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Baños y virgos

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El virgo ibicenco se regenera con estas lluvias torrenciales y nos hace sentir más puros, como si hubiéramos estado flotando en el manantial de Kanathos, luego emergiendo dispuestos a pecar con enthousiasmós (posesión sagrada que transforma al amor en una pasión que dura toda la vida) al lado de Afrodita, golfa divina que al saberse inmortal no prestaba demasiada atención a la fidelidad.

Es curioso que Ibiza signifique Isla de Bes, divinidad cachonda, dios de la danza, sexo, risa –amor es humor—, que aniquila animales venenosos y protege el sueño de los niños. Mucho de Bes permanece en esta isla, último mito de los sueños de occidente. Tras esplendoroso pasado púnico, águilas romanas y rezo del muecín, Ibiza durmió larga siesta medieval tutelada por la Iglesia hasta la visita de los beatniks, de beatific; luego vinieron los hippies, de hip. Tras ellos, algo más tarde que en el resto de la costa celtibérica, llegaron todos los demás. Eso sí, con otros ritmos no tan sensuales, pues son robóticos, y un baño de multitudes turísticas que nada tiene que ver con la libertad individual del traveller in romance.

Si en verano Ibiza es la feria de vanidades moderna, es en la sonata de invierno cuando aúllan los lobos solitarios, con la mayor parte de negocios cerrados pero las tradiciones muy vivas. ¿Calmas de enero? El frío húmedo te deja turulato, pero hay refugio en bares iluminados por potrancas de crin despeinada. ¿Emigrar? Los animales inteligentes son nómadas, como el cazador antes de labrar campos y erigir ciudades. Aunque los osos amorosos a veces prefieren ser sedentarios y duermen sueños de invierno en cavernas platónicas donde las sombras danzan en aflorados subconscientes. Tiempo es de arroz de matanzas y café caleta.

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