Impresionan las fotos de las bellísimas mujeres persas fumando un cigarrillo mientras queman la fotografía del ayatolá de turno. Aunque su gesto quede borrado por las puritanas redes woke que demonizan el humo sagrado del tabaco, ellas son unas bravas que se juegan la vida al exigir libertad.
La geopolítica tiene cosas tan raras que a veces favorece revoluciones claramente retrógradas. Así paso con el Irán del Sha, al que occidente traicionó cuando empezaba a volverse demasiado independiente. Los intereses angloamericanos son inextricables. Tanto, que incluso Kissinger afirmó: «Es peligroso ser el enemigo de los Estados Unidos. Pero resulta más peligroso aún ser su amigo». Gadafi estaría plenamente de acuerdo.
Mientras tomábamos un café y dulces del Líbano, el escritor de Samarkanda, Amin Maalouf, me explicaba en París que la diferencia era el Renacimiento. «A partir de ahí Occidente subió mientras el Islam, que había recuperado y traducido a los filósofos griegos, logrado hitos en poesía, astronomía, matemáticas…, se sumió en un oscurantismo que no permitió su avanzada».
Si uno lee las Rubaiyat del persa Omar Jayam comprobará su clásico hedonismo en el 1100: «No pretendas, Jayam, descifrar el enigma de la Vida, que es solo una ficción. Lo eterno es una copa llena de burbujas; tú eres una. Goza y no pienses en el cielo o el infierno». El poeta invita disfrutar del momento sin pajas mentales. Es el antiguo Carpe Diem de los romanos, que lo aprendieron de los individualistas griegos, que también sabían admirar a sus archienemigos persas…
La religión civilizada por la cultura y la pasión civilizada por la cortesía, como bien comprendía el católico panteísta George Santayana. Cultura, cortesía, tabaco y placer, brindemos por las persas que desean ser libres.