José Luis Ábalos se retira. El exministro de Transportes que precedió a Óscar Puente y a Santos Cerdán en la Secretaría de Organización del PSOE, lamenta haber sido privado no sólo de libertad, sino también de todo ingreso y protección social. Nunca pensamos ver al más chulo y prepotente de los ministros de Pedro Sánchez usar un tono tan melodramático para intentar dar lástima. Pero no la da. El preso preventivo de Soto del Real, lejos de mantener un prudente silencio, que es lo que cualquiera en su situación haría, ha optado por presentarse como una víctima: un representante ciudadano desprovisto de derechos y deberes. Vamos, que si no le retiran la asignación, allí que le tenemos hasta que se disuelvan las Cámaras. Como si lo suyo fuera un infortunio personal y no la consecuencia de una investigación judicial de enorme gravedad. Hay algo obsceno en este exhibicionismo. No es la caída del presunto corrupto, sino la incapacidad para asumirla con un mínimo de dignidad. El exministro mano derecha del presidente del Gobierno mantiene intacta esa superioridad moral y esa arrogancia tan suya, tan de matón con palillo en la boca, como si su trayectoria le otorgara un derecho adquirido a la compasión pública. El político que gestionó presupuestos millonarios, que pisó moqueta y fue pieza clave del aparato socialista, ahora se indigna porque la Justicia y el Congreso no le tratan con la delicadeza que, a su juicio, merece. Como si la prisión preventiva fuera una afrenta personal y no una medida excepcional avalada por los jueces. Abandona el Congreso gracias a jueces y fiscales; no por voluntad propia. El inquisidor general que pilotó la moción de censura para echar a Mariano Rajoy de La Moncloa, jubilado por los jueces antes de ser juzgado. ¡Qué rápido se dice! Si alguien en el PSOE cree que esto no se pagará caro, pronto verá la magnitud de su error.
Opinión
La cárcel jubila a Ábalos
Joan Miquel Perpinyà | Ibiza |