Me cuentan que hay una casa de apuestas en Londres que acepta apuestas acerca de la fecha exacta de la próxima apertura del parador de Ibiza. Y que están veinte a uno a que se retrasa otra vez. Cosas de la estadística por pasadas experiencias que quedaron en anticlímax cual coitus interruptus.
Qué será, será, pero ya han anunciado a bombo y platillo el que será 99 nuevo parador de una red iniciada con mucho éxito y decoraciones que han ido pasando por todos los gustos, según los caprichos estéticos del mandamás de turno o las orgías pagadas con pólvora del rey a que nos tiene acostumbrados el partido obrero donde el que dimite es un gil. Incluso ya dan los precios por retozar en la acrópolis ibicenca, mil pavos en temporada alta (¿qué dirán en Oropesa?), pero naturalmente se sitúa en la ciudad más antigua de Baleares, ubicación privilegiada en el ombligo cósmico de la feria de vanidades moderna, omphalos telúrico que han lamido todas las culturas comerciantes y guerreras del Mare Nostrum, que deseaban conquistarla para acabar siendo seducidos.
Echo de menos algún balconcito donde cantar la serenata, pero los encargados de la cosa dicen que así era la arquitectura púnica. No sé, incluso Asdrúbal el Bello gustaba entonar versos semitas para su amada Salambó, suprema sacerdotisa de Tanit. Y qué decir de los sensuales romanos, los antojos de un rey moro o la llave de un cinturón de castidad que se arrojaba al mar, aunque siempre hubiera copia salvadora de cristiana compasión. Las vistas son tan prodigiosas que lo que más se desea es espacios abiertos donde la vista se recrea, y un bar ad hoc con la idiosincrasia ibicenca, palo con ginebra...