lazaga en 1959 y protagonizada por Tony Leblanc y Antonio Ozores junto a Concha Velasco y Laura Valenzuela, aunque este truco patrio nos recordará por siempre a la inigualable Lina Morgan en aquella escena de la película que, bajo el título de La llamaban la madrina, dirigió Mariano Ozores en 1973.

A pesar de su longevidad, el timo ha sobrevivido reciclando y perfeccionando la técnica sin cambiar en exceso el guion. Como muestra, sobre la base del Real Decreto 1030/2022, de 20 de diciembre, por el que se modifica el Real Decreto 159/2021, de 16 de marzo, por el que se regulan los servicios de auxilio en las vías públicas, desde el 1 de enero, y con la supuesta finalidad de mejorar la seguridad vial y reducir los accidentes, es obligatorio llevar en nuestros vehículos la conocida como baliza V16, que viene a sustituir los tradicionales triángulos de preseñalización de peligro que todos llevamos en nuestro maletero junto a los chalecos reflectantes, el parasol y una bayeta mostosa. En este caso el sobre de estampitas consiste en una luz amarilla dotada de conectividad que se sitúa sobre el techo del vehículo para emitir de forma intermitente y continua una supuesta luz de alta intensidad y de 360º alimentándose de una pila de duración limitada. De esta forma no solo podrá ser visualizado el obstáculo por el resto de conductores, lo que resulta dudoso durante el día, en caso de curva o cambio de rasante, sino que remitirá una señal con nuestra posición para su información en tiempo real en los paneles de las carreteras y en los navegadores de otros vehículos siempre y cuando sea alguno de los

modelos que cuenten con la correspondiente homologación certificada por la DGT.
La intención es tan loable como aquella irrisoria reforma que consistió en reducir temporalmente el límite de velocidad a 110 km/h, pues evitará tener que transitar por la calzada o el arcén para montar los triángulos reduciéndose el riesgo de atropello. Pero el verdadero problema estriba en que esta medida recae una vez más sobre los sufridos usuarios, quienes tendrán que desembolsar una cantidad entre los 30 y los 50 euros que hará las delicias de los afortunados fabricantes, sin olvidar que este importe incluye el pago del correspondiente Impuesto sobre el Valor Añadido que irá a parar a las siempre insaciables arcas públicas. Si tenemos en cuenta que la propia DGT cifra los vehículos del país en unos 38 millones y le ponemos una media de 40 euros por aparatejo, echen cuentas de la pasta que va a mover la brillante ocurrencia. Y es que el problema no está en la lucecita de marras, sino en ser la última gota de la sangría que soportamos.

Porque tengan en cuenta que se abona el Impuesto sobre el Valor Añadido y el Impuesto de Matriculación cuando se adquiere un vehículo nuevo o el Impuesto de Transmisiones Patrimoniales si es de segunda mano. Se paga anualmente el Impuesto sobre Vehículos de Transmisión Mecánica y, periódicamente, según su antigüedad, las correspondientes tasas por la Inspección Técnica del Vehículo. También tributamos cada vez que repostamos carburante, concretamente el Impuesto Especial de Hidrocarburos, adicional al Impuesto sobre el Valor Añadido, que se llevan prácticamente la mitad de cada euro que pagamos en la gasolinera. Y piensen que aún tienen que estacionar en una vía pública plagada de zonas azules de pago si es que pueden llegar a transitar por ella dependiendo del distintivo del vehículo en función de su eficiencia energética e impacto medioambiental.

La banca pública siempre gana, incluso cuando se trata de adquirir una vivienda, algo tan esencial, pero tan complicado en los tiempos que corren. Porque nadie ha tenido el pequeño detalle de pensar que tal vez se facilitaría su necesaria y vital adquisición aligerando la pesada carga que supone para el ciudadano, además del pago de los gastos de tasación, de notaría y de registro, el pago del Impuesto sobre el Valor Añadido y del Impuesto de Actos Jurídicos Documentados o del Impuesto de Transmisiones Patrimoniales, a lo que habrá que añadir el pago anual del Impuesto de Bienes Inmuebles, amén de la contribución que cada año ya efectuamos con hasta un 47% de nuestras ganancias a través del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas. Y no piensen que esta deriva recaudatoria se solucionará el improbable día en que les toque la lotería, pues todo lo que exceda de 40.000 euros tributará al 20%, ganancia adicional a la ya obtenida con la venta de los boletos. Venga, vayan calentando los motores, porque si bien al principio se anuncia cierta permisibilidad, en poco tiempo no llevar la baliza homologada y conectada en sus vehículos les podrá acarrear sanciones que oscilan entre 80 y 200 euros. Ya ven que, como en los anuncios, «no es magia, son tus impuestos» y que «lo que das, vuelve», pero, sobre todo, que «si juegas, loterías».

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